dilluns, 16 d’abril de 2012

Gustave Flaubert y Louise Colete, Susana Moo

… A ti te quiero como nunca he querido y como no querré. Eres y seguirás siendo la única, y sin comparación con ninguna otra. Es algo complejo y profundo, algo que me tiene cogido por todas partes, que halaga todos mis apetitos y acaricia todas mis vanidades.


Así de lindo le habla Flaubert a su amante, la poetisa Louise Colet, con la que mantuvo amoríos casi exclusivamente por correspondencia y fue la única relación estable del autor. Las cartas de Gustave a Louise se han conservado y ¡menuda oportunidad de ser voyeurs en primera fila! Las de Louise, por contra, fueron quemadas por su sobrina a la muerte de Gustave. A la muy papona le parecían indecentes, y eso que él las guardaba como oro en paño, escuchadle:


Tus cartas, amor querido, llenan toda una carpeta. Están aparte, con las cositas que proceden de ti. He visto la rama verde que llevabas en el sombrero cuando nuestro primer viaje a Nantes, las pantuflas de la primera noche y un pañuelo mío lleno de tu sangre. Tengo tantas ganas de besarte esta noche. Pongo mis labios sobre los tuyos, y te abrazo desde lo más hondo de mí mismo, por todas partes ¡al fin del mes que viene volveremos a vernos!

Se conocieron cuando ella tenía 35 y él 24 y mantuvieron el affair ocho años durante los cuales se veían a cuentagotas. Flaubert tenía clarísimo que quería dedicar su vida a las letras. Hacía un tiempo había sufrido crisis nerviosas –que él entendió como somatización de sus angustias psicológicas- y que le dieron la oportunidad de enclaustrarse en su casa sin plantearse trabajar para ganarse el pan, aunque curró como un verdadero animal para escribir sus libros. Sobrecoge la altísima voluntad de sacrificio de este tipo, que se documentaba hasta el paroxismo y que estaba obsesionado con el estilo. Convivía con su madre, enferma también de los nervios, y con su sobrina -la papona pirómana- en la campiña francesa y le costaba muchísimo moverse de allí. Tampoco recibía a Louise y llevaban sus relaciones en secreto.


Louise vivía en París y era una mujer de mundo, estaba casada y había tenido sonoros amoríos extra conyugales, además de una hija no reconocida por padre alguno. Debía ser una mujer de armas tomar ¡menudo escándalo montó cuando un periodista bromeó en una nota de prensa sobre la paternidad de su hija! Le clavó un cuchillo en la espalda, sin mayores repercusiones por suerte.
La profusa correspondencia coincide en el tiempo en que el autor escribía su obra maestra Madame Bovary, y es un tesoro porque se explaya en sus problemas de composición, su método de trabajo y sus desbarres literarios. Los amantes compartían pues, pasión literaria. Intercambiaban textos de interés y se corregían mutuamente, pero hoy nos centraremos en su relación amorosa que suponía un refresco afectivo para la solitaria labor literaria de ambos:“que te diga cosas tiernas, me dices”. Las primeras cartas muestran una pasión caudalosa que casi les ahogaba de deseo. Al no poder encontrarse, Louise se subía por las paredes. Podemos entrever perfectamente sus sentimientos en las respuestas de Flaubert, sentimientos bipolares de altibajos emocionales. Todo su afán estaba en conseguir un compromiso por parte de Flaubert, compromiso que no llegaba ni a la

de 3. Entrevemos también sus complejos y temores, ¡tantas veces tiene que convencerla de que no la desprecia por habérsele entregado tan pronto! Y
ciertamente no la desprecia, él parece estar de vuelta de todo sin haber llegado a nada, misántropo y desesperanzado. Quizá su actitud se debía a que padecía la enfermedad de la gente sensible:

Si he sido duro es porque estoy enfermo. Dolorido, amargado, la vida me desloma como un trote demasiado duro que destroza los riñones. El único momento en que no sufro es cuando estoy solo. Los mejores afectos con frecuencia me irritan desmesuradamente… Nunca vi a un niño sin pensar que ese niño terminaría por convertirse en viejo, ni una cuna sin recordar una tumba. La contemplación de una mujer desnuda me hace soñar con su esqueleto. Por eso los espectáculos alegres me ponen triste y los espectáculos tristes no me afectan gran cosa. Lloro demasiado por dentro para derramar lágrimas por fuera.


Ya entrando en algún episodio morbosillo, os diré que Flaubert sufrió un episodio de impotencia la primera vez que se acostaron y que ella reaccionó con toda naturalidad, por lo cual él estuvo muy agradecido. Y que las veces sucesivas les iba en la cama de perlas, tan de perlas que se le escapaba la eyaculación dentro y luego ella se desesperaba hasta que no le bajaba su ciclo menstrual. Finalmente, debido a las diferentes perspectivas de futuro, se alejaron durante cuatro años. Cuando reanudan la correspondencia, Flaubert ya es otro, mucho más centrado, mucho mejor escritor, y Louise ha cambiado también. Ahora ambos se conforman con el placer que les proporciona la relación epistolar “las pasiones son buenas, pero no en exceso, hacen perder mucho tiempo” dice Flaubert. Se dan continuos mimitos epistolares que debían ser muy reconfortantes e inspiradores: Si yo pudiera, cada mañana tu despertar se vería perfumado por una olorosa página de amor.
Después de 8 años de amistad -y terminada su Madame Bovary- Flaubert se decide finalmente a establecerse en París por una temporada. Entonces perdemos la pista a los amantes. Sólo una nota que Flaubert envía a Louise un año más tarde nos da pista certera de cómo la cercanía machacó la magia:

Señora: me he enterado de que se había tomado la molestia de venir 3 veces , ayer por la tarde, a mi casa. No estaba. Y temiendo las afrentas que semejante persistencia por su parte podría traerle por la mía, la cortesía me induce a advertirle que nunca estaré.

Un saludo atentamente.

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