dimecres, 26 d’octubre de 2016

Amy Winehouse murió por amor, Anita Botwin

“Me enamoré de alguien por quien hubiese dado la vida”, dijo la cantante sobre su marido. El relato simplista de los medios, que la redujeron a una yonki, pasa por alto el peso de la dependencia emocional en su autodestrucción.


Amy Winehouse en los Brit Awards de 2007./ Gleidsonlima
Amy Winehouse en los Brit Awards de 2007./ Gleidsonlima

Cuando Amy murió yo apenas había escuchado su música. Conocía de pasada sus grandes éxitos, pero no les prestaba demasiada atención. Fue después, tras varios años de su muerte que su música, sus letras, su vida se cruzaron conmigo de una manera visceral. Sus últimas imágenes en un concierto en Belgrado, abucheada por el público y su imagen frágil y desoladora me llegaron a lo más profundo. Fue cuando vi el documental dirigido por Asif Kapadia en el que habla sobre la vida de la cantante cuando conecté definitivamente con ella. Amy había sufrido de amor romántico, como una grave enfermedad que puede llevarte a la muerte. Esa misma enfermedad que sufrí yo.
Amy Jade Winehouse, una joven hebrea nacida en 1983 en un suburbio de Londres,  perteneció a la generación conocida como “los hijos de Thatcher”, tocada y hundida por altas tasas de desempleo, precariedad, exclusión social,  delincuencia y drogas.
La ausencia de figura paterna —Mitch Winehouse, infiel a su mujer durante años— marcó su infancia. “Mi madre tuvo que hacerse cargo, mi padre no estaba para las cosas importantes como reñirnos”. Desarrolló una especie de complejo de Edipo y una relación de dependencia hacia la figura paterna, a la autoridad paterna, la autoridad masculina. Mientras tanto, de su madre decía: “Eres tan blanda conmigo… deberías ser más dura. No era lo suficientemente fuerte para decir: PARA”. Su madre entonces debía ser la severa, la responsable de su educación, mientras su padre estaba fuera. “Fui un cobarde”, llegó a reconocer éste tras su muerte.

“El amor sustenta desigualdades sociales”, Mari Luz Esteban

ENTREVISTA A MARI LUZ ESTEBAN GALARZA, ANTROPÓLOGA Y PROFESORA EN LA UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO/EUSKAL HERRIKO

La salud, el cuerpo o el amor son temas que ha investigado esta feminista en los últimos años. Le preguntamos sobre todos ellos y el resultado del interrogatorio tiene miga. Aquí, un costoso resumen. Irene G. Rubio y Belén Macías Marín,16/12/10

DIAGONAL: En este momento estás trabajando en un libro sobre el amor. ¿Crees que el amor es clave en la dominación de las mujeres?
MARI LUZ ESTEBAN: El amor, el amor en general y el de pareja en particular, tal y como se construye y se vive en nuestra sociedad, es un pilar central de la subordinación social de las mujeres. El amor nos convierte en eso que llamamos mujeres y hombres, hace que tengamos estatus diferentes. Resulta determinante en un sistema de género en el que se diferencian espacios para unas y otros, donde se nos asignan posiciones desiguales de poder, donde a las mujeres se nos construye específicamente como seres emocionales.

D.: ¿Hay que dejar de identificar a la mujer con el ‘sujeto amoroso’: la amante, la cuidadora, la madre...?
M.L.E.: Ése es uno de los retos que tenemos por delante. El feminismo ha avanzado mucho en el cuestionamiento de la identificación entre ser mujer y ser madre. Pero sigue habiendo una identificación entre ser mujer y ser un sujeto específicamente amoroso, que yo no comparto. Es una identificación que se está aplicando en el tema de los cuidados, como si nosotras tuviéramos una aportación específica al mundo desde ahí, y creo que la hemos tenido obligadas y con muchos peajes. Eso no quiere decir que dejemos de reivindicar un mundo más humano y más justo, donde las relaciones de poder y los trabajos se distribuyan de otra manera, que sean relaciones donde pueda haber afectos. No sería cargarnos eso, sino romper la centralidad del amor, la ‘obligación’ de amar. Además, cuando hablamos de amor, ¿de qué estamos hablando? Muchas veces de injusticia/justicia, poder/no poder o de la vulnerabilidad y la interdependencia como algo básico en los humanos.
Vivimos en una sociedad de ‘pensamiento amoroso’, donde parece que el amor es lo más genuino del ser humano, la principal tabla de salvación, y parte del feminismo está también ahí. No estoy para nada de acuerdo. No sé si en una situación ideal el amor podría ser lo más genuino, pero, desde luego, en esta cultura en la que vivimos, no. Porque el amor está tapando desigualdades sociales, no sólo entre hombres y mujeres, también de clase, de etnia. No hay más que fijarse en los relatos de ficción del cine, la literatura... El amor nos construye como desiguales, sustenta desigualdades.