dimarts, 3 de febrer de 2009

El amor entre las personas libres, Emma Goldman



Prefiero las canciones de amor de Don Juan y a Madame Venus, la fuga con cuerda y escala en una noche de luna, seguida de la maldición del padre, los lamentos de la madre y los comentarios morales de los vecinos, a la corrección y al rigor matemático. Si el amor no sabe cómo dar y tomar sin restricción, no es amor, sino una transacción que nunca dejará de sopesar los pros y los contras.


La historia nos cuenta que toda clase oprimida obtuvo la verdadera libertad de sus señores por sus propios esfuerzos. Es preciso que la mujer aprenda esa lección, que se dé cuenta de que la libertad llegará donde llegue su capacidad de alcanzarla. Por consiguiente, es mucho más importante que empiece con si regeneración interior, que abandone el lastre de los prejuicios, de las tradiciones y de las costumbres. La exigencia de derechos iguales en todos los aspectos de la vida profesional es muy justa, pero, después de todo, el derecho más importante es el derecho a amar y ser amada. Por supuesto, si la emancipación parcial ha de convertirse en una emancipación completa y auténtica de la mujer, deberá acabar con la ridícula idea de que ser amada, convertirse en novia y madre, es sinónimo de ser esclava o subordinada. Tendrá que terminar con la ridícula idea del dualismo de los sexos, o de que el hombre y la mujer representan dos mundos antagónicos.
La mezquindad separa y la libertad une. Seamos grandes y desprendidas y no olvidemos los asuntos vitales, agobiadas por las pequeñeces. Una idea verdaderamente justa de la relación entre los sexos no admitirá los conceptos de conquistador y conquistada; lo único importante es darse a sí mismo sin límites para encontrarse más rico, más profundo y mejor. Solamente eso puede llenar el vacío y transformar la tragedia de la mujer emancipada en una alegría sin límites.

El amor, el elemento más fuerte y más profundo de toda vida, presago de esperanzas, de alegría, de éxtasis; el amor, que desafía a todas las leyes, a todas las convenciones; el amor, el más libre, el más poderoso modelador del destino humano, ¿cómo puede esa fuerza todopoderosa ser sinónimo de ese pobre engendro del Estado y de la Iglesia que es el matrimonio?
¿Amor libre? ¿Acaso el amor puede ser otra cosa más que libre? El hombre ha comprado cerebros, pero todos los millones del mundo no han logrado comprar el amor. El hombre ha sometido los cuerpos, pero todo el poder de la tierra no ha sido capaz de someter al amor. El hombre ha conquistado naciones enteras, pero todos sus ejércitos no podrán conquistar el amor. El hombre ha encadenado y aprisionado el espíritu, pero no ha podido nada contra el amor. Encaramado en un trono, con todo el esplendor y pompa que pueda procurarle su oro, el hombre se siente pobre y desolado si el amor no se detiene a su puerta. Cuando existe amor, la cabaña más pobre se llena de calor, de vida y de alegría, por lo que el amor tiene el poder mágico de convertir a un pordiosero en un rey. Sí, el amor es libre y no puede medrar en ningún otro ambiente. En libertad, se entrega sin reservas, con abundancias, completamente. Todas las leyes y decretos, todos los tribunales del mundo no podrán arrancarlo del suelo en el que haya echado raíces. Pero, si el suelo es estéril, ¿cómo puede el matrimonio hacer crecer el fruto? Es como la última y desesperada batalla de la vida fugaz contra la muerte.

El amor no necesita protección porque él se protege a sí mismo

La mujer no quiere seguir siendo la productora de una raza de seres humanos enfermos, débiles, decrépitos y miserables, que no tienen ni la fuerza ni el valor moral de arrojar el yugo de su pobreza y de su esclavitud. En lugar de ello, desea menos hijos y mejores, engendrados y criados con amor y por libre elección, y no por obligación como en el matrimonio. Nuestros seudomoralistas tienen que aprender el profundo sentido de responsabilidad para con el niño que el amor en libertad despierta en el pecho de la mujer. Antes preferiría renunciar para siempre a la maternidad, que dar la vida en una atmósfera donde sólo se respira la destrucción y la muerte. Y, si se convierte en madre, es para dar al niño lo mejor y lo más profundo de su ser. Su lema es desarrollarse con el niño, y sabe que sólo de esa manera podrán formarse los verdaderos hombres y las verdaderas mujeres.

En nuestro estado actual de pigmeos, el amor es algo desconocido para la mayoría de la gente. No se le comprende, se le esquiva y muy raras veces arraiga; y cuando lo hace, pronto se marchita y muere. Su fibra delicada no puede soportar la tensión y los esfuerzos del vivir cotidiano. Su alma es demasiado compleja para ajustarse a la viscosa textura de nuestra trama social. Llora, se lamenta y sufre con los que necesitan y, sin embargo, carecen de capacidad para elevarse a su altura.
Algún día, los hombres y las mujeres se elevarán y alcanzarán la cumbre de las montañas, se encontrarán grandes, fuertes y libres, dispuestos a recibir, a compartir y a calentarse en los dorados rayos del amor.

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