dissabte, 16 de gener de 2010

De flor en flor, Sandra Rojas


Durante mi época que a la gente le gusta llamar adolescente, una vez la madre de un amigo me dijo que lo que nos tocaba era “ir picando de flor en flor”. Se refería a tener relaciones diversas con personas de nuestra edad sin aferrarnos a ninguna como diciendo “ya os tocará encontrar a alguien con quien hipotecarse”. Diez años después de esa frase sigo pensando que soy como una abeja que extraigo de cada flor que me recibe aquello que me da vida. El símil me parece exquisitamente acertado porque una abeja recibe alimento a la vez que poliniza las flores, es decir, toma lo que necesita para generar vida y poner en relación a flores que, de otra manera, ni se conocerían. Aprende para repartir ese aprendizaje de cada flor entre todas las flores con las que se relaciona: da y recibe con el mismo entusiasmo.

Hay quien prefiere recibir el polen de una sola flor pero yo hace rato me cansé de ello, creo que quien quiere ser libre tiene que hacer lo posible para serlo, sino es cómplice de su esclavitud. Y no por ello una se libera de los conflictos que genera esa manera de ser ya que la libertad en el amor aumenta las oportunidades de conflictos y crisis relacionales. Cuanto más gana el amor en libertad y autonomía, más riesgos corre pues no está encadenado a las normas sociales, prejuicios morales y demás estrecheces que, aunque nos oprimen con sus limitaciones y castigos, nos dan cierta seguridad, confiabilidad y comodidad en nuestras relaciones.

No se trata de renunciar al amor porque eso es casi imposible, sino de vivirlo a gusto, de manera placentera, con libertad y autonomía para decidir qué queremos en cada momento sin que nadie se sienta mal por ello. Y recomiendo hacerlo sin afán, sin correr, sin prisas, para no equivocarse tanto porque estamparse contra un muro es entonces más fácil. Nuestras relaciones las vamos definiendo a base de ensayos y errores y por el camino nos equivocamos en múltiples decisiones que tenemos que asumir responsablemente. Porque equivocarse es de humanos, pero echarle la culpa a otra persona parece ser que es más humano todavía.

Así, hay que encontrar la manera tranquila de decir adiós al amor y sobretodo a ciertos amores que ya no nos aportan esa magia indescriptible que nos quitaba el sueño y nos hacía soñar en otros momentos de nuestra vida. Porque alejarse de alguien o de ciertas maneras de relacionarse con ese alguien en el momento oportuno demuestra algo de madurez, así como asumir sin traumas el fin de las ilusiones recordando con cariño lo que se aprendió al lado de esa ilusión. Porque el amor es nómada y no puede generar odio ni rabia ni resentimientos. Si el amor es para eso, entonces lo mejor es despedirse de toda conexión con la sociedad.

Y en ese camino de convivir con las desilusiones también hemos aprendido a no desesperarnos con los proyectos de amor porque diversificamos nuestros proyectos de vida y, por consiguiente, las relaciones con las otras personas son un pedazo de ese gran cosmos que nos envuelve. Vimos que teníamos que amar para existir porque casarse, tener hijos, ser una buena esposa y ama de casa era nuestro objetivo en la vida. Ahora tengo claro que lo primero es existir y luego amar. Ese falso amor nos ha cegado hasta el punto de negar el amor a la primera persona que lo necesita, nosotras mismas, porque sin ese amor es imposible amar al resto del mundo. Por ello a veces vemos a personas que “desprecian” el amor y las relaciones de pareja, pero en realidad huyen de ataduras morales y buscan amar al resto del mundo después de valorarse a ellas y autocuidarse. Así, quien se da el lujo de sentirse segura ante el amor es quien se ama a sí misma ante todo. Es imprescindible existir de manera placentera antes de amar en vez de necesitar ser amadas para sentir que existimos. No podemos ser tan vulnerables de pensar que otras personas (y mucho menos una sola persona) van a resolver nuestras carencias afectivas.

El siguiente paso sería entonces observar que hay personas que desprecian la cultura que nos ubicó en la exigencia del amor y no en la afirmación y su disfrute. Hay que dejar de exigir a las personas que queremos que sean de una manera y que hagan esto o aquello para calmar nuestra propia ansia y necesidad. Así, sería un bellísimo ejercicio de amor aceptar con cariño las diferencias y las reformulaciones de los vínculos y los deseos y necesidades de las otras personas aunque no coincidan con lo que nos gustaría vivir con esa persona. Es necesario agradecer al Dios que elegiste para sobrevivir —o a la cantante que te quita el sueño— que otras personas nos eligieran para compartir parte de sus vidas y, ocasionalmente o frecuentemente, sus cuerpos. Todo para ti no puede ser, porque los sueños de fusión y las idealizaciones son la la muerte de algo tan cotidiano como excepcional como es el amor.

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