divendres, 19 de març de 2010

Aprendí a no decir te quiero, Sandra Rojas



Quien quiera entender los porqués de las relaciones humanas tiene que vivirlas y sufrirlas y le tienen que llenar de placer y de dolor. Quien quiera ser libre en este mundo homogeneizante y autoritario tiene que vencer al policía que todas llevamos dentro y, sobretodo, al policía moral que habita en el resto de personas que dicen que nos quieren pero no acaban la frase. Porque en realidad piensan: “Te quiero atar, someter a mis prejuicios morales y tenerte encerrada sólo para mi use y disfrute”. Pero no lo dicen porque lo dan por supuesto, es “obvio”. Y por eso a una le toca decir, anunciar y explicar cómo quiere vivir las relaciones y luego pelearse para que lo “obvio” no te absorba y para que los policías no te repriman.

Aprendí a no decir te quiero porque esa expresión conlleva una cantidad infinita de conceptos, ideas y deseos para la mayoría de gente. No es de extrañar. Películas, cuentos, historias familiares o canciones nos refuerzan la idea monogámica y represiva de algo que se atreven a llamar “amor”. Por otro lado hay que redefinir esa palabra y entender lo que significa “hacer el amor” que, por supuesto no se limita al sexo sino que abarca cualquier aspecto de la vida que hagamos con alegría y placer y sin dañar a nadie.

Esta lucha no es sencilla, como ninguna otra en contra del pensamiento único y el poder patriarcal y religioso. Así, ya sólo el planteamiento diferente y en contravía de las relaciones humanas —y en especial las sexoafectivas— pero sobretodo sus intentos de puesta en práctica son ejercicios de transformación social constructivos, reflexivos y pedagógicos con el objetivo público y declarado que haga saltar por los aires tabúes, dogmas, represiones, moralinas, hipocresías y silencios. Renunciar a ellos sería como renunciar a la abolición del capitalismo o del patriarcado. Un terrible error a menos que te gusten las injusticias derivadas o, más claramente, te beneficies de ellas.

No te extrañes si el desespero te quiere atrapar, pero no te dejes llevar por la corriente. Es comprensible la sensación de tristeza y rabia pero nos toca estar por encima de eso. Pasados los desahogos puntuales hay que volver al mismo camino que emprendimos hace rato por la liberación total sabiendo con quien contamos para nuestros propósitos. Evita que la rabia se quede mucho rato en tu cuerpo, sácala lo antes posible de la manera que te nazca aunque no dudes que lo mejor para no desesperanzarse es no tener esperanzas. No siempre es fácil, pero un día llega...

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