dijous, 5 de maig de 2011

Luna Roja (fragmento), Miranda Gray


La relación sexual conecta al ser humano con la tierra, al hombre con la mujer, y a la mujer con sus energías creativas, gracias a lo cual ella se transforma en la fuente de inspiración y poder de su compañero. En la historia y la leyenda la mujer suele ser una fuente de visión, meditación, entusiasmo, desafío, energía, fortaleza e inspiración para el hombre y actúa como catalizador en su vida, mientras que el rol de las diosas era el de guiar, dirigir y dar sentido a la vida de los héroes que ellas escogían.

Tanto en la Grecia antigua como en la India las mujeres cultas que demostraban gran habilidad en las artes sexuales gozaban de un mayor prestigio dentro de la corte que es resto de las mujeres, y sus aptitudes para la música y la poesía eran muy apreciadas, así como la percepción que demostraban en las discusiones filosóficas o relacionadas con el arte de la guerra; el acto sexual les proporcionaba placer y hacía emerger sus energías, mientras que a través de esa intereacción los hombres no sólo experimentaban placer sino que además recibían el don de la visión. Estas mujeres enseñaron al hombre el arte del sexo, el verdadero valor del acto en sí mismo.

En el mundo occidental las doctrinas de la iglesia cristiana han tenido gran influencia sobre el acto sexual y su reconocimiento social; la idea del cuerpo, el seco y la sexualidad como expresiones de lo divino, el culto y la espiritualidad pueden resultar difíciles de comprender incluso para las personas de mente más abierta, y en consecuencia durante muchísimo tiempo se culpó al sexo y a la sexualidad de alejar a las personas de lo divino, mientras que la sexualidad femenina en particular fue considerada como la tentación original que apartó a la humanidad del lado de Dios.


Durante el medievo la sociedad cristiana olvidó la maravilla, la belleza y la divinidad propias del acto sexual, y al rechazar el sexo, el cuerpo y la naturaleza en su búsqueda de lo divino, lo que en realidad hizo fue negarse admitir lo divino en los poderes de la creación. Entonces el rol sexual femenino pasó a ser el de la sumisión ante las necesidades de su marido y un medio para engendrar hijos; si una mujer disfrutaba del sexo, pedía practicarlo o gozaba y obtenía energía a partir de él, se pensaba que semejante comportamiento era producto de su naturaleza maligna, y así perdió todo el respeto que podía haber obtenido del hombre o de la sociedad. El concepto del sexo pasó a estar estrechamente vinculado al placer masculino y a la producción de hijos, y cualquier atisbo de erotismo se consideraba pornográfico; hasta en el mundo moderno, más “iluminado” y “sexualmente consciente”, el concepto del sexo como expresión espiritual es impensable o se lo considera perverso. Incluso hoy en día el acto sexual es sucio, avergonzante y depravado si no respeta las estrictas restricciones sociales; como sucede con la menstruación, algunos de sus aspectos son tachados de malignos y, en el peor de los casos, la sociedad los ignora por completo.

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