dilluns, 9 de juny del 2014

El amor en tiempos de fuerte actividad sísmica, Mari Kazetari




Nota: Escribo una columna mensual en la revista vasca Argia, en euskera. No suelo traducir mis artículos a castellano, pero sí que me apetece hacer una excepción con este. Si entiendes euskera, te recomiendo que leas el original. Los corchetes son añadidos que me han salido al traducir. La ilustración la hizo mi amiga Inge Rodríguez Madariaga hace unos años, inspirada por un post que escribí sobre los dramas del amor romántico. Luego me la regaló enmarcada y la tengo en mi casa de Bilbao. Cuando me angustio por amor, me gusta mirarla para no perder el norte.

Terremoto
Hoy, 10 de abril, he vivido por primera vez un terremoto en Managua. Mientras escribo estas líneas, sigo sintiendo las réplicas. Son las once de la noche y el terremoto empezó a las cinco de la tarde. Mi hermano pequeño y su madre llegaron ayer a visitarme. Cada temblor abrupto me da un vuelco al corazón y me contrae el cuello, pero sobre todo me angustia que mi hermano se despierte asustado.

En estos momento extraño a mi última amante. Si esto hubiera ocurrido hace unos meses, ahora me relajaría entre sus brazos. Si no pudiera venir a mi barrio, al menos me reconfortaría hablar por teléfono con ella.
Cuando ocurre una catástrofe, echamos de menos a nuestro pilar afectivo, a la persona que mejor nos transmite seguridad y paz. Para mucha gente, esa persona será su madre, su padre, su abuela o su abuelo. Para otras tal vez su mejor amiga o amigo. La madre de mi hermano (expareja de mi padre) acaba de hablar por teléfono con su hermana, y al colgar ha dicho lo siguiente: " Ahora ya estoy tranquila. Cuando hablo con ella siempre siento que todo va a ir bien". En mi caso, suelen ser las personas con las que tengo una relación sexoafectiva las que me proporcionan mayor sosiego. Esto me preocupa, porque me hace dependiente, siempre siento la necesidad de tener pareja.

Las feministas llevamos mucho tiempo reflexionando sobre el modelo de amor romántico, basado en la dependencia y en la ansiedad, en el mito de la media naranja, en expresiones como "sin ti no soy nada". Mujeres y hombres, heterosexuales, gais y lesbianas, hemos interiorizado ese modelo desde la infancia, a través de las películas, las canciones y los mensajes de nuestro entorno.

Brigitte Vasallo utiliza el concepto "amores Disney" para definir ese modelo. Condiciona en mayor medida a las mujeres, porque desde pequeñas nos programan para buscar al príncipe azul y nos transmiten que el amor y la maternidad han de ser los ejes de nuestra vida. Hoy en día se nos anima a estudiar y a buscar un buen trabajo, pero seguimos teniendo muy metida la creencia de que formar una familia nuclear es la principal fuente de felicidad.

La antropóloga feminista Mari Luz Esteban le dijo a la periodista de Berria Maite Asensio: "Lo peligroso es que el amor sea nuestro único recurso (...) No voy a decir que haya que suprimir el amor de nuestra vida, sino que hay que introducir otras cosas para equilibrar". La mayoría de las mujeres, y me incluyo, invertimos demasiada energía en los dramas románticos. Reconozco que tengo un excesivo enganche hacia la pasión. Es mi droga preferida. Dice Esteban: "No se debe decir 'no te enamores', sino 'hazte con los arneses necesarios'. De la misma forma que nos protegemos con un casco y unas cuerdas cuando vamos al monte, también necesitamos protección en el amor, para ser capaces de pasarlo bien y salir bien paradas". ¿Pero es posible amar con el arnés puesto? [Repriman la tentación de hacer la bromita sobre los strap-on] ¿Es posible enamorarse sin sentir vértigo, sin sentir que estamos a punto de saltar a un precipicio? ¿O será que me sigo tragando esa concepción tóxica del enamoramiento como pérdida de control, entrega, órdago en la que una está dispuesta a darlo todo?

Las sacudidas de un terremoto pueden provocar una catástrofe, pero al mismo tiempo nos recuerdan que la tierra está viva. Hemos aprendido que el amor romántico, ese que implica el riesgo de exponerse a un desastre emocional, es el único camino para sentirnos vivas. A través del feminismo, sé que es posible vivir amores libres y sanos en las que conservo mi autonomía y mi bienestar [otra cosa es que lo consiga]. Quiero seguir enamorándome, pero manteniéndome a mí misma en el centro de mi vida. En vez de esperar a princesas azules, quiero cultivar relaciones diversas que me aporten tanto intensidad como apoyo y cuidados mutuos. Quiero disfrutar del amor como un camino posible que aporta felicidad, y no como tabla de salvación a la que aferrarme en caso de catástrofe.

republicado desde diagonal

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