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diumenge, 20 d’abril del 2014

En el último trago nos vamos, xara sacchi

De la mano de Oscar Wilde, Víctor Hugo o el Marqués de Sade, xara sacchi reflexiona sobre la construcción contemporánea del amor romántico y la norma sexual.

Oscar Wilde and Lord Alfred Douglas
Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas
Hace un par de semanas leíamos a tres voces con mis compañeras del club de lecturas disidentes la carta que Oscar Wilde le envía desde la cárcel a su amante, amigo, traidor personal, compañero (in)fiel Lord Alfred Douglas. En la carta De Profundis, Oscar, que juega el papel de amante despechado, le recuerda a su bien amado todos y cada uno de los desaires de los que fue víctima durante su vida juntos, cómo fue también que se sintió feliz a su lado, cómo fue que cayó en desgracia por su culpa, cuánto dinero invirtió en halagarlo, penique por penique (hay sumas detalladas), cómo emprendió empresas extraordinarias para seducirlo, como finalmente acabo en la cárcel por él. Si bien cualquiera estaría tentado a afirmar que es una carta de despecho, de denuncia, escrita desde el resentimiento, una carta de desamor, de desengaño, la carta en realidad es un carta de amor.

dimecres, 14 de desembre del 2011

¿Qué es el amor?, Marqués de Sade

¿Qué es el amor? No se puede considerar, me parece, que sea algo distinto del efecto resultante de  las cualidades de un objeto hermoso sobre nosotros; esos efectos nos transportan, nos inflaman; si poseemos esos objetos, estamos contentos; si nos es imposible obtenerlos, nos desesperamos. ¿Pero cuál es la base de ese sentimiento? El deseo. ¿Cuáles son las consecuencias de ese sentimiento? La locura. (…) Todos los hombres, todas las mujeres se parecen; no hay amor que resista a los efectos de una reflexión sana. ¡Oh que idiotez es esa borrachera que, absorbiendo en nosotros el resultado de los sentidos, nos pone en tal estado que ya no vemos nada, no existimos más que para ese objeto adorado! ¿Es eso vivir? ¿No es más bien privarse de todas las dulzuras de la vida?¿No es querer permanecer en una fiebre ardiente que nos absorbe y nos devora, sin dejarnos más felicidad que la de los goces metafísicos, tan similares a los efectos de la locura?... Unos pocos meses de goce, que acaban colocando al objeto en su verdadero lugar, nos hacen enrojecer al pensar en el incienso que hemos quemado en sus altares y no llegamos siquiera a concebir entonces cómo pudo seducirnos hasta ese punto.

diumenge, 31 d’octubre del 2010

Yo, Sade



Nunca he entendido que haya límites en el sexo, que el cuerpo humano tenga otras fronteras que su piel y sus huesos. Limitar el sexo es un pensamiento carcelario, ponerle fronteras al placer es como intentar poner puertas al campo. El deseo es el motor del universo, el origen del hombre y su final, y nada podemos contra ello.

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Para que las mujeres sean libres tienen que obrar por su propia cuenta, según sus deseos, romper todos los lazos, religiosos o conyugales, y saber que el placer y el amor nada tiene que ver con la reproducción ni con la perpetuación de la especie, que deben evitar a toda costa. […] La mujer es lo más importante, el núcleo natural central de la especie humana, y para ocupar su debido lugar, y ser poderosa y triunfadora, tiene que ser libre y hasta libertina o libérrima, independizándose de todas esas remoras que le impiden alcanzar su plenitud, sean las que fueren, llámense hogar, familia, esposos, hijos, moral y religión, y seguir sus propios impulsos hasta donde pueda, sin otros límites que los que le impongan su naturaleza y el legítimo uso ilimitado de su cuerpo para sus propios placeres.

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Y, aunque es verdad que en toda mi vida erótica o sexual siempre he evitado emplear la palabra amor, que me parece un engañabobos, una máscara para «dignificar» los deseos de la naturaleza, como si ya de por sí no fueran lo suficientemente dignos y poderosos además. […] esa estupidez llamada amor, que no creo que pueda dar lugar nunca a una verdadera relación humana sólida y duradera, pero que cuando aparece engaña a quien parece embargar y le hace sentir placeres de un imposible séptimo cielo, que aunque no exista, como no existen los seis anteriores, funciona de tal manera acreciendo nuestras fuerzas, nuestro ánimo y nuestra disposición, que al fin y al cabo bien venido sea.