Tras décadas de silencios, se multiplican las iniciativas sobre la sexualidad de personas con diversidad funcional.
De las personas con diversidad funcional se piensa que su cuerpo no
puede producir placer, que si tienen sexo, tendrán hijos y, por tanto,
podrán transmitir de generación en generación la discapacidad. Se piensa que su sexualidad es más intensa, menos ajustada, más expuesta a peligros, más descontrolada.
Para Soledad A. Ripolles, coordinadora de la Oficina de Vida
Independiente de Madrid, las peores situaciones a las que se enfrentan
las personas con discapacidad son la falta de respeto a su autonomía
moral, no darles la oportunidad de desarrollar su sexualidad,
ignorándola por completo; ridiculizarlos si expresan deseos amorosos o
sexuales, someterlos a “juegos” de excitación, abusar de su cuerpo como
consecuencia de la reclusión en la que viven y, como el conjunto de la
población, no tener acceso a una educación sexual liberadora.
