diumenge, 4 de setembre de 2011

Amar sin vergüenza (Ame e dê vexame, 1987) (fragmentos) Roberto Freire



Personalmente esto es todo lo que deseo: mi amor, tanto mi sentimiento como la persona que amo, además de amarlos sólo de la manera que me gusta, los dejo libres para amar de la manera que a ellos les gusta, hasta incluso más allá y a pesar de mí. Busco personas que también aman así. Es difícil, pero termino siempre por encontrarlas. Es fascinante, maravilloso, doloroso, placentero, nuevo, imprevisible, incontrolable, rico, poético, loco, romántico, caótico y aventurero.

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Pero aquellos que logran dejar sus sentimientos y sus objetos amorosos libres para ir a donde les plazca, sin dejar de amarlos y sin que estos los amen menos, descubren, como yo, las infinitas posibilidades del amor y las formas diferentes, originales y únicas con que el amor puede presentarse en cada persona, o en la misma persona en cada momento, dependiendo del lugar y de la circunstancia emocional en que pueda ocurrir. Además —y para mí este es el descubrimiento más grande—, cuando el compañero desiste de seguirnos en ese viaje, por miedo a los riesgos o porque ha descubierto mejores compañeros para viajar, he aprendido a aceptar, aunque de inicio contra mi voluntad, su derecho a esa libertad, como la deseo igualmente para mí. Es más, descubro en esta secesión algo de sabio a mi favor, pues si inicialmente la separación me parecía incomprensible, cuando vuelvo a sentirme bien con otra compañía (que vive la misma ideología y tiene coraje para su práctica libertaria en la relación amorosa), queda claro que yo estaba siendo autoritario y capitalista en la relación anterior, intentando conservarla a pesar de todo.


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La persona cuando ama juega como un dios, pensé una vez. Hoy pienso muy diferente: el adulto, cuando ama, juega a ser niño. De acuerdo con Géroges Groddeck, para mí la persona es lo que fue y vivió hasta el fin de la adolescencia, siendo su vida adulta sólo una enfermedad lenta, larga e incurable, a veces amenazada por su falta de aspecto lúdico infantil, especialmente el que llamamos amor.
Alcanzar la ligereza, claridad, pureza y sabiduría infantil en el amor es el gran objetivo de los amantes anarquistas. La gravedad y la seriedad del amor burgués sólo esconden el objetivo de transformarlo en instrumento de poder. (…) Entonces el amor posible, ya que no puede ser lúdico al no estar permitido jugar con los propios deseos, sentimientos y emociones, obliga a los jóvenes a institucionalizarse, a medir, reglamentar y utilizar sus deseos, sentimientos y emociones, que sirven como instrumentos de los mecanismos de poder autoritario (a través del casamiento y la familia) en la reproducción y perpetuación de la relación dominador/dominado.
Los jóvenes perciben claramente que para vivir una vida lúdica, para amar y dejar su amor jugar, correr, cansarse y dormir en paz, tendrán que romper con los mecanismos autoritarios de apareamiento y relación afectiva del sistema capitalista. Por eso la salida es marginarse y crear nuevos tipos de relación y apareamiento, así como descubrir otras formas de vida comunitaria en sustitución al hogar y familia tradicional.

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Para ser realmente lo que somos, tenemos sólo un indicador: el placer de vivir. Y nadie va a negar que es el amor el mejor placer y el indicador más seguro de nuestros caminos. Sin embargo, para conocerlo es preciso amarlo, es necesario dejarlo ser lo que él es, impulsado por mecanismos genéticos originales y conducidos por nuestras opciones libres y placenteras.
En una sociedad autoritaria como la nuestra, ser lo que somos, dejar a nuestro amor ser lo que él es, sin duda es lo más difícil de realizar. Por otro lado, es lo más emocionante también, porque una vez vencida la barrera neurótica de origen político, pasamos a nadar a favor de la corriente la vida y del amor.
Nuestros problemas para vivir el amor de forma integral y natural no son dificultades de naturaleza afectiva, pero sí de libertad. Por lo tanto, nada que temer del amor, pues él estará siempre en nosotros, entero y listo para ser vivido cuando llegue el momento.
Una vez liberado, él nos hará amar tan satisfactoriamente y naturalmente como respiramos, procreamos, nacemos y morimos. Lo que generalmente nos hace falta es el coraje de ejercer la libertad necesaria para eso.
Es evidente que con relación a la sexualidad pasa exactamente lo mismo. Amor y sexualidad no pueden ser entendidos y vividos por separado. Después de la obra de Wilhelm Reich, no hay más dudas sobre la acción de los mecanismos políticos autoritarios a través del amor en el matrimonio y en la familia para desequilibrar emocional y psicológicamente a las personas y en consecuencia, llevarlas a una sexualidad insatisfactoria. Reich demostró cómo la ausencia de orgasmos completos y repetidos en los neuróticos los vuelve incompetentes e impotentes para el ejercicio de la libertad en el amor, en la creatividad y en la capacidad de lucha ideológica. Así es como, al bloquearse la sexualidad de una persona o de un grupo social, lo que se busca, fundamentalmente, es bloquear su capacidad de ser libre y suficientemente fuerte para buscar su originalidad única y la de su amor.

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Todavía quiero resaltar la importancia del gesto valiente y de la actitud contestataria de las personas que no se satisfacen con las migas del afecto en las relaciones apropiadoras y parasitarias del amor burgués, ni se dejan ilusionar con las formas neuróticas de las relaciones amorosas sadomasoquistas implícitas o explícitas, del amor autoritario. La soledad y la vida (estar vivo, entero, limpio, resistiendo), mientras preparamos el momento de la liberación, valen más que el poder y la falsificación del amor en la vida autoritaria.

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Una de las cosas que más me espanta y entristece es observar en la sociedad contemporánea la dificultad para el amor, y cuando lo alcanzamos, sobre todo la dificultad todavía más grande para mantenerlo vivo y entero. A través de las ideas que defiendo en estas reflexiones entiendo que en el instante de la revelación del amor o en el momento de la seducción, abrimos para el compañero nuestra originalidad única, como si la viviéramos de hecho, siempre.
Realmente creo que es en esto donde reside nuestro poder de seducción y es esto mismo lo que sentimos al estar enamorados. El encantamiento del noviazgo y de los primeros tiempos de la relación amorosa deriva de la exposición de nuestra originalidad única, que sólo los amantes namorados pueden mostrar y con ella comunicarse. Pero nuestros bloqueos y miedos, a pesar de nuestro amor, acaban por ocultar de nuevo que somos originales, únicos, y volvemos a la vieja soledad dolorosa, proporcionando decepción, desencanto y pesar a nosotros mismos y a nuestros compañeros. Y la soledad se impone, solos o acompañados, pero siempre con dolor, siempre más grande, porque a cada noviazgo y a cada pasión, aunque duren poco tiempo, sentimos el gusto inolvidable, por esencial y vital, de la soledad sin dolor a dúo.

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Los celos pueden ser un sentimiento natural en la especie humana, pero de ninguna forma, si están desconectados del autoritarismo, van a producir por sí mismos comportamientos violentos y patológicos.
Entiendo que en el instante del descubrimiento, o cuando pasamos a disfrutar la máxima intensidad del encantamiento y de la belleza de un nuevo amor, la presencia competitiva de otra persona en nuestra relación con él o la amante es algo biológicamente inaceptable, porque va a perturbar el desarrollo de un placer que no se ha completado y necesita todavía de espacio y tiempo libres para llegar a su plenitud posible.
Pero también entiendo que cuando nuestro amor llega a la estabilidad y si otra persona desea competir tanto conmigo como con mi compañera, creo que esa otra persona tiene todo derecho de buscarlo en uno de nosotros, así como yo y mi compañera tenemos el mismo derecho de ser amados de nuevo y por otra persona. Además creo que es necesario tener la seguridad de que siempre habrá alguien más que puede y desea amarnos, aun cuando seamos felices con el actual compañero. El amor no puede ser una condena perpetua, aunque no descarto la posibilidad y el derecho de que algunas personas lo vivan así, no como condena, pues este tipo de amor es un hecho ecológico posible. Lo que no logro entender es que el amor exclusivo y perpetuo sea una ventaja en relación con las otras formas posibles de amor.
Pero cómo resolver la siguiente cuestión que se abre en estas circunstancias: ¿la posibilidad y el derecho al amor y a la libertad simultáneamente?
No conozco otras palabras para contestar a no ser con aquello que es visible en los otros animales y forma parte también, creo, de la naturaleza del ser humano: ser lúdico. Ser lúdico significa tener la capacidad de jugar. Y quien ama precisa saber jugar, para no caer en los juegos autoritarios de las personas que no son lúdicas y quieren ganar siempre aunque para eso cambien las reglas del juego, roben en el juego, destruyan el juego o a los propios compañeras y compañeros.
Existe sólo una única regla en el aspecto lúdico que heredamos de nuestra infancia: la creatividad. Se unen siempre a la creatividad otros fenómenos secundarios: la espontaneidad, el talento, la capacidad de lucha y la ética. Pero ¿qué es la creatividad en el amor? Es simplemente poder disponer de todos nuestros potenciales humanos liberados, estar lo más próximo posible de nuestra originalidad única y vivir autorregulados, o sea, libres. Entonces utilizar la creatividad en el amor y hasta en competiciones en la relación amorosa, para mí sólo significa tener y ejercer el poder de la seducción.
Uso la palabra seducción en el sentido positivo, o sea, hacerse agradable y tornarse irresistible a través de atributos propios, verdaderos y sinceros, expuestos y comunicados de manera espontánea, sin otro objetivo que no sea la de ser admirados y amados por lo que somos realmente. Entonces creo que es legítimo en cualquier tipo de competencia amorosa el derecho lúdico al juego de la seducción que, aparte de poder resolver el tema a nuestro favor, es algo alegre, exquisito y divertido.

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Pero de una cosa estoy absolutamente seguro: si mi compañera prefiere otra persona a mí y esto se realiza a través del juego sucio, si hay mentira, violencia o traición, voy a constatar rápido que, en realidad, no pierdo nada. El dolor que siento es otro, no es dolor de amor. El dolor por la pérdida de alguien que se ama ocasionado por otra persona que jugó limpio, que supo ejercer su poder de seducción, es un tipo de dolor perfectamente soportable y superable, porque es sólo un dolor de pérdida, acto al que tenemos que habituarnos al estar sujetos permanente e impotentemente al juego limpio, por natural, entre la vida y la muerte.

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He descubierto con el pasar del tiempo que no es ninguna vergüenza ni humillación vivir de forma no machista, no querer morir de amor, ni precisar enloquecer o matar mi objeto de amor de tantos celos. Finalmente me sentí capaz de sufrir todo el dolor posible en el amor sin envolver la muerte en ello. Así podía sentir el dolor de los celos sin tener que perder la razón ni destruirme a mí y a los demás. Al fin, estuve ya preparado para defenderme de los riesgos de aprisionar el amor y no de los riesgos del propio amor. Esto significa que aprendí que es la libertad lo que se pierde, lo que no se tiene más en el amor cuando este acaba o queda amenazado. También quedó definitivamente claro para mí que lo que les falta a las personas es ser lúdicas, al preferir la muerte y la locura a los celos.
Ahora felizmente creo poder sentir celos sin problemas, sin quitar la libertad a nadie, porque deseo tener la libertad de gozar y de sufrir mi amor como se me antoje o necesite. Lo más difícil, sólo es eso lo que me falta aprender antes que sea demasiado tarde, es guardar sólo para mí el dolor de los celos y no utilizarlo como instrumento para herir y chantajear a quien, en el ejercicio pleno de su libertad, ha preferido al mío, otro tipo de amor.

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Quien logra amor a través de los celos, del control y dominación de la vida y de los sentimientos del compañero, tiene apenas lo que se llama entre nosotros, brasileños y amantes del fútbol, de vitoria no tapetâo; o sea, gana pero no es reconocido como vencedor. En fin, algunos jóvenes decididamente no sienten más ningún placer en el amor sin libertad, siendo este el amor de los que no logran dejar de ser esclavos, incluso creyéndose señores; ni tampoco dejar de ser siempre y sólo mediocres en la calidad de su amor comprado y amenazado.

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Para poder hablar de escándalos en el amor es necesario primero confrontar la ideología del placer creada por los anarquistas somáticos, con la ideología del sacrificio, propuesta por el catolicismo, por el socialismo autoritario y por el psicoanálisis: ni paraíso celeste, ni paraíso comunista ni paraíso psicológico. No creemos estar poseídos y dominados por el pecado original, por cualquier tipo de infantilismo político ni por un instinto de muerte primario. Sólo existe un instinto primario: el del a vida. Y su realización en todos los planos de la existencia, es lo que llamamos placer. Sólo la patología acepta buscar el placer a través del dolor. Convivir con el dolor natural de vivir es la garantía para sentir el placer natural de la existencia.
La anarquista somática no se sacrifica por nada ni por nadie, simplemente porque nada o nadie lo necesita. Todo sacrificio es hecho con segundas intenciones, es un pacto de mediocridad, algo que se cobra con intereses muy altos. Luego la ideología del sacrificio es fruto del autoritarismo, favoreciéndolo de forma disfrazada. Sólo el acto placentero es realmente libre, sincero y espontáneo. Sólo en el acto placentero el amor sirve simplemente para amar.
Tampoco se puede olvidar que los escándalos en el amor son producidos a través de un acto de liberación dirigido por el tesâo de vivir. Esta es su mayor belleza.
Así pues queda claro que existen dos tipos de escándalos muy distintos, opuestos: el escándalo libertario, que nos libra del autoritarismo para poder disfrutar el amor en libertad; y el escándalo autoritario, que esclaviza y nos obliga a optar por el amor o por la libertad. No es de ese segundo tipo de escándalo, común en las relaciones amorosas autoritarias, del que hablamos. Al revés, es con los escándalos libertarios que nos libramos de la posibilidad de utilizar (al amor) o de volvernos víctimas de él.
Deseo caracterizarlo bien para evitar confusiones. Típicos del escándalo autoritario son los chantajes, elemento propio de la ideología del sacrificio. Me refiero a la amenaza de retirarte el amor en caso de que el deseo de posesión y dominación no esté siendo atendido por el compañero. Por miedo de perder el amor, el chantajeado se somete, se sacrifica, pierde su libertad y se vuelve dependiente.
(…)
Otro tipo de chantaje indirecto, sutil y parcial es aquel que, de inicio, produce confusión emocional y se ha identificado como el principal factor en la génesis de la neurosis y de la psicosis en la persona que lo soporta. Este comportamiento es llamado doble vínculo. En este proceso chantajista se pasa al compañero un evidente sufrimiento porque, él o ella no atiende a nuestro deseo, expresado o no, por nosotros mismos disfrazado, de modo que la otra persona se acaba sometiendo a nuestra voluntad debido al remordimiento y al sentimiento de culpa que acaba sintiendo, a pesar de que nosotros insistiremos, con las palabras, que todo está bien.
Lo vergonzoso en el doble vínculo son las actitudes meláncolicas, deprimidas, angustiadas, ansiosas, cuya causa sabemos cual es, pero que el chantajista las niega hasta el momento en que el compañero se somete; entonces los síntomas desaparecen.
La vejación autoritaria es la gran arma de los padres y los amantes, en la vida familiar y en las parejas, para instituir y evitar mantener la sociedad autoritaria, así como el origen del amor mediocre que, en lugar de ser naturalmente un placer, se vuelve patológicamente un poder.

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Como la alegría, la belleza es fruto del placer. Para la anarquista somática el arte también es considerado una forma natural de terapia. Sólo existe la belleza en el ejercicio del placer. Infelizmente hay mucha mistificación en ese campo. No fue el sufrimiento por la sordidez y por los padecimientos amorosos el que propició la genialidad en la obra de Beethoven; fue el inmenso placer que sentía en su amor por la música y por el acto creador.

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Una de las maneras más eficaces de disminuir nuestro sufrimiento por las dificultades en expresar y comunicar verbalmente el amor directo y sustantivo, es cuando podemos adjetivarlo a la voluntad y, con esto, atenuamos su fuerza y lo travestimos de ropas tan variadas y diversificadas que, lejos de su crudeza y de su desnudez auténticas, el amor termina por ser más la máscara que el enmascarado, o —lo que es más trágico— a veces la máscara sólo disfraza y encubre la ausencia de lo que debía enmascarar.
Amor paterno, amor materno, amor fraterno, amor de parientes, amor filial, amor de enamorados, amor de cónyuges, amor de amantes, amor de amigos, amor de compañeros, amor de socios, amor de correligionarios, en fin, todas estas y muchas otras formas de amar, en realidad varían sobre todo en función de su carga afectiva, sensual y sexual, de los compromisos, de las obligaciones, de las dependencias consanguíneas, legales, sociales, financieras y políticas.
Por mucho tiempo, la adjetivación del amor me confundió y llegué incluso a sospechar que cada uno de esos amores era de cualidad realmente diversa en el contenido, en la energía, como lo era en la forma y el objetivo.
Encadenado al concepto clásico y autoritario de que el amor es una relación de cambio complementario, como un sistema de vasos comunicantes, yo debería amar más a la persona que más supliese mis carencias personales en todos los planos, quedando así atado indisolublemente a la idea de atracción, amor y complementación, a la gratitud y dependencia.
La idea de que amar podía ser algo completamente diferente me ha dejado tan perplejo y aterrorizado porque, dentro del código de ética y de normalidad que regula la forma clásica de amar, cualquier violación de los límites de cada una de estas maneras adjetivadas de amar es punitiva, clasificada peyorativamente, marginada y alienante, y puede hasta ser caracterizada como perversiones patológicas o transgresiones criminales.


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No hay nada más incómodo, desagradable y perturbador para una sociedad autoritaria bajo la ideología del sacrificio, que una persona alegre. La alegría es una agresión que ofende porque provoca envidia y rompe pactos de mediocridad. La persona sana es revolucionaria y alegre. La belleza puede ser a la vez (con el contrapunto del dolor) el sabor de la vida.
Sólo nos sentimos capacitados para dar escándalos en el amor cuando establecemos una relación saludable con las personas. La salud es la verdadera ética de los anarquistas somáticos. Por lo tanto, no ser sincero es esencialmente no ser anarquista.
No poder o no querer ejercer la sinceridad significa estar paralizado por el miedo o movido por un juego de intereses autoritarios, designados por nosotros pacto de mediocridad: no seré sincero contigo; como pago, tú no eres sincero conmigo, así encubriremos nuestras verdades y el fracaso de la relación no será atribuido a nadie. En fin, un juego mediocre, enfermo, neurótico, nivelando las personas por debajo y boicoteando la dinámica y la libertad en el amor.
La anarquista somática no puede ser una neurótica, pues conoce y evita todos los pactos de mediocridad que el cotidiano y los grupos les preparan, en forma de trampas psicológicas, de carácter oral y naturaleza política: miedo, cobardía, hipocresía, impostura, mentira y traición. Todas, evidentemente, disfrazadas y perdonadas a través de los pactos de mediocridad.
Un cierto miedo natural es biológicamente necesario si somos conscientes de los riesgos a que se someten los animales para garantizar la supervivencia. Por otro lado, es imposible sentir el placer de la libertad, como en los instantes de los escándalos en el amor, sin asumir riesgos en la realización de nuestros deseos animales y humanos. Se busca el mínimo de seguridad para sentir el placer de ser libre. El equilibrio inestable y dinámico entre vivir más riesgos que seguridad caracteriza y garantiza nuestra libertad. La sociedad autoritaria combate el riesgo y aumenta la seguridad teniendo como objetivo disminuir la libertad de las personas.
El miedo al riesgo es lo que no nos permite dar los indispensables y bellos escándalos o vergüenzas libertarias. Usando el mismo sistema de domesticación animal, la pedagogía autoritaria instala en los niños el ancla de un doble miedo, sometiéndoles a la autoridad: el miedo del dolor en el castigo (físico, mental y afectivo) y el miedo a la ausencia del placer (físico, mental y afectivo) por la no recompensa. Esos dos miedos se refuerzan mutuamente, llevando a la inacción, al no riesgo, a la no libertad y a la sumisión. La anarquista somática lucha, fundamentalmente, contra el miedo que paraliza las tres fuentes energéticas para la vida orgástica, que son la afectividad, la sexualidad y la creatividad. La realización de esas tres formas de placer garantiza energía suficiente y libre en nuestro cuerpo para luchar y conquistar la libertad. El miedo es el revés del orgasmo. Sin vergüenzas no hay tesâo. Sin tesâo no hay solución.

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