dissabte, 5 de juny del 2010

Los usos del placer, Luís Alberto Miranda



Foucault fue un hombre comprometido con el discurso y con los grandes temas de su época y empeñó su vida en la búsqueda de sus propias razones. 

En 1984 Foucault publicó el segundo volumen de la historia de la sexualidad con el título Los usos del placer. En este libro, nos lleva de regreso a la cultura de la antigua Grecia y a explorar la manera en la cual los filósofos y los doctores consideraban normas de conducta para la actividad sexual. Los textos de ese tiempo ya establecían a los individuos como sujetos éticos, a través de afirmar que cada uno debería cuestionarse sus prácticas sexuales. Hay una continuidad  con la era moderna y ciertamente estos temas persisten aún hoy. Para platón (427-327 AC), la práctica sexual era vista como algo normal aunque en las leyes de entonces se afirmaba que el sexo entre hombres no era natural, pero no constituía un juicio moral ni implicaba ninguna restricción o algo parecido. Era una simple nota al margen. Se refería, más bien, al hecho de que abusar en exceso de la sexualidad no era bueno. “El sexo asegura la procreación y aunque no es malo en sí mismo, abusar en exceso de su práctica puede descarriar a las personas”, eso pensaban y encaja perfectamente en la idea griega del “justo medio” que proclaman para todas las actividades humanas.



Antifon (480-411 AC), el sofista, afirmaba que: “No es sabio aquel que no ha probado lo feo y lo malo; porque entonces no tiene argumentos ni referentes para asegurar que sea virtuoso”.

Sócrates (469-399 AC) aconsejaba la temperancia, la maestría se sí mismo mediante el control de nuestros apetitos y placeres. Ejercitarse a sí mismo en el autocontrol a través de la meditación, paseando y caminando las calles en silencio, lo eleva a uno y conforma un estilo apropiado de vida y agrega una razón de la existencia.

Diógenes (320 AC) el filósofo de los cínicos, acostumbraba a masturbarse en la plaza de mercado para enseñarle al pueblo que era una necesidad básica.

El término “sofrosyne” significaba moderación, liberación de sí mismo de sus propios deseos para alcanzar la verdad propia.

La pregunta central de Foucault sobre la sexualidad es: ¿por qué la conducta sexual ha venido a ser el factor dominante de la experiencia moral? Trata de encontrar respuestas hurgando en las prácticas de la antigua Grecia, donde la estilización del individuo, la adoración del cuerpo y el cuidado de sí mismo estaban al más alto nivel.

“Afrodisia”, el término que se refiere a los placeres sensuales, está caracterizado por tres preocupaciones éticas en la filosofía y en la ley. La primera es la Dietética: referente al cuerpo y su salud. Son las reglas de conducta. Bañarse, caminar, comer y vomitar, ayudan a corregir excesos. Pero el ejercicio, en sí, no era bien visto porque era algo obvio. En cuanto al sexo, el medio ambiente y la temperatura eran importantes para la calidad de vida del cuerpo. La segunda, la Abstinencia: renunciar al placer sexual era visto como una forma de sabiduría y como una forma de acceder a la verdad. La tercera es la Economía. El término, originalmente se refiere a los asuntos del hogar, tiene que ver con el matrimonio, el papel de la esposa y de las conductas extramaritales. La función de la esposa era servir al marido. Él, por su parte, tenía que respetarla a ella, pero no estaba restringido sexualmente a ella. La mujer pertenecía al marido, pero éste se pertenecía a sí mismo y tenía que ejercer su autoridad para mantener el hogar.

Estaba en manos del hombre hacer de la mujer una socia en el hogar. Cualquier falla provocada por ella recaía directamente sobre el marido, era su vergüenza, se consideraba como un error de éste y de su manejo del hogar. En otras palabras,  tenía que saber administrar la rivalidad entre su esposa y su amante para que esto no afectara la buena marcha de la familia. Platón, en La República, compara el manejo de si mismo con el gobierno de la estructura política de una ciudad.

En cuanto a la “homosexualidad”, era un concepto que no existía en la antigua Grecia. Las categorías eran diferentes. Las relaciones entre personas del mismo sexo o de sexos distintos era algo normal. El tipo de relación sexual era irrelevante y cuando se refería a la pérdida de la moral era con respecto a la incapacidad de controlar los deseos sexuales en general, ya fuera por las mujeres o por los jóvenes. No existían dos clases de deseo, sino dos maneras de disfrutar el placer. Y aunque no existía ninguna ley que censurara la homosexualidad, ya acostumbraban a pintar al homosexual como afeminado, creído y vanidoso.

Pero, ¿por qué la preocupación moral aún en la antigua Grecia? Porque el deseo sexual sobre las mujeres o los jóvenes exigía ciertas conductas. Las relaciones entre hombre y joven tenían reglas y el pretendiente asumía responsabilidades. Tenía la obligación de controlarse y ofrecer regalos. La conquista no debía ser muy rápida ni muy lenta, ni podía tampoco ser tacaño o parecer ordinario. Una vez que un joven ya estaba viejo, era impropio seguir una relación y debía convertirla en amistad. Estas relaciones eran pruebas de honor y dignidad. Una conducta apropiada en estos temas aseguraba un “status” social.

La relación sexual y su estrecho vínculo con la verdad resultó básicamente, del amor a los jóvenes no a las mujeres como sucede luego en el cristianismo. La verdad no era en relación al objeto amado sino con respecto a sí mismo y al alma. No era la otra mitad de sí mismo, lo que uno buscaba en otro, sino la verdad con la propia alma, su reflejo en el otro, como el medio invisible de su amor.

La conclusión de Foucault sobre la ética sexual en la antigua Grecia es la de que existían inequidades y de que estaba problematizada en pensamiento como una relación entre la libertad del hombre, las formas de su poder y su acceso a la verdad.

A pesar de su expresa intención de liberarse del individuo y concentrarse en el discurso, el poder, el aparato y las instituciones, Foucault terminó atrapado en el más antropológico de los temas, la sexualidad, el hombre en sí mismo, la individualización y el auto-control. Foucault vio el homosexualismo en la antigüedad no como algo totalmente positivo, pues le pareció que había mucho de machismo, una obsesión con la penetración y una amenaza a ser despojado de su propia energía. Estaba en contra de la idea de que a través del sexo uno puede descubrirse a sí mismo, o su propia verdad.

Durante la antigüedad tardía los actos sexuales fueron vistos como una ansiedad que intensificaba la relación hacia uno mismo, o sea, hacia el cultivo propio y personal. Pero esta idea cristiana de autocuidado o autocultivo no era más restringida que la griega, aunque hacía énfasis en el arte de vivir acorde con principios universales de la naturaleza y la razón.

En la antigua Grecia, la interpretación de los sueños era aplicada a la economía y a la ley. Por supuesto a todos los demás aspectos de la vida cotidiana. Artemidoro (150 DC), los interpretaba a través de una técnica que llamaba “desciframiento”. Por ejemplo, si un amo soñaba que había tenido sexo con un esclavo, éste interpretaba que el amo estaba disfrutando de su riqueza, que estaba arriba, que era quien mandaba. (Estar debajo era ominoso); por el contrario, si un esclavo soñaba que masturbaba a su amo, él lo interpretaba como que lo iban a flagelar o a castigar.

En Roma no había una jurisdicción legal o formal sobre las relaciones de pareja. Estas se formaban simplemente sin importar la clase social. Sin embargo, estableció responsabilidades y dio origen al matrimonio como tal.

El cuidado de sí mismo no implicaba la pérdida de una mayor influencia política, social o cívica. El compromiso hacia sí mismo exigía un mayor entendimiento de cómo balancear la “libertad” del “compromiso” para descubrir el propósito de la existencia del hombre dentro y fuera del hogar.

El propio compromiso con la política, por las vinculaciones al poder y al status social no se referían a cumplir con las funciones del estado hacia nosotros o haber nacido dentro del poder, sino a la manera como uno se gobernaba personalmente, lo cual era un asunto de esfuerzo y trabajo permanente a través de la razón. Afirmaban que el hombre adquiere su carácter por sí mismo y que el azar y la fortuna le imponen sus funciones.

El filósofo nos hace caer en la cuenta que aunque los actos sexuales estaban bajo un régimen muy cuidadoso no eran vistos como problemas morales. Lo inmoral era su práctica impropia. De acuerdo al famoso médico Galeno, la gente no quería ser prohibida de la práctica sexual. Afirmaba que la procreación implicaba una preparación del cuerpo y el alma para que el esperma fuera lo suficientemente fuerte y recomendaba hacer una imagen del niño en la mente antes de procrear. También decía Galeno que el placer no debía continuar cuando viejos o comenzar muy pronto. De las niñas, que debían menstruar antes de perder la virginidad.

Plutarco (46 a 120 DC) aconsejaba no tener sexo en las mañanas y además, alimentarse con vegetales, uvas y ejercicios para mejorar el temperamento. El alma tenía un doble papel en la práctica sexual regulaba las necesidades del cuerpo, de acuerdo a sus tensiones y corregía los errores. El cuerpo no vivía en la pureza del alma. En efecto, el alma tenía que obedecer la mecánica natural del cuerpo y limitar los deseos del cuerpo. El animal era el mejor ejemplo, porque éste sigue los dictados del sexo solamente cuando su cuerpo lo pide y no exagera el placer. Lo satírico y la ninfomanía eran formas extremas del deseo sexual masculino y femenino.

En el diálogo sobre el amor de Plutarco se diferencia el amor por los jóvenes del amor por la mujer y el matrimonio. Preguntaba cuál de esos amores debe escogerse, y precisaba en ese debate que el fondo común era la unidad erótica. Plutarco tomó prestado de la tradición griega su idea del amor por los muchachos, y la aplicó a su propio concepto del matrimonio que consideraba el amor por los jóvenes como poco armonioso porque había un desbalance entre el amor físico y el amor verdadero. Afirmaba que la relación activa-pasiva entre el hombre y el muchacho carecían de un amor íntimo. Según Foucault, “Lo imperfecto del amor por los jóvenes prefigura las bases para nuestra propia moral”.

El crítico impacto del libro fue eclipsado por lo súbito de su enfermedad. En 1983 ofreció entrevistas sobre el sexo griego y en California discutió acerca del sida con un estudiante. Estaba asombrado de que la comunidad con sida se refugiaba en la autoridad de los doctores y la religión y se preguntaba cómo puede uno estar asustado del sida cuando puede morir en un accidente de carro. Poco a poco severos ataques de tos lo acosaron en su regreso a Francia y se quejaba de constantes dolores de cabeza.

El 2 de junio de 1984 se desmayó en su casa y fue llevado a la clínica san Miguel. Pensaron que se recuperaría, y en efecto, lo hizo por un corto tiempo, se quejó de no haber podido ver en televisión un partido de tenis y expresó su deseo de viajar al sur de China para rescatar vietnamitas que huían en barcos. El 24 de junio la fiebre empeoró  y el 25 de junio de 1984 a la 1:15 murió a los 57 años. Todos sus amigos estaban presentes en el funeral del 29 de junio cuando Gilles Deleuze leyó la introducción de Los usos del placer. Una corona fue enviada por los exilados polacos. Fue enterrado en el Vandeuve-du-Poitou y periódicos como Le Monde y Liberation publicaron su muerte en primera página y magazines especiales dedicados a su vida y obra. Para muchos Foucault es el más importante filósofo del siglo XX y algunos sugirieron llamar a éste, el siglo Foucaltiano.

Fue un hombre comprometido con el discurso y con los grandes temas de su época y empeñó su vida en la búsqueda de sus propias razones.

¿Sabía que tenía sida? es muy posible; lo discutió con sus amigos pero nunca hizo una declaración pública. Los doctores en un escueto comunicado de prensa declararon que los antibióticos habían fallado en controlar la infección en el cerebro. El filósofo de la sexualidad humana, el más grande y controversial del siglo XX había sido vencido por la septicemia.

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