diumenge, 31 d’octubre de 2010

Yo, Sade



Nunca he entendido que haya límites en el sexo, que el cuerpo humano tenga otras fronteras que su piel y sus huesos. Limitar el sexo es un pensamiento carcelario, ponerle fronteras al placer es como intentar poner puertas al campo. El deseo es el motor del universo, el origen del hombre y su final, y nada podemos contra ello.

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Para que las mujeres sean libres tienen que obrar por su propia cuenta, según sus deseos, romper todos los lazos, religiosos o conyugales, y saber que el placer y el amor nada tiene que ver con la reproducción ni con la perpetuación de la especie, que deben evitar a toda costa. […] La mujer es lo más importante, el núcleo natural central de la especie humana, y para ocupar su debido lugar, y ser poderosa y triunfadora, tiene que ser libre y hasta libertina o libérrima, independizándose de todas esas remoras que le impiden alcanzar su plenitud, sean las que fueren, llámense hogar, familia, esposos, hijos, moral y religión, y seguir sus propios impulsos hasta donde pueda, sin otros límites que los que le impongan su naturaleza y el legítimo uso ilimitado de su cuerpo para sus propios placeres.

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Y, aunque es verdad que en toda mi vida erótica o sexual siempre he evitado emplear la palabra amor, que me parece un engañabobos, una máscara para «dignificar» los deseos de la naturaleza, como si ya de por sí no fueran lo suficientemente dignos y poderosos además. […] esa estupidez llamada amor, que no creo que pueda dar lugar nunca a una verdadera relación humana sólida y duradera, pero que cuando aparece engaña a quien parece embargar y le hace sentir placeres de un imposible séptimo cielo, que aunque no exista, como no existen los seis anteriores, funciona de tal manera acreciendo nuestras fuerzas, nuestro ánimo y nuestra disposición, que al fin y al cabo bien venido sea.

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