divendres, 9 de maig de 2014

«Según se es, así se ama», Mar Abad

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«Sin amor, la humanidad no podría existir un día más»
(Erich Fromm)

Hubo un tiempo en que el amor era un peligro. Lo buscaban en el filo de un puñal y el tormento que era capaz de desatar. «Hay quien piensa que se ama más y mejor en la medida que se esté cerca del suicidio o del asesinato, de Werther o de Otelo, y se insinúa que toda otra forma de amor es ficticia y cerebral». Lo escribió José Ortega y Gasset (1883-1955) en un ensayo de 1925 titulado Para una psicología del hombre interesante.

Pero el filósofo reconoció al monstruo y lo disoció del amor. «Pegarse un tiro o matar no garantiza lo más nimio la calidad, ni siquiera la cantidad de un sentimiento. (…) Desmontemos del apasionamiento el aderezo romántico con que se le ha ornamentado. Dejemos de creer que el hombre está enamorado en la proporción que se haya vuelto estúpido o pronto a hacer disparates».

«El fenómeno amoroso», para Ortega y Gasset, nada tenía que ver con esa «falsa mitología que hace de él una fuerza elemental y primitiva que se engendra en los senos oscuros de la animalidad humana y se apodera brutalmente de la persona, sin dejar intervención apreciable a las porciones superiores y más delicadas del alma».

Tampoco se trataba de un «poder elemental». El amor, más bien, se parecía a un «género literario». Era «un talento específico» e incluso una «institución, invento y disciplina humanos, no un primo de la digestión o de la hiperclorhidria».

El amor estaba entonces irremediablemente unido al enamoramiento. En su ensayo Para una psicología del hombre interesante, Ortega decía que «enamorarse es un talento maravilloso que algunas criaturas poseen, como el don de hacer versos, como el espíritu de sacrifico, como la inspiración melódica, como la valentía personal, como el saber mandar». Un año después, en su artículo Amor en Stendhal, separó los dos conceptos y aclaró que «con el vocablo ‘amor’ se denominan innumerables fenómenos, tan diferentes entre sí que fuera prudente dudar si tienen algo de común. (…) Una sola y misma voz ampara y nombra la fauna emocional más variada». Bajó de categoría al enamoramiento y lo describió como un «estado de miseria mental en el que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza», «un estado inferior de espíritu» y «una especie de imbecilidad transitoria».
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José Ortega y Gasset. Wikimedia.org

Enamorarse era cercarse a uno mismo. La atención es, para el ensayista, «el aparato que regula nuestra vida mental». El enamorado, obnubilado, concentra toda su atención en una sola persona y esto lo encierra en un «recinto hermético, sin porosidad ninguna hacia el exterior». «El alma de un enamorado huele a cuarto cerrado de enfermo, a atmósfera confinada, nutrida por los pulmones mismos que van a respirarla», escribió.

Para Ortega y Gasset, el amor, en su sentido más amplio, era un talento y una institución. Pero, además, era una «actividad». «Amar algo no es simplemente estar, sino actuar hacia lo amado», redactó en Amor en Stendhal. «El amor es (…) un acto transitivo en que nos afanamos hacia lo que amamos. Quietos, a cien leguas del objeto, y aun sin que pensemos en él, si lo amamos, estaremos emanando hacia él una fluencia indefinible, de carácter afirmativo y cálido».

Es aquí donde el filósofo español se acercó más a la visión actual del amor. El amor entendido como una actitud más que un sentimiento y una forma de relacionarse con el mundo. Ese amor fue descrito magistralmente en 1959 por Erich Fromm (1900-1980). En su obra El arte de amar, el psicólogo social establece un nuevo orden de las cosas. El amor, a menudo, se había desplazado al objeto, a lo amado. No se atendía al foco donde se originaba ni era considerado una «facultad». Por eso, según el alemán, «la gente cree que amar es sencillo y lo difícil, encontrar un objeto apropiado para amar». La realidad era justo la contraria. Amar no es fácil. «El primer paso es tomar consciencia de que el amor es un arte, tal como es un arte vivir», escribió Fromm en esta obra. «Si deseamos aprender a amar, debemos proceder en la misma forma en que lo haríamos si quisiéramos aprender cualquier otro arte, música, pintura, carpintería o el arte de la medicina o la ingeniería».

El amor, a menudo, había estado sujeto a la literatura y, como decía Gasset, «las modas». («Hay modas en los sentimientos. ¡No faltaría más!»). El ensayista cuenta en Para la historia del amor (1926) que «el sentimiento amoroso tiene, como todo lo humano, su evolución y su historia, que se parecen sobremanera a la evolución y la historia de un arte. Se suceden en él los estilos. Cada época posee su estilo de amar».
En el siglo XIII fue el amor cortés. En el XIV, el gentil. En el XV, el platónico. En el XVIII, el galán. «El amor cortés, descubierto y cultivado en las famosas ‘cortes de amor’ desde el siglo XII, es una forma extrema de erotismo espiritualista», escribe Gasset. «El amor cortés vacila siempre entre un sentimiento real y una ficción simbólica. Los mismos trovadores lo dicen: se trata de un fingir o un mentir cortés, juego de corte. (…) Este amor no es compatible con ninguna realización sensual: vive en lejanía y soledad, como el ruiseñor».

El amor, en la obra de Fromm, se aleja de todas sus líricas y se convierte en «una actitud, no un afecto pasivo», en «un estar continuado, no un súbito arranque». Y «en el sentido más general, puede describirse el carácter más activo del amor afirmando que amar es fundamental dar, no recibir».

Esa generosidad intrínseca al amor no busca nada a cambio. «Dar es de por sí una dicha exquisita». «Algo nace en el acto de dar, y las dos personas involucradas se sienten agradecidas a la vida que nace para ambas». Esto significa, para Fromm, que «el amor es un poder que produce amor».
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Erich Fromm

Pero dar y amar no es fácil. Requiere un cierto desarrollo personal. «Presupone el logro de una orientación predominantemente productiva en la que la persona ha superado la dependencia, la omnipotencia narcisista, el deseo de explotar a los demás o de acumular, y ha adquirido fe en sus propios poderes humanos y coraje para confiar en su capacidad para alcanzar el logro de sus fines», escribe el filósofo alemán. «En la misma medida en que carece de tales cualidades, tiene miedo de darse y, por tanto, de amar».
Ya lo decía Gasset en sus estudios sobre el amor más de tres décadas antes: «Según se es, así se ama». «Podemos hallar en el amor el síntoma más decisivo de lo que una persona es», escribió en Para una psicología del hombre interesante.
Fromm insistía en que el amor no es únicamente un sentimiento hacia una persona. Es una actividad y una actitud. El amor es algo que se ejerce, algo que se trabaja, algo que se construye. Lo que ya decía la sabiduría popular («hechos son amores y no buenas razones») fue enunciado así por el psicoanalista: «El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos. Cuando falta tal preocupación activa no hay amor». Y esa «orientación del carácter determina el tipo de relación con el mundo como totalidad, no como un objeto amoroso».

El amor está a mil años luz de la obsesión y la posesión. Lo decía Gasset y lo repitió Fromm. «Respetar denota la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener conciencia de su individualidad. Respetar significa preocuparse por que la otra persona crezca y se desarrolle tal como es. De ese modo, el respeto implica la ausencia de explotación», escribió el alemán. «El amor es hijo de la libertad, nunca de la dominación».

El acto de amar es siempre expansivo, aunque los usos sociales lo presenten a menudo como pequeñas jaulas blindadas ante el resto del mundo. Ortega y Gasset decía que el enamorado se encerraba en un «recinto hermético» e ignoraba todo lo demás. Fromm aseguraba que «la exclusividad del amor erótico» se interpretaba «erróneamente como una relación posesiva» y que las parejas que no sienten amor por nadie más son, en realidad, egoístas à deux.

Ese encierro puede ser incluso de uno mismo. «Amar es aún más importante que ser amado. Al amar ha abandonado la prisión de la soledad y aislamiento que representaba el estado de narcisismo y autocentrismo. Siente una nueva sensación de unión, de compartir, de unidad. Más aún, siente la potencia de producir amor –antes que la dependencia de recibir siendo amado– para lo cual debe ser pequeño, indefenso, enfermo –o ‘bueno’–».

El amor infantil sigue el principio: ‘Amo porque me aman’ y el amor maduro se guía por ‘Me aman porque amo’, según Fromm. El inmaduro se basa en ‘Te amo porque te necesito’ y el maduro, en ‘Te necesito porque te amo’.

El amor comienza cuando un individuo presta atención a las personas que no necesita para conseguir sus fines personales: el mendigo, el huérfano, el pobre, el que requiere ayuda. Pero continúa en uno mismo. La idea de que si te amas a ti mismo no puedes amar a los demás es una falacia, según Fromm. Un dolo metido hasta el tuétano en los países católicos y que el nacionalcatolicismo franquista llevó a la educación infantil con esta frase: «El amor es el olvido de sí mismo».

Para el psicoanalista alemán, en cambio, «si es una virtud amar al prójimo como a uno mismo, debe serlo también —y no un vicio— que me ame a mí mismo, puesto que también yo soy un ser humano (…). La idea expresada en el bíblico ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’ implica el respeto, el amor y la comprensión del otro individuo. El amor a sí mismo está inseparablemente ligado al amor a cualquier otro ser».

Dice Fromm que «todo individuo capaz de amar a los demás se encontrará una actitud de amor a sí mismo». «Amar a alguien es la realización y concentración del poder de amar», continúa en su libro. «Mi propia persona debe ser un objeto de mi amor al igual que lo es otra persona. La afirmación de la vida, felicidad, crecimiento y libertad propios, está arraigada en la propia capacidad de amar (…). Si un individuo es capaz de amar productivamente, también se ama a sí mismo. Si solo ama a los demás, no puede amar en absoluto».

Amarse a uno mismo no solo no es egoísmo. Es su contrario, según el psicólogo social. «El egoísmo y el amor a sí mismo, lejos de ser idénticos, son realmente opuestos. El individuo egoísta (…) en realidad se odia. Se siente necesariamente infeliz y ansiosamente preocupado por arrancar a la vida las satisfacciones que él se impide obtener (…). Las personas egoístas son incapaces de amar a los demás, pero tampoco pueden amarse a sí mismas».

El amor también se ha confundido a menudo con un escenario donde todo es perfecto. Otra falacia más. «Así como la gente cree que el dolor y la tristeza deben evitarse en todas las circunstancias, supone también que el amor significa la ausencia de todo conflicto», escribió el psicólogo social. El amor, en cambio, es «un desafío constante. No es un lugar de reposo, sino un moverse, crecer y trabajar juntos».
Hoy el amor ya no es un peligro. Es, según Fromm, «la única respuesta satisfactoria al problema de la existencia humana».
«La vida consiste precisamente en anhelar más vida.
Vivir es más vivir, afán de aumentar los propios latidos»
(Nietzsche)

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