dimarts, 16 de desembre de 2014

No son “amigas”, señores, se comen el coño (heterosexualidad obligatoria y educación) ; The Violet Balloon

Encuentro de hombres fans de los Pequeños Ponies, denominados "Bronies" (Washington DC, 2012).
Encuentro de hombres fans de los Pequeños Ponies, denominados “Bronies” (Washington DC, 2012).

Salir del armario no es fácil. Educar a un niño o a una niña para que no tenga que salir de ninguno es todo un desafío.

Cuando yo tenía la edad que tiene ahora el buen hijo, estaba enamorada de mi mejor amiga: Mariona Matagalls. Lo recuerdo perfectamente: su suave pelo rubio y liso, sus graciosas coletas, la visión de sus braguitas azul marino en una ocasión en la que, mientras jugábamos, se le levantó la falda. Tenía cuatro años. En prueba de amor eterno le regalé mi Pequeño Pony. Años después me he enterado de que los coloridos Little Pony se han convertido en un símbolo de la diversidad sexual y los unicornios de la bisexualidad. La vida te gasta este tipo de bromas. Mi madre cuenta cada Navidad cómo por esa misma época me acerqué a ella un día con expresión grave y le hice la siguiente ceremoniosa confesión: "Mamá, soy lesbiana". Y que ella, con la misma seriedad, me respondió que me querría igual, independientemente de a quién amara, que lo importante es que fuera feliz. Lo cuenta riéndose muchísimo de esa dramática y relamida niña, dando a entender que era una estrategia para llamar la atención. Un juego. No sé de dónde saqué la palabra "lesbiana", en todo caso está muy bien disponer de las palabras para decir las cosas. Es por eso que no escatimo vocabulario con mi hijo; la sangre menstrual es sangre menstrual y el pene es el pene, luego él ya se encarga de inventar "sangre mágica", "chorrilla" y otros imaginativos epítetos. Y esto no porque quiera que sea un pedante o por mi formación filológica, sino porque tener la palabra justa para liberar una realidad vivida, para comunicarla, tiene propiedades salvíficas, ensancha el mundo que habitamos y es el rasgo primordial de la lengua materna: una lengua en la que las palabras coinciden con las cosas. Una lengua tan poderosa que es capaz de hacer que se disipen los fantasmas, como hiciera Virginia Woolf con To the Lighthouse [Al Faro], que logró hacer que se desvaneciera el espectro de su madre; el exorcismo del arte y a la vez el más grande monumento a la obra civilizadora materna.


La heteronormatividad obligatoria mata. No exagero. Quiero recordarlo porque a menudo observo que no lo tenemos suficientemente presente cuando nos relacionamos con los niños y las niñas. Como si las banderas con el arcoiris, el glamour drag y el confeti del Gay Pride fueran una especie de excrecencia frívola, un producto de una serie de graciosos freaks, el bufón marica del rey, y no una articulación política muy seria. He visto cómo un amigo hetero -pero hetero recalcitrante, de esos sin una sola brecha- le recriminaba a una amiga lesbiana su supuesta cobardía por no salir del armario en su trabajo, sabiendo que su mejor amigo en el instituto se había suicidado por el rechazo de la familia. Podría dar ejemplos como este a puñados, pero no hace falta, todas los conocemos. Observo con horror que de las mujeres que están juntas en una relación de pareja con frecuencia se sigue diciendo que son "amigas". No son "amigas", señores, se comen el coño, como leía el otro día en la foto de una pancarta de la mani del Orgullo en Madrid.

Por eso cuando a mi hijo alguien le pregunta maliciosamente por si le gusta alguna niña de su clase o si tiene "novia", se me hiela la sangre. Por eso cuando mi hijo juega con sus amigas y alguien hace algún comentario sexualizando su relación, haciéndola encajar en un modelo romántico y heteronormativo, me dan ganas de zarandear a la persona y gritarle: "¿Es que eres idiota?". Punto uno: no des por sentado que mi hijo es heterosexual. Punto dos: tampoco des por sentado que mi hijo es gay. Punto tres: métete en tus asuntos y mantén tu basura heteronormativa lejos de mi familia. No des por sentado que haber construido mi nido de amor con un hombre heterosexual signifique que haya superado mi "fase bollera" o que el padre del buen hijo sea un hombre a lo John Wayne, porque a lo mejor es más maricona de lo que crees. De hecho, William Wyler se quejaba de que el tieso vaquero "anda como un maricón" y Miller decía de él que no solo caminaba como tal, sino que lo era. Sea como sea y hablando en plata: heterosexual no significa heteronormativo (¡Thanks God!), aunque haya que trabajar duro para que no sea así. En este extraño nidito las plumas y las cicatrices son bienvenidas. No des por sentado que porque a mi hijo le chifle el color rosa eso vaya a determinar su orientación sexual. ¿Entiendes?

Después del primer amor -no correspondido- con Mariona, la niña rubia de las coletas, hubo otros, hombres y mujeres. Y, con ello, una larga deconstrucción de mi armario. He sacado cada uno de los clavos que sujetaban la estructura con mucha dificultad, a veces dejándome la piel, con los dedos magullados. También con inmenso placer, libertad y gozo. Las mismas sensaciones que vibran en el aire cuando constato que el padre postpatriarcal tiene una relación profundamente epidérmica con el buen hijo. Cuando operaron a mi hijo de una criptorquidia, en la sala de reanimación, llamaba a su padre, no a mí. El enfermero comentó lo inusual del caso, se supone que llaman a su mamá. Cómo explicarle que el hombre que no se desparrama sensualmente, el que se contiene, el de la piel dura, está íntimamente vinculado con la masculinidad tradicional. El hombre que no sabe tocar a otros hombres, que no se permite gozar de esa caricia -aunque se identifique como hetero-, que se pone rígido cuando el otro le propone un abrazo que tal vez dure más de lo común, es que se ha tragado la semilla de la homofobia. Por eso considero que la ternura entre mi pareja -este hombre heterosexual- y mi hijo es política. Cada beso, cada abrazo, cada “Te quiero” entre un padre o cualquier figura masculina que forme parte de la cotidianeidad del niño hacen que el armario, esa incómoda pieza del ajuar que la sociedad y nosotros mismos, casi por defecto, dejamos a nuestras criaturas, sea más fácil de desmontar, más enclenque. Esa ternura masculina además cumple otra función: pone en evidencia la esterilidad simbólica del macho. El macho hetero, el prota de las películas del porno mainstream, el patriarca y el minimachirulo que se niega a jugar a cambiar pañales porque le parece deshonroso, digámoslo abiertamente: es un gran reprimido, sufre de frigidez simbólica. No goza, finge gozar. No se desparrama, se mutila para no sentir. ¡Que alguien le parta el armario con un hacha! Ojalá a mi hijo le baste con soplar para romper el suyo, si algún día lo necesita. En esta casa no vamos a esperar a descubrir los cortes en sus dedos, vamos a soplar ya desde ahora, como el ambicioso lobo del cuento de "Los tres cerditos" (en este caso los cerditos se llaman Patriarcado, Heteronormatividad y Violencia patriarcal) por él y por todos los niños y niñas, que el día de mañana van a hacer de este mundo un lugar mucho más hermoso.

(Entrando en fase premenstrual…).

Para saber más:
-DIOS, OLGA de, Monstruo Rosa, Zaragoza, Apila Ediciones, 2013
-MURARO, Luisa, El orden simbólico de la Madre, Madrid, Horas y HORAS, 1994.
-SAU, Victoria, Paternidades, Barcelona, Icaria Editorial, 2010
-Tomboy, de Céline Sciamma (Francia, 2011)
-WARD, Jane: "Queer Parenting for heteros and anyone else" en http://feministpigs.blogspot.com.es/2011/10/queer-parenting-for-heteros-anyone-else.html (cons. 7 de Marzo 2013).


en totamor gracias a the violet balloon

2 comentaris:

  1. los corchetes vacios son adrede? o puede ser que blogspot esté interpretando esos como algún comando interno?

    lo digo porqué esto es lo que se lee ahora: le hice la siguiente ceremoniosa confesión: <>.

    y tiene toda la pinta de estar mal.

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