divendres, 22 de gener de 2016

La poliamorosa realidad, María Unanue

Recuerdo que un día mi padre me llamó “golfa”. Yo debía tener dieciséis años y me dio durante una racha por tontear con obreros. Ahora, fíjate tú, me leo un libro y resulta que ya no soy una guarra, sino que soy poliamorosa. Ética sí, pero insana.
Ilustración de Núria Frago
Ilustración de Núria Frago

Hoy quiero verborrear sobre poliamor. Y empezaré citando a Alicia Murillo con su “Yo siempre he sido una tía muy moderna, ¡uh! ¡¡Qué moderna!!”. Poniendo esa voz de señora que se toma un martini y acaba piripi. ¿Sabéis cuál? Pues esa. Como soy bollera conversa y conversadora, tengo el pelo largo, poco sexo, muy genitalizado, denominado vainilla por Miss Camisetas Rotas Mojadas que me miran por encima del hombro, y básicamente quitando que soy gorda, mi estética es más o menos “normal”, quizás puedo parecer una aburrida de mierda total. Me hago cargo. De hecho estáis en lo cierto. Pero en estas líneas quiero dejar constancia escrita de que, por muy antigua que parezca yo, lo del poliamor lo practicaba desde que tengo uso de razón. Siempre tuve mi novio de la ikastola, mi novio de veraneo, mi novio de solfeo, mi novio del portal…en fin. Ya tú sabes. Que me pasaba por la piedra infantil-adolescente imaginaria a todo kiski si me hacía un mínimo de caso y me atraía por algún motivo. ¡¡Quienfuera!!
Porque, como ya he recordado en contadas ocasiones, y como dice la personaje bohemia de la famosérrima serie Girls, “los primeros siete segundos me siento absolutamente atraída por toda la gente nueva que conozco”. A ver, yo no diría tanto. Porque no sé si me siento atraída “en realidad”. What does that even mean?! Lo que sí sé es que, sin motivo aparente, quiero gustar a todo bicho viviente durante esos primeros siete segundos que duran las primeras impresiones. Y hago triquiñuelas sonrientes mientras pongo ojitos, además de otras paranoias raras que no sabría concretar en este instante. Añado que hasta el día de hoy nunca hubiera admitido tal gilipollez. Porque a ver, luego ya, que no cunda el pánico, me relajo y me rasco la entrepierna o me huelo el sobaco como hacéis el resto de lxs mortales. Pero paso de negar la readidad durante más tiempo. Ligo con piedras. ¿Cómo te quedas? ¿A alguna más le pasa? Venga Zorrón, que sabes que a ti te pasa lo mismo…¿¡a que sí!? Pues nada. Que por algún motivo que no sabes cuál es, eres la fresca de tus amigas y al principio te gusta todo el mundo (¡¡hasta lxs prohibidísimxs y privadísimxs novixs de tus amigxs!!), luego te morreas con todo el mundo (algunas veces hasta lxs prohibidísimxs y privadísimxs novixs de tus amigas también!!) y last and least, como no puede ser de otra manera, tienes encuentros eróticos con todo el mundo que se cruza en tu camino y te mira de reojo (efectivamente, también en alguna contada ocasión con esas personas que queda mal admitir). Quiero insistir en que antes “ponía los cuernos”, “era infiel” o “no sabía lo que quería”. Al menos eso es lo que escuchaba desde fuera. Recuerdo que mi padre un día me llamó “golfa”. Yo debía tener dieciséis años y me dio una racha por tontear con obreros. En fin. No digo que no lo fuera, pero si yo le hubiera llamado “so payaso” podríamos habernos recorrido la discografía de Extremoduro de manera bastante elegante. A lo que iba. Ahora, fíjate tú por dónde: que me leo un libro y resulta que ya no soy una guarra, sino que soy poliamorosa. Porque además, con esta sinceridad que diosa me ha dado, tengo bastante ética y recursos verbales suficientes para que, explicándome, no se me odie mucho. Poliamorosa ética. ¡¡Toma!! Adjetivos que me meto en el…saco. Pero no vayáis a pensaros nada chachi, que soy tan cutre que no soy poliamorosa sana. ¡Sólo faltaba! Soy poliamorosa ética enferma. O insana. O algo. Resulta que a mí me fascina flirtear con seres vivos e inertes, pero lo que no me gusta tanto es enterarme de que mi pareja (inexistente right now, así que abrimos la veda y estoy en el mercado de nuevo:¡¡ueeeeee!!) lo hace. No me entendáis mal, no soy “de esas” que hacen y no dejan hacer. Que cada cual se relacione con lxs otrxs terrícolas como le plazca… pero Diosita que yo no me entere. No voy a llegar a las manos. ¡Nunca! Pero mi puñetero cerebro traicionero y retorcido empieza a imaginarse posturas del Kamasutra en las que yo no salgo, conversaciones cursis de película de Antena 3 susurrantes. ¡¡Soy muy insegura!! ¡¡Y yo no quiero que por querer a otra se me deje de querer a mí!! Como dice Alma en la película Inconscientes: “A mí no se me deja por un motivo tan prosaico”. Algo así creo que decía. Joder, y es que una vez más, supongo que echaré la culpa a que de pequeña pasaban de mi culo para explicar que ante tales situaciones me entran sudores varios, angustias y unas inseguridades tremebundas de agárrate y no te menées. A mis treinta y un años paso en sanchesqui de estar toda la tarde margarita de plástico en mano “me quiere, no me quiere, me quiere no me quiere”. No es plan. Que una no va vinculando por la vida con gente de la que se enamora sin conocerla ni haberla visto nunca aunque haya señales que te digan que corras lejos sin mirar atrás, para llevarse malos ratos y preguntarse sin hallar respuesta qué ha hecho mal. Y es que yo quiero una pareja que piense que soy supermaja, superguapa, supergraciosa, superlista, divertida, interesante, que haga siempre todo lo que yo quiero y que nunca se canse de estar conmigo. Vamos, lo normal. Lo que todo el mundo cuenta en su primera cita para que nadie se asuste. ¿Verdad? Pero seamos francas: si todos esos requisitos se cumplen, a mí me importa tres rábanos fritos que mi significant other copule con quien le venga en gana. Lo que pasa que es muy complicado saber “gestionar” esas situaciones. Y escribo el verbo “gestionar” entrecomillado mientras me remango con cara de pocxs amigxs, porque hace dos años decir “gestionar” me parecía la monda lironda, pero hoy me cansa soberanamente y me produce gases. Como alguien en una conversación me diga la palabrita de marras, acompañada del abstracto término asertividad y algún otro postureo que yo considere (in)oportuno, voy a sacarme los ajos del bolsillo y la cruz cristina apostólica y romanda para, chillando la canción ‘Loca’ de Malena Gracia de hace mil veranos, llevar a cabo un exorcismo en riguroso directo. Gente que utilizáis “gestionar” como muletilla, tengo un mensaje para vosotrxs: tenéis que parar. Sí, parecéis gente lista cuando lo decís, pero cansa que te cagas. Yo no sé gestionar más gestionares. En euskera se dice “kudeatu” y también me pone nerviosita. Entiendo lo novedoso del concepto, pero por favor… tuvimos suficiente con la palabra empatía, luego vino asertividad… creo que ya el temita aburre a un muerto. ¿Dónde me he quedado? ¡Ah sí! Que “me sube la bilirrubina, cuando te miro y no me miras”, que decía aquel. Básicamente y sin darle muchos rodeos, es eso. ¿Alguien más se ha leído ‘Ética promiscua’ y le ha parecido que podía haberlo escrito hace quince años mientras echaba kinitos con sus amigas? Hay capítulos curiositos, que según a qué edad los leas y cuanta mierda te hayas tragado, podrían servirte para algo, pero lo cierto es que aunque tenga tanto renombre y suene tan especial, el libro en sí es una lectura repetitiva de la misma idea seiscientas veces seguidas una detrás de otra. Es mejor que estos arti-culos que tenéis entre manos, obviamente, (la duda ofende) pero no entiendo el por qué de tanto bombo repentino. No sé. A mí últimamente después de haber pasado de fiesta una noche en la que no bebí ni un mililitro de alcohol, me da por pensar que estamos todxs cortadxs por el mismo patrón. Si lo que siento en mis entrañas amorosas es lo anteriormente descrito, y a pesar de ser raruna suelo saber captar al resto de la gente con bastante exactitud… me temo que somos todxs igual de patéticxs y buscamos algo parecido. Utilizo el verbo “buscamos” de manera totalmente libre. Porque la búsqueda no es necesariamente activa. Y bueno, que el verbo en sí tiene connotaciones que no me apetecen. Pero a lo que iba. Este descubrimiento lo he hecho después de comprobar que, en sociedad y tomando unas copas de más, la mayoría de la gente somos la misma mierda. El objetivo vital de todo ser bailongo parece ser aparentar ser guay sin que se note demasiado y resulte descarado. A algunas personas se les nota más. A otras personas se les nota menos. Las segundas, lógicamente son las que acaparan más miradas y terminan pillando esa noche. Pero la clave reside en aceptar a la pardilla que llevas dentro, y buscar la que lleva la persona de tu lado. ¡Queremos amor incondicional disimulado! ¡Queremos alimentar nuestro ego a cucharadas de “molas cantidubi” y “eres la mejor”! De ahí que cuando tenemos eso atado, los escarceos amoroso-sexuales se vean como algo aceptable. Ahora bien, a tus treinta años, tu decimonovena pareja no te va a crear un apego seguro que te tranquilice los instintos suicidas cada vez que crees que dejan de quererte porque apestas. Así que o tu núcleo familiar hizo bien las cosas desde el minuto cero y te hizo sentirte fabulosa y especial estando en tus propias carnes, o la hemos cagado y no habrá hija de madre que te salve si no te gastas una pasta en terapia que puede, o no puede, funcionarte. Sentirte una mierda y querer que te quieran sin peros es ridículo y a la gente le cuesta admitirlo. Pero yo el otro día tuve una visión y quería contarla aquí. Lo dicho: aquí pringadxs somos todxs, o ningunx. Una cosa más añado: si tú que lees estas líneas estás libre de pecado, ¡hazme el favor! y deja el primer comentario. Cuéntame la pócima que te tomas por la noche para el lavado de cerebro. Si te funciona, (¡¡pero sólo si te funciona de verdad, no me times!!) te copio. Comparte tu secreto. ¡¡Te necesitamos!! ¡Viva la poliamorosa realidad! Por muy poco correcta y feminista que sea.
Ilustración de Núria Frago
Ilustración de Núria Frago
republicado desde pikara magazine

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