dijous, 14 de gener de 2016

El reino de las mujeres. El último matriarcado; Ricardo Coler (Fragmento)

En China existe una sociedad matriarcal, los Mosuo, una comunidad de veinticinco mil habitantes, donde las mujeres están al mando.

(...)

Le pregunto a Rugeshi Ana (fue la elegida para estudiar en Beijing) si en algo se siente diferente de sus compañeras de universidad.

     - Sí, claro. Todas quieren casarse.

Rugeshi Ana no puede entender que quieran ser a la vez independientes y esposas. La horroriza verlas pelearse por un hombre.

Ella sí que es independiente. Cuenta para ello con el respaldo de su familia. Considera que hombres y mujeres pueden cambiar de pareja cuantas veces quieran y en el momento que sea. Celos y chismes son los temas que entretienen a sus amigas pero a ella, más que conseguir una pareja, lo que le importa es encontrar el amor.

     -Amor y pareja son situaciones incompatibles. Para mí, el amor es el único lazo que puede unirme a un hombre. Mi cultura lo permite, sin verme obligada a tener en cuenta otras cosas. No entiendo cómo mis amigas sacrifican eso pensando como piensan. Se casan para tener una familia. Yo creo, por el contrario, que la mejor manera de tener una familia es, justamente, no casarse. 

La familia matriarcal es incompatible con el matrimonio, todos sus integrantes son consanguíneos. Y la sexualidad, esa actividad que puede ser maravillosa pero que también es algo complejo, nunca bien resuelto ni totalmente satisfecho, que es al mismo tiempo fuente de placer y de un alto grado de inestabilidad, nunca funda un hogar. Para practicarla deben ir fuera de sus límites. Esto les da la libertad de enamorarse sin correr el peligro de que, si les va mal, pierdan amor y familia al mismo tiempo. 


Como lo único que puede unirlas a un hombre es el amor, y como la estructura social las contiene, el vínculo con el otro es muy específico. Por eso cuando el amor se acaba ya no hay razón para permanecer juntos. Es todo lo contrario a la obligación, a reglamentar el afecto, una trampa necesaria que en lugar de preservar, ahorca. Ni siquiera el miedo a quedarse solo es, en Loshui, un tema a tener en cuenta.

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     -¿No hay hombres que se vayan con otra?

Tsunami Ana se queda callada un enstante, toma aire y responde, condescendiente.

     - Es difícil que una mujer Mosuo sienta que el mundo se termina si su enamorado la deja. No le es indiferente, pero tampoco es lo único en su vida. El enamorado es alguien a quien no le dedicaron la razón de su existencia.

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Me pregunto: ¿son tantas las diferencias?
Si los términos del matriarcado implican la actitud de mando, la falta de matrimonio, la ausencia de padre, el manejo del dinero por una mujer propietaria cuyos hijos llevan su apellido y que además elige con quién pasar la noche, ¿para qué tuve que viajar tanto si en mi barrio hay mujeres así? ¿Acaso no existen entre nosotros mujeres a las que no les hace falta un marido para mantenerse, quedar embarazadas o tener vida social? ¿Y las familias consanguíneas? ¿Cuántos hogares de nuestras ciudades están formados por la madre con sus hijos e incluso con una abuela, donde los que se reúnen a diario para la cena son los que tienen entre sí un lazo de sangre de primer grado? ¿Cuál es la diferencia?

Creo que hay una. La mujer Mosuo vive en las condiciones que vive y siente que ése es su sitio. Ella no anhela conocer al hombre de suvida, con el que podrá sentirse completa y alcanzar un estado de felicidad que, supuestamente, sólo él puede llegar a darle. Ni ella ni su comunidad validan a la pareja como un ideal. Las situaciones similares que han florecido en Occidente se colocan más del lado de la resignación que del convencimiento y, por lo general, tuvieron en el pasado alguna situación traumática que no pudieron remontar.

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La idea de hombre o mujer ideal, la fantasía de que en el otro sexo hay alguien que es nuestra mitad equivalente y que basta un poco de buena voluntad para encontrarla, es sólo una característica de nuestra cultura y materia prima inigualable para la fábrica de insatisfacción. El cine nos acostumbró al final feliz. A que el amor todo lo arregla. 

Cuando una Mosuo revela el contenido de sus conversaciones con los hombres da a entender que no espera para nada un diálogo como el que puede mantener con sus amigas. Se abstienen de intentar ser comprendidas, algo que muchas mujeres de Occidente demandan a sus parejas, considerando su caso como particular, y sin tomar en cuenta que forman parte de un reclamo milenario y milenariamente insatisfecho. Las Mosuo profesan una sabiduría de lo que no hay, de lo que no puede encontrarse. Una sabiduría que las preserva de ilusiones que, al incumplirse, terminan por decepcionarlas y las convierten en pasajeras crónicas del tren de la queja. Es como si no esperaran hallar, en un hombre, otra cosa que lo que encuentran.

Pero que eviten el cauce de un río caudaloso no las priva de la oportunidad de refrescarse en el agua que corre.

Tener menos expectativas depositadas en sus parejas no las conduce a pensar que todos los hombres sean iguales. Por ejemplo, Non Chi considera que hay diferentes formas de ser escuchada. Ella se da cuenta cuando su interlocutor está aguardando, impaciente, a que termine. Cuando la escucha pensando en otra cosa, y cuando demuestra un interés que es auténtico y hasta puede conmoverse con su relato. Eso es lo que quiere para esta noche y sabe a quién de la aldea acercarse, a cuál de los hombres debe tomar de la mano y pasarle una señal cuando estén danzando. 

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 Los Mosuo se manejan con otras reglas. Como no tienen propiedades en común con la pareja, como los nacidos de esas uniones pertenecen a la casa de la mujer, como el hombre sólo se ocupa de los hijos de su hermana, no hay entre ellos otra ligazón que el afecto y las ganas de estar juntos. Con este tipo de marco, cuando el deseo de estar con el otro se pierde, nada los sostiene.

La falta de intención de formar una familia con un extraño, o de conseguir novio o novia con la ilusión de superar la soledad, hace que una discusión ponga en peligro toda la relación. El hombre se abstiene de volver y la mujer de abrirle la puerta. A la noche siguiente, él tratará de descolgarse por otra ventana y es posible que ella reciba otra visita en su cuarto. Sin reclamos, sin peleas. No rompen con nada que los haya hecho pensar en un futuro, palabra que, emparentada con el amor, tiene, entre ellos, corto alcance.

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Existe el matrimonio andante abierto, donde la mayoría de ellos cuenta que la relación es exclusiva, que el amor pide amor y no da lugar a terceros. Cuando se deciden por una pareja única, detienen el intercambio y la vida sexual se desarrolla solamente entre ellos. La infidelidad descubierta es causa irremediable de ruptura.

Por otra parte, hay quienes dicen que la relación abierta sólo otorga una prerrogativa, una preferencia sobre la sexualidad del otro, y que todos saben que, a pesar de encontrarse en una relación formal, ambos integrantes mantienen axias por su cuenta. Eso sí, cuando llega el oficial, la mujer saca de su cuarto al furtivo para hacer valer el privilegio, y todos contentos. 

Sin que el otro se entere, con el mismo sigilo de antes, cambian esconderse de la familia por esconderse del elegido. Al ocultamiento no lo relacionan con el engaño, sino con evitar una situación desagradable. Lo cuentan como diferente al adulterio, ya que todos están habituados y saben lo que ocurre.

Aunque nunca conviven, con la edad, los axias son más duraderos y menos variados. Los jóvenes cambian de enamorado con asiduidad pero después de los cuarenta se vuelven más estables. Como si la pareja fuera cosa de gente grande. A los que mantienen relaciones con una mujer de un matrimonio andante abierto los llaman "ladrones de sexo". Sin embargo, no tiene un sentido delictivo. La visita y el intercambio son las formas con las que han crecido.

En estos amoríos, prima más la tolerancia que los celos. Cuando uno de sus integrantes se excede con el sentido de propiedad sobre su amada o su amado, es burlado por sus compañeros como alguien necio, egoísta y posesivo. Ser sorprendidos de cuerpo presente resulta molesto, pero si el varón se muestra demasiado enojado es probable que ésa sea la causa para que la mujer termine con él. Esto último no es usual. En general son poco agresivos y se avergüenzan de la violencia en cualquiera de sus formas.

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Con cuidado, retomo el manejo del diálogo con Yasi Tu Ma e intento averiguar si pretende estar siempre con el mismo hombre.

     - Lo que pretendo es estar enamorada, y si para ello debo cambiar, entonces cambio.

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