divendres, 21 d’agost de 2009


El capullo quitó la luz del gusano y todo se volvió negro oscuro. La nada, el vacío, a oscuras, a tientas, mojado en lágrimas y bajo el ahogo asfixiante.
Pasaron horas, días, meses y el gusano seguía sin poder moverse, abandonado al paso del tiempo, alimentado por la esperanza de que mañana fuera un nuevo día. Pero nada ocurría, seguía inmóvil, exhausto por la impaciencia. Negro, nada.
No comprendía lo absurdo de esa lucha sin manos, sin pies, sin luz, sin aire, sin nada y en la nada pero aún así, seguía intentándolo.
El cuerpo le dolía, algo nuevo sucedía, un miedo atroz le recorría la espalda, le punzaba el corazón, unos bultos protuberantes no le dejaban recostarse, todo mutada rápidamente ¿quién era ahora?
No reconocía su cuerpo y el capullo empezaba a quebrarse, no, no quería que se rompiera era su prisión y a la vez su cobijo, ¿qué haría ahora con este cuerpo extraño? Tanto tiempo anhelando su liberación y el pequeño ahora extraño gusano sentía más miedo que nunca.
El capullo se rompió, ya no había cobijo, ya no había prisión, la luz cegó sus nuevos ojos y sus bultos explosionaron hasta dejar salir sus alas, fue doloroso, desconcertante. ¿Qué tengo que hacer?
Decidió ir a buscar a los demás gusanos pero ya no podía arrastrarse, imagina ¿un gusano que no se arrastra? Qué vergüenza, que iba a hacer, quien era… se quedó inmóvil de nuevo, días, semanas, meses… ya no podía soportarlo, tenía que moverse de alguna manera o dejarse caer al vacío. Sin querer resbaló desde lo más alto del árbol y como si lo hubiera hecho siempre sus alas se hicieron más grandes con el viento, se dejó llevar. Ya no era miedo pero la sensación de felicidad y coraje era tan intensa que se le podía parecer, solo había sentido tanto cuando lo secuestraba el miedo, pero no era miedo era libertad, era ser, por fin era.
Voló en busca de sus amigos gusanos, a contarles su alegría, a compartir su felicidad, quería gritar, ¡al fin sabía quién era! pero al verlo se asustaron, era hembra, era grande, tenía alas, ya no era uno de ellos… y no tardaron mucho en hacérselo saber. Le cerraron el paso y nuestro gusano mariposa volvió a sentir ese miedo olvidado, quiso cortarse las alas y volver a arrastrarse pero ya no había vuelta atrás.
Empañado en la tristeza se quedó de nuevo inmóvil oyendo el eco de rechazo, días, semanas, meses… y al fin, ya no podía soportarlo, sabía que tenía que volver a ser. Se dejó llevar dulcemente por el viento y después de un largo vuelo solitario, sintió de nuevo esa alegría de ser y quiso volver a compartirla con quien quisiera realmente verlo.
Y se dejó llevar, tranquilo, fijándose por donde volaba, abriendo bien sus nuevos ojos y mostrando sus alas… estaba seguro que al fin encontraría con quien o quienes compartir desde la alegría.

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