diumenge, 28 d’abril de 2013

Y cuando dices ‘yo soy puta’ , Cristal Dagover

Cristal Dagover alerta del riesgo de que el discurso pro-sexo banalice y obvie la compleja realidad que viven las trabajadoras sexuales

Señora Milton
Señora Milton
Y cuando dices ‘yo soy puta’ que se note que lo vocalizas con extrema claridad, con seguridad en tu entonación, remarcando cada sílaba como representando a las mujeres que se engloban a sí mismas en ese calificativo como sinónimo de promiscuas y no como mujeres a quienes les cuesta sacarse su dinero para pagarse sus estudios, sus alquileres, sus hipotecas, los gastos que generan sus familias, o su propia manutención diaria.

Como mujeres, mujeres que no somos, mujeres que no soy. Mujeres que os llamáis a vosotras mismas putas, y no me representáis. Mujeres incapaces de trabajar 8 horas seguidas como prostitutas por un largo periodo de vuestras vidas, porque el ‘putas’ se os quedó en el cartel de la última manifestación en la que teníais que hablar de nuestros derechos, sin contar conmigo. Mujeres que enseñáis vuestro coño por motivos de rebelión, y no porque os veis forzadas a hacerlo porque vuestras metas cuestan dinero, porque rendirse no es una opción. Porque, como decía una compañera de trabajo, ‘a woman never should lose her body: the body is the only thing that can save her from misery’.

Mujeres que ponéis a las putas como heroínas, como si el hecho de sobrevivir fuera memorable (en ocasiones la supervivencia es sólo la consecuencia del miedo a qué puede suceder si te rindes, a qué pierdes si te dejas vencer por aquello que pone en jaque tus objetivos); como si fuera una superwoman por autosuperarme integrando/aceptando algo tan básico como que con los músculos de mi vagina, con la labia de la que me sirvo y con la educación de feminidad patriarcal que he aprendido de la escuela y de las prácticas de dominación en mi ‘casa’, efectivamente, tengo absoluto derecho a trabajar como con mis manos en cualquier otro empleo.

Mujeres que sólo habláis de la institución de la prostitución y no del día a día de quienes no tenemos tiempo para vomitaros nuestra verborrea particular -cada cual, la suya; cada una, su experiencia; cada una, sus reivindicaciones en relación a las mejoras que se podrían obtener en su lugar de trabajo- por tener una vida que estar construyendo con horas de esfuerzo a través de su orgasmo, o, simplemente, su eyaculación. Una vida cuyo tiempo es obviamente limitado. Una existencia en la que tenemos que encargarnos del cuidado a nuestros seres queridos, o a la dedicación a nuestros respectivos estudios, o simplemente queremos disfrutar, tras mucho esfuerzo, de nuestras pequeñas actividades. Instantes que creemos que merecemos gozar por haber trabajado tanto, y tan duro, con el sudor de nuestra frente, de nuestra lengua, de nuestra permanente sonrisa con la que recibimos a cada hombre que cruza el lupanar y con el que negociamos la vivencia juntos a lo largo de la noche. Alcohol, a veces sexo, según en qué lugares cocaína.

Cocaína. De la que nunca habláis cuando mencionáis la industria del sexo. Cuánto dinero he perdido por no invitar a cocaína, o por no meterme o fingir meterme con mis clientes.

(Y hago aquí un parón para recordar que es, sí, al heteropatriarcado al que literalmente nos tenemos que follar: del que tenemos que aguantar comparativas con nuestras compañeras, descripciones detalladas de nuestro físico, nuestras cualidades; ante el que tenemos que parecer idiotas, y complacientes, y escuchar atentamente, y abrazar para compensar sus carencias afectivas. Hagan esto con cada cliente que atraviesa la puerta del burdel con todo un discurso feminista detrás y, más aún, como es en mi caso, sin entender qué parte del pene se supone que me tiene que excitar, noche tras noche).

Mujeres que sois incapaces de sentir las jornadas de trabajo en vuestros gemelos, de pie en la barra de un bar. Mujeres que no hacéis un paseíto en un chalet de lujo que pone en jaque vuestro discurso interno de autodesprecio introyectado en vuestro autoestima. Mujeres que no empleáis lubricante para que no os duela la entrada en vuestras vaginas (y no creo que haga falta ser lesbiana, como es en mi caso, para esto).

Mujeres que, simplemente, os burláis de mi trabajo con vuestro mantra discursivo de la prostitución como performance social, y que me insultáis sólo pensando en la libertad que os otorga tener una posición privilegiada en las redes sociales, en las que sois reinas-putas de vuestro corrillo de seguidorxs: mujeres que lo único que tenéis de putas es que cambiáis la imagen de vuestro sexo por un grupo de seguidores hambrientos de necedades en twitter. Y, sin embargo, a la hora de negociar, no tenéis ni idea de lo que suponen los 20 cm de tacones, el maquillaje de marca y la ropa que determinará un precio a tus servicios. El frío del aire acondicionado en invierno, las compañeras que te traicionan dentro del reservado y se llevan ellas las ganancias de las dos, o los borrachos que te tiran por las escaleras cuando estás de camino a realizar tu servicio. Las broncas de los encargados entre pase y pase, y por las que no puedes echarte a llorar porque no tienes tiempo, porque tienes que negociar. Por presión de las demás personas que están en la empresa para la que trabajas.

O, sí, la competencia con quienes, finalmente, serán escogidas por invitar a cocaína. Trabajar para ganar dinero; ganar dinero, sin tener que trabajar.

Mujeres que habláis alegre y airadamente de mujeres que pagan por sexo con mujeres, cuando muchas de las realidades se centran en parejas que suelen venir porque: a) el señor tiene una fantasía de trío o lésbico (he tenido hasta a un chico que me puso el dinero en la mano y le bajó las bragas y las medias a su novia para que la violara) b) la chica sabe que él no dejará de ejercer el papel de macho español consumidor de sexo de pago, y le acompaña para no dejarle sólo.

(Sí, también sigue ocurriendo aquello de los padres que les pagan sexo con prostitutas a sus hijos).
Mujeres que no entendéis lo feroces que pueden llegar a ser las relaciones con las otras mujeres por carencia de entendimiento intercultural, por aborrecimiento existencial en cada noche junto a ellas, por la total escasez de substancia de conversaciones que se limitan a lo que ocurre en el whastapp, o a cuándo encontraré un marido para asentarme cuando tan siquiera me gustan los hombres, o cuál ha sido la última prenda de ropa que me he comprado y cuánto me ha costado.

Mujeres que no entendéis lo que es enamorarse de una compañera de trabajo y no veis cómo el dueño del local la tiene enganchada con cocaína y se la folla bajo los efectos de una necesidad de cariño táctil que por otro lado no recibe. Mujeres que no caéis en el mito romántico de ‘encantamiento’ por salvación de la persona a la que se quiere.

Mujeres que no sabéis lo que es el acoso en clubes por parte de encargados o porteros hasta las cejas de farlopa.

Mujeres que no entendéis que en la industria del sexo, que es el que crea en parte la base de ficciones performativas, el boceto de la técnica de las relaciones genitales -y entendidas/extendidas éstas como sexuales; la respuesta a los silencios educacionales-, pocas ‘cosas’ tienen que ver con el sexo, y mucho tiene que ver con las relaciones de afecto y de poder, y lo interiorizado de unas u  otras a lo largo de la vida. El concepto de unx mismx en términos de autoestima, y el de los demás en términos de confianza.

Mujeres que no conocéis el intríngulis de la negociación, la autoventa del tiempo y los servicios, la higiene, los límites de las acciones y los tributos de las diferentes prácticas.

Putas que no conocéis la fortaleza interior y el desarrollo personal que se da a lugar tras muchos cuestionamientos en relación a lo que una es, lo que una desea, lo que una está dispuesta hacer, más allá de lo que sabéis de oídas o habéis leído en algún ensayo o en alguna conversación sobre putas. Putas que no entendéis la ruptura con el resto de la sociedad por encontrarse en esta posición. Putas que no entendéis que esto puede que sea así, y para tantas simplemente sea una extensión de su rol de género aprendido a lo largo de su vida.

Putas que no conocéis la diferencia entre el valor de las personas y el coste del tiempo.
Putas que no entendéis que entre nosotras tan siquiera tiene que haber clase alguna de afinidad personal.

Putas que sólo pensáis en nuestra mejora a nivel laboral, y no en el apoyo moral, emocional y psicológico que necesitamos: no las conversaciones chabacanas entre simples columnistas de pub que algo saben o deducen.

El caso es recibir latigazos de todos lados, fustigaciones de prejuicios negativos y positivos, de ignorancia y de conocimiento parcial y conveniente, y que hablen por ti pocas personas que en verdad no conocen las diferentes caras del prisma de la prostitución, los sentimientos que afloran, las orientaciones que fluyen, las comprensiones hacia el otro que se descubren con cada mirada, la imposibilidad de una etiquetación dicotómica buen/mal (hombre) que surge. El victimismo que brota de unos y otros bajo la palabra puta. Putas a las que todxs los quieren salvar. Putas que no negocian por nosotras. Putas que no abrís las piernas, la boca o el ano por nosotras.

Como si realmente fuese tan sencillo como que ‘tu coño lo disfrutara’ porque es un derecho; como si a algunas no les (nos) quedara más remedio que agachar la cabeza ante sus -sus- fantasías, sus genitalidades, sus coitocentrismos asépticos. Y, sin embargo saberse poner el sitio.

Como si tu coño no pudiera disfrutarlo a veces. Como si tu vagina no pudiese ejercer el derecho a trabajar de la misma manera y con la misma fuerza con la que se la allanó sin consentimiento previo.
Como si sólo hubiera una categoría para cada cual, ‘nosotras; las putas’/'vosotros: los clientes’.
Y siempre bajo los mismos pretextos: pobres todxs en la sociedad en la que hemos nacido. Pobres aquellos esclavos de su matrimonio. Pobres aquellxs esclavxs de sus circunstancias. Pobres aquellos siervxs de sus decisiones. Pobres aquellxs que no saben mirar sin clasificar más allá de un origen racial.

Termino este artículo/declaración planteando deliberar que el trabajo sexual, el porno o la webcam deberían de ser posibilidades en el campo laboral, y no la única opción para podernos costear nuestros estudios, nuestros proyectos, y/o un entorno favorable para nuestras familias, cualesquiera que sean. Para nosotras mismas. Que tenemos derecho a dejarlo, las que hemos comenzado a trabajar en él. Las que alguna vez la chupamos sin condón porque no teníamos dinero conque volver a casa, a las que se les rompió un preservativo en su puesto de trabajo y no tuvieron a quien pedir ayuda, a quienes no aguantaron más la noche y necesitaron meterse unos tiros aunque simplemente lo hicieran por presión de sus compañerxs. Tenemos derecho a errar, y tenemos la fortaleza de reconocer nuestros errores para no destruirnos y continuar con la labor de construir nuestras vidas.

Soy perfectamente consciente de que, desde dentro, de muchas realidades no se habla porque se nos vendrían encima las abolicionistas a destruir nuestra lucha: la lucha por el derecho a trabajar en un sistema de cuidados básico. Pero, hasta que no se hable de atención emocional a las trabajadoras sexuales –y, para ello, hay que hablar abiertamente de sus todas sus realidades- no podremos ir más allá de la institución y adentrarnos en lo que indiscutiblemente somos: personas que sienten; que, además de disfrutar, sufren; que pelean por su bienestar. Que se cansan, se deprimen, se sienten solas cuando llegan a casa y nadie las escucha con una actitud que no sea de morbosidad pura. Que en ocasiones no les gustan los hombres y ni siquiera encuentran un lugar en que poder hablar con otras mujeres a las que les gustan las mujeres de su trabajo (cuando las relaciones entre mujeres son muy habituales en este ámbito).

Con este manifiesto hago un llamamiento a la pluralidad de perspectivas desde dentro del trabajo sexual, teniendo en cuenta las diferentes formas de ejercerlo, la orientación sexual de la trabajadora, sus circunstancias personales, su educación y su origen.

Gracias por haber llegado hasta el final del escrito.

*Cris Dagover es estudiante de sexología (entre otras disciplinas), poeta y trabajadora en diferentes ámbitos de la industria del sexo

publicado originalmente en pikara magazine 

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