dimecres, 26 de desembre de 2012

La noche que le di de beber a tu mejor amigo leche de mis tetas, Elena Alonso

 
Yo te había metido una vez en un laberinto. Viniste a verme desde el mar y yo te abrí la puerta de mi casa con mi boca en la boca de otro. Porque la primera vez me dijiste que nunca dejara de hacer lo que quisiera por ti.

Había unido tres camas que separadas no tenían sentido, y nos acostamos l@s tres, porque yo quería dormir con los dos.

Primero me metí en tu cama.

—Vamos fuera.

—No. Quiero quedarme aquí, aunque se despierte.

Pero tú preferías ver cuántas estrellas brillaban esa noche. Y yo nunca he dejado de ver un cielo precioso contigo. Estaba vestida de luna roja. Y lanzaste el universo entero dentro de mi.

Al volver a la cueva adivinaste mi deseo de acurrucarme al lado de él. Y me soltaste la mano.

Te di la mano desde ese nido.

Y te quedaste dormido. No te despertaste cuando me fui con el otro a la misma orilla, en la misma playa, y dejó escapar pececitos diminutos entre mis piernas.

No quedamos dormid@s entrelazad@s, cada un@ en su rama. En un hilo de amor que pasaba de ti a mi y de mi a él. Y aunque no os tocasteis, os tocasteis.

Pero esa noche metiste tú a tu amigo en el camino de serpientes. Le invitaste a cenar con nosotr@s. En una encerrona de placer que yo sabía y tú sabías y que él pronto adivinó. Cerraste la puerta y le sentaste a mi lado. Pusiste delante una botella de vino.

—Bebe —nos reíamos. Y bebíamos nosotr@s. Él muerto de miedo, buceaba en un vaso de agua.

Primero me deshice de la falda de seda.

—Llevaba un rato preguntándome por qué no te quitabas el disfraz de princesa.

Y me senté a tu lado y al lado de tu mejor amigo.

Hace unas semanas me quité las bragas. Ya no las llevo jamás. Así que seguía comiendo ensalada verde sin bragas entre los dos.

Me bajaste el tirante de la camiseta negra y me diste un beso en la cima de la montaña. Dijiste:

—Quiero que cenes desnuda.

Y yo te obedecí. Obediente solo de mí.

Acabé yo la botella de vino y tú toda la cerveza y a tu amigo se le llenó el corazón de peces voladores.

—¿Quieres probar mi leche?

—No, no. A mí me gusta la de las vacas.

—¡Pero hombre! ¡Cómo vas a comparar la de una vaca con la de una hembra de tu especie!

Desnuda, delante de los dos, acaricié mis tetas y le llené el fondo de un vasito de cristal.

—Bebe— le dije.

Se chupaba los dedos por no chuparme las tetas. Rebañando el vaso de leche materna.

Tumbada entre los dos, apoyada primero en ti, luego en él, mientras tú mirabas divertido y feliz cómo me acurrucaba en sus brazos y me dejaba acariciar el pelo. Fuimos contándonos cualquier cosa, saltando de los cuentos de piratas a un viaje sobre el hielo que habíais hecho, era el placer de las palabras, de estar allí, al borde del precipicio.

—Me tengo que ir.

—No te vayas, quiero hacer el amor contigo.

Y se levantó tu mejor amigo del nido de hojas que habíamos hecho, para salir volando.

Tú te quedaste sentado, mirando cómo le besaba en la boca detrás de la puerta.
Quería besarme sin tenerte delante.

Lo suficientemente cerca para que pudieras verlo.

Metió su lengua entre mis dientes, resbalando, convirtiéndose en líquido. Le di de beber de mi jugosa boca. Un beso que se hacía río entre mis piernas. Acaricié su pelo y la barba que no dejaba crecer, apoyé las manos en su cara y me quedé así, sedienta.

Tú mirabas desde lejos, abrazado a tus piernas desnudas. Dejándome ser la que soy. Mamífera, salvaje, loba.

—Me tengo que ir. Quizás en el Caribe, si nos encontramos de nuevo en el Caribe.
Entonces, quizás.

Y se abrió la puerta del ascensor.

Me follaste ahí, en la puerta de tu casa. Abrazándome con todo. Lamiéndome la piel. Volviste a entrar en el bosque encantado. De donde nunca sales. Te dije que tenía sed y me diste de beber.


republicado de viajamor
http://viajamor.wordpress.com

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