dijous, 2 d’agost de 2012

¿Tenemos miedo a que el amor se desvíe del camino?, H.R.Herzen


Nuestra sociedad nos da la seguridad de crecer en un modelo estable de relaciones humanas y sexoafectivas en las que vínculos como la amistad, el amor, la familia y el sexo y sus dinámicas y valores derivados han cimentado consistente y firmemente. Ese modelo tiene profundas ramificaciones en nuestros hábitos y códigos culturales, así como en nuestras mentes, leyes e instituciones y a priori tiene la batalla ganada a las minoritarias y marginales desviaciones en materia de economía, salud, sexualidad, espiritualidad o alimentación las cuales no deberían atemorizar a los guardianes y defensores de ese mismo modelo.

Entonces, ¿por qué tenemos miedo de probar otros modelos de relaciones y de interactuar con otras desviaciones marginales? Se supone que no abandonaremos nuestro sólido bienestar porque se fundamenta en unos argumentos bien claros y consolidados y que en caso de que lo que empezó como un juego se pudiera convertir en un enganche incluso convincente siempre podremos volver al redil de lo estable y bien organizado. Los apóstoles de la rancia moral no tienen por qué sufrir aunque también existe la opción de que unas pocas curiosas y atrevidos se queden del otro lado, en la acera de enfrente, esa tan poco transitada por estigmatizada y rarita.


Hablo, para ir concretando, de un amplio y diverso cuestionamiento de la normatividad heteropatriarcal; un no encajar bien en ese molde como si te quisieran incrustar en una caja pequeña, dura e incómoda y tienes el cuello retorcido, las piernas a punto de encalambrarse y preferirías no tener brazos. Hablo también de la huida por decisión o inconsciente de las etiquetas y de las convenciones, aunque alguna vez o frecuentemente recurras a algunas de ellas porque sencillamente te gustan o te sientes más cómoda. Ya sabes que me refiero a esa necesidad de romper cadenas y corsés, de transgredir lo que siempre fue de la misma manera pero que a ti no te convence porque no va con tu estilo o no te lo pide el cuerpo.

Un ejemplo. Tú tienes una relación sexoafectiva libre —libre significa de mutuo consentimiento— que identificas como estable y duradera con otra persona, que incluso proyectas una vida en común en la salud y en la enfermedad y que puede incluir hijas, hipotecas, apartamentos en la playa o en la montaña, cuentas de ahorro, yate, recibos, coches, vacaciones, suegras, cruceros por el Caribe, cuñados, etc. quien sabe si hasta que la muerte os separe aunque ahora mismo lo desees—llámale pareja, compañera, novio o como te parezca más adecuado o más te guste; hay hasta quien se casa y no es solo por los 15 días de vacaciones en el trabajo; los términos que usamos para describir el mundo son meras convenciones semánticas—.

No estoy proponiendo que os paséis al poliamor, a la vida en manada o a desarrollar una comuna en un pueblo abandonado ni a ningún modelo de relación autodenominado libre o abierto porque cada cual tiene que vivir a su manera como mejor se acomode a sus necesidades y deseos. Pero simplemente quiero introducir un tema de debate, un ejemplo sencillo y más habitual de lo que nos podríamos imaginar —las estadísticas de la mal llamada infidelidad o de las relaciones extraconyugales o fuera de la pareja alcanzan porcentajes elevados, ergo es una necesidad vital que aumenta proporcionalmente a la cantidad de sexo y rutina compartidos con una sola persona— que sería bueno que incluso lo hablaras con esa persona a quien confías tus sueños y pensamientos. Si no lo has hecho todavía, me gustaría que un día de estos sacaras el tema con esa persona a quien dices amar; será beneficioso para fortalecer los lazos que os unen o para daros cuenta que o bien os estáis metiendo en un tipo de relación al cual no queréis entrar o bien estáis hablando de las mismas palabras con otros significados. No te preocupes porque de la controversia más que del silencio incómodo proceden los más importantes avances de la humanidad.

¿Crees que esa relación se perderá como una aguja en un pajar por un flirteo sexual—tuyo o de la otra persona— con alguien que parece más guapa que tú, más musculoso, con más tetas, más inteligente o simplemente interesante? ¿Tienes miedo de que un ligue de una o más noches, un rollo sexopasional más o menos frecuente o una escapada de fin de semana alteren el equilibrio emocional y existencial que tenías al lado del padre de tus hijos? ¿Dudas de que esa mujer con quien despertar en la mañana te da energía para vivir desaparezca de tu vida de un día para otro porque conoció a alguien que le desata las pasiones más escondidas?

Pues puede pasar, es inevitable, entra dentro de las posibilidades; de hecho hay que asumirlo como algo “natural” en estos tiempos líquidos, de inmediatez y cambios constantes en los que a la vez el instinto nos conduce a buscar la mejor recipiente o el mejor portador y protector de genes aunque no queramos vivir esa aventura de traer criaturas al mundo. La probabilidad de que ese amor de tu vida cambie radicalmente su vida y transforme su relación contigo para acercarse más a ese amor que acaba de irrumpir en su vida como un huracán es incierta: puede que sea algo pasajero o que incluso la balanza de su proyecto de vida te deje sin peso alguno. En este último caso una recomendación es que en vez de tratar de dividir las relaciones entre si existen o no existen —el típico está conmigo o ya no está—, es preferible enfocarse en ver el universo de relaciones como una totalidad continua en la cual los vínculos siempre existen aunque sus formas cambien. Las relaciones humanas no son blancas o negras, no es ahora sí/ahora no; hay grados y espacios indistinguibles entre una situación y otra a los que deberíamos adaptarnos flexiblemente para no transitar entre la amargura intercalada de éxtasis cada vez que deshojas un pétalo de margarita.

A la vez hay que pensar que algo no estaba bien engrasado si vuestra relación que tenía sólidos cimientos se desploma como las torres gemelas de New York: o hay más cosas que no sabíamos o era mentira lo de los cimientos bien anclados. Si todo iba “bien”, esa persona no querrá sacarte de su vida, incluso puede que se una más a ti por la libertad que vive a tu lado y la confianza que le regalas para vivir y disfrutar sin remordimientos. Podría darse el caso que tras largas reflexiones sobre el mejor proceder te incluya en sus juegos sexuales con otros seres y vivas fantasías que ni siquiera una típica película porno te podrá mostrar —porque sabes perfectamente que ahí no suele haber sentimientos y más que amor hay un mete-saca constante que llega a aburrir— o que penséis en sumar una persona más a vuestro proyecto de vida. Piensa que un colectivo es mucho más que la suma de sus partes pero a la vez dependiente de esas partes para existir: ¿por qué no ir añadiendo partes a ese colectivo para que el resultado acumulado sea cada vez más potente y más fuerte? Vale, vale, paro el carro... parece difícil pero no es imposible.

Si amamos tanto a esa persona, deberíamos desear que sea feliz y que disfrute su vida, su cuerpo y su intelecto al lado de otras personas deseadas, excitantes, interesantes y que le aporten cosas que tú nunca le podrás ofrecer por simple ley básica de la diversidad de cualidades. Puede que no sea fácil, que haya momentos de tensión y discusiones feas, pero si amamos tanto a esa persona debemos dejar que sea feliz incluso si eso implica que vuestra relación cambie tanto que ya no compartirás la cotidianidad, los sueños y los proyectos y tu propia felicidad reciba un duro golpe. Duele, pero hay que aceptarlo por el bien común para que el vínculo amistoso se mantenga lo más fresco y sano posible. Es preferible desatar amablemente todos los nudos que os unían antes que hacer malabarismos con una relación incompleta y en constante tensión; no hay que magnificar los buenos momentos del principio por un presente absurdo y un futuro agónico.

Forzarse a mantener un modelo de relación en el que no crees o no estás a gusto es un error porque a la larga el fin será irremediable y acabará haciéndote más daño. Por eso, si esa relación que te proponen incluye el intercambio de cuerpos con otros individuos tampoco es bueno que dejes que los celos te coman como los gusanos a los muertos si no es lo que deseas: o aprendes a convivir con ello en confianza y experimentas una relación donde eso sea posible o buscas tu propio modelo.

Otra corriente de pensamiento vendría a ser el placer epicúreo que promulga que el camino de una vida sensata consiste en evitar que placeres menores nos desvíen de placeres mayores. Hay quien prefiere evitar una noche de sexo con alguien que le atrae pero es muy probable que al día siguiente no formará parte de su vida por no dañar una relación más consolidada. Pero el dilema epicúreo del placer —no dejar que el corto plazo nos vele el largo, a veces pura matemática existencial— presupone que esa relación a largo plazo quizá no tenga buenas bases. En caso contrario no habría dudas: la felicidad del carpe diem nos une a las afinidades y nos aleja de las disimilitudes; las cadenas no significan fortaleza —más bien represión— y los celos y las desconfianzas te llevan a la esquizofrenia paranoide de dudar de todo. Y aunque la duda es sana para no acomodarse en una relación —si no existe la posibilidad de “perderla” puede que tampoco la cuidáramos como es debido— certezas como la sinceridad y la lealtad son ineludibles si cualquier relación se pretende estable.

Soluciones mágicas no hay pero, como decía antes, las estadísticas nos muestran que tenemos una necesidad vital de, por lo menos, tener sexo con otras parejas a las habituales de vez en cuando. Ello puede que refresque de una manera inimaginable la relación original y si ambas personas no dudan de que no se perderá tan fácilmente porque simplemente no quieren que eso pase —el vínculo es muy fuerte, lo que das y recibes te llena de vida, los proyectos en común son claros— lo mejor sería echarle imaginación a un asunto que puede ser complejo pero a la larga —y tras malos rollos, enfados, discusiones, incomodidades, malentendidos y ganas de dejarlo todo— te traerá las mayores satisfacciones de tu vida porque podrás vivir a tu manera y compartir tu vida con personas que también quieren vivir a su manera sin hacer daño a nadie.

Ante este panorama hay que esforzarse para que las relaciones sean fuertes y sanas y tengan caminos dulces y sabrosos descansos que renueven la pasión y hagan florecer la amistad, la confianza, el cariño, el apoyo mutuo, la empatía y el placer de volar sin alas al lado de quienes más deseas por sus bonitas cualidades y todo lo que te aportan y puedes aprender a su lado. Será entonces cuando no tendremos miedo a que esas personas a las que tanto amamos sean felices y disfruten de su vida y su cuerpo en busca de placer. Quizá entonces podremos decir que hemos madurado y hemos crecido como personas, ese día estaremos un poco más cerca del paraíso.

4 comentaris:

  1. Nunca he tenido ninguna relación de pareja o como quieran llamarle, soy muy joven y suena lógico, sin embargo es posible que vaya en camino al club de las “solteronas”, lo cual no me preocupa en absoluto pues vale bien aquel dicho que dice; “mejor sola que mal acompañada”,
    Perdería la cuenta si tratara de enumerar la cantidad de personas por las que me he sentido atraída, pero incluso con esas personas me es imposible entablar una relación medianamente estable, es indispensable para mí que entiendan que ni mi cuerpo ni el de ell@s viene con título de propiedad, la “infidelidad” no la considero algo grave, creo que es hasta sano y puede salvar relaciones, es absurdo pensar que somos el todo y lo suficiente para una sola persona, supongo que la gente tiene relaciones de pareja para compartir mucho más que la cama, entonces no veo cual es el problema con que nuestra pareja goce con el cuerpo de otr@s.
    Cada quién con sus dilemas, la vida y el amor dan muchas vueltas, hay quienes terminan una relación por una infidelidad y quienes no hemos tenido relaciones por causa de las mismas, solo que en versión contraria.

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  2. Yo estuve casada y tengo dos hijos de ese matrimonio. Hoy en día desearía no haberme casado.
    Quiero experimentar. Me siento curiosa y deseosa de conocer otras relaciones, sin distinción de sexo o razas, o cantidad de participantes. Quiero algo diferente, porque jamás en mi vida tuve la oportunidad de conocer cosas distintas.

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  3. "Todas las fuerzas e instintos por los cuales se conserva y se desarrolla la vida están proscritos por la moral." -F.Nietzche (1844-1900)-

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  4. Vivan el respeto y la libertad, y al revés.

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