dimarts, 7 de febrer de 2012

Las relaciones sexuales y la lucha de clases, Alexandra Kollontai


Entre los muchos problemas que demandan la consideración y atención de la humanidad contemporánea, los problemas sexuales son, indudablemente, algunos de los más cruciales. No existe un país o una nación, aparte de las legendarias «islas», donde el tema de las relaciones sexuales no se haya convertido en un asunto urgente y candente. La humanidad atraviesa hoy una aguda crisis sexual que es mucho más dañina y poco sana por ser larga. A lo largo de la historia humana, tal vez no se pueda encontrar un tiempo en el cual los problemas del sexo hayan ocupado un lugar tan importante en la vida de la sociedad; en el cual el tema de las relaciones entre los sexos haya sido como una conjura, y atraído la atención de millones de personas complicadas; en el cual los dramas sexuales hayan servido como una fuente de inspiración que nunca termina en todas las manifestaciones de arte.

A medida que la crisis continúa y se hace más seria, las personas van cayendo en una situación cada vez más desesperanzadora y por todos los medios posibles intentan con desesperación resolver la «situación insoluble». Pero con cada nuevo intento, se hace más enredado el confuso nudo de las relaciones personales. Es como si no pudiéramos ver el único hilo que podría llevarnos finalmente al éxito en el control del obstinado enredo. El problema sexual es un círculo vicioso, no importa cuán atemorizadas estén las personas y no importa cuánto se corra de un lado a otro, no es posible salir de este.


La parte de la humanidad con inclinaciones conservadoras argumenta que debemos regresar a los felices tiempos del pasado, que debemos restablecer las viejas bases de la familia y fortalecer las bien probadas normas de la moralidad sexual. Los campeones del individualismo burgués dicen que debemos destruir las restricciones hipócritas de los obsoletos códigos de comportamiento sexual. Los innecesarios y represivos «trapos » deben ser relegados a los archivos; solo la conciencia individual, la voluntad individual de cada persona puede decidir esos asuntos íntimos.

Los socialistas, por otra parte, nos aseguran que los problemas sexuales solo serán resueltos cuando tenga lugar la reorganización de la estructura económica y social de la sociedad. ¿No será que esto de «posponer el problema hasta mañana» sugiere que todavía no hemos encontrado ese único «hilo mágico»? ¿No deberíamos encontrar, o al menos ubicar, ese hilo mágico que promete desenredar dicho nudo? ¿No deberíamos encontrarlo ahora en este mismo momento? La historia de la sociedad humana, la historia de la batalla continua entre varios grupos y clases sociales con objetivos e intereses opuestos, nos da las pistas para encontrar ese hilo.

No es la primera vez que la humanidad atraviesa una crisis sexual.
No es la primera vez que la presión de una apurada marea de nuevos valores e ideales ha nublado el claro y definido significado de los mandamientos morales sobre las relaciones sexuales. La «crisis sexual» fue particularmente aguda durante el renacimiento y la Reforma, cuando el gran avance social empujó a la orgullosa y patriarcal nobleza feudal acostumbrada al dominio absoluto del entorno, y despejó la vía para el desarrollo y establecimiento de una nueva fuerza social, la burguesía.

La moralidad sexual del mundo feudal se desarrolló desde las profundidades del modo tribal de vida –la economía colectiva y el liderazgo autoritario que suprime la voluntad individual de los miembros individuales–.

Ello chocó con el nuevo y extraño código moral de la burguesía ascendente. La moralidad sexual de la burguesía se basa en principios que están en fuerte contradicción con la moralidad básica del feudalismo.
El individualismo estricto y la exclusividad y aislamiento del núcleo familiar remplazan el énfasis en el trabajo colectivo que fue característica de la estructura local y regional de la vida patriarcal. Bajo el capitalismo, la ética de la competencia, los principios triunfantes del individualismo y la exclusiva propiedad privada, crecieron y destruyeron cualquier cosa asociada a la idea de la comunidad, que fue, hasta cierto punto, común a todos los tipos de vida tribal. Durante un siglo, mientras el complejo laboratorio de la vida iba convirtiendo las viejas normas en nuevas fórmulas y se alcanzaba la armonía superficial de las ideas morales, los hombres deambulaban confusamente entre dos códigos sexuales muy diferentes y trataron de acomodarse a ambos.

Pero en aquellos brillantes y coloridos días de cambio, la crisis sexual, aunque profunda, no tenía el carácter amenazador que ha asumido en nuestra época. La principal razón para esto es que en «los días maravillosos » del renacimiento, en la «nueva época», cuando la luz brillante de la nueva cultura espiritual inundó con sus claros colores al mundo que fallecía e inundó la simple y monótona vida de la Edad Media, la crisis sexual afectó solo a una pequeña parte de la población.

En gran medida los campesinos –la mayoría de la población– se afectaron solo en la más indirecta manera y solo cuando, lentamente, a través del curso de los siglos, tuvo lugar el cambio en la base económica y en las relaciones económicas del campo. En la cima de la escalera social se libró una amarga batalla entre los dos mundos sociales. Ello implicó también una batalla entre los diferentes ideales y valores y formas de mirar las cosas. Fueron esas personas quienes experimentaron y se vieron amenazadas por la crisis sexual que sobrevino.

Los campesinos, sospechosos ante lo nuevo, continuaron firmemente enganchados a las bien probadas tradiciones tribales recibidas de sus antepasados, y solo bajo la presión de la necesidad extrema modificaron y adaptaron sus tradiciones a las condiciones cambiantes de su ambiente económico. Incluso en la culminación de la batalla entre la burguesía y el mundo feudal, la crisis sexual superó la «clase de los contribuyentes».

Mientras el estrato más alto de la sociedad se dedicó a violar las viejas formas, los campesinos parecieron más inclinados a aferrarse firmemente a sus tradiciones. A pesar de los continuos vientos de tornados que les pasaban por encima y estremecían el suelo bajo sus pies, los campesinos, en especial el campesinado ruso, se las arregló para preservar las bases de su código sexual intocadas e inamovibles por muchos siglos.
La historia hoy es muy diferente. La crisis sexual ni siquiera deja fuera al campesinado. Como una enfermedad infecciosa «no reconoce ni las mansiones, ni el rango ni el estatus». Se esparce desde los palacios y los barrios poblados de la clase trabajadora, se asoma a los pacíficos hogares de la pequeña burguesía y se abre camino hacia el corazón del campo. Cobra víctimas en las aldeas de la burguesía europea, en el húmedo sótano de la familia del obrero y en la ahumada cabaña del campesino.

No hay «defensa, ni cerrojo» contra el conflicto sexual. Imaginar que solo los miembros de los sectores beneficiados de la sociedad son afectados por estos problemas sería cometer un grave error. Las olas de las crisis sexuales abarcan hoy las entradas de los hogares de los trabajadores y crean situaciones de conflicto, tan agudas y sensibles como los sufrimientos psicológicos de «la refinada burguesía mundial». La crisis sexual ya no solo interesa a los «propietarios». Los problemas del sexo interesan a amplios sectores de la sociedad, afectan a la clase trabajadora en su vida cotidiana. Es, entonces, difícil comprender por qué este asunto vital y urgente es tratado con tanta indiferencia. Dicha indiferencia es imperdonable. Una de las tareas que enfrenta la clase trabajadora en su ataque a «las sitiadas fortalezas del futuro» es, indudablemente, la tarea de establecer una relación más sana y más alegre entre los sexos.

¿Cuáles son las raíces de esta imperdonable indiferencia hacia una de las tareas esenciales de la clase trabajadora? ¿Cómo podemos explicarnos la manera hipócrita en que los «problemas sexuales» son relegados al plano de «asuntos privados» que no merecen el esfuerzo y la atención del colectivo? ¿Por qué ha sido ignorado el hecho de que, a través de la historia, uno de los elementos constantes de la lucha social haya sido el intento de modificar las relaciones entre los sexos y el tipo de código moral que determina esas relaciones; y que el modo en que las relaciones personales están organizadas en cierto grupo social haya tenido una influencia vital en el resultado de la batalla entre cercanos sociales hostiles? La tragedia de nuestra sociedad no es solo que las formas usuales de comportamiento y los principios que regulan a este desmoronan, sino que una ola espontánea de nuevos intentos de vida se está desarrollando dentro del tejido social, lo que da al hombre esperanzas e ideales que aún no pueden ser realizados. Somos personas viviendo en un mundo de relaciones de propiedad, un mundo de afiladas contradicciones de clases y de una individualidad moralista. Aún vivimos y pensamos bajo el peso de la inevitable soledad de espíritu. El hombre experimenta esa «soledad» incluso en ciudades llenas de gritos, ruido y personas, incluso en un grupo de amigos cercanos y compañeros de trabajo. Debido a su soledad, los hombres tienden a apegarse a una forma predadora y poco sana de ilusiones de encontrar un «alma gemela entre los miembros del sexo opuesto». Ven al ladino Eros como el único medio de alejar, aunque sea solo por una vez, la melancolía de la inescapable soledad.

Las personas quizás nunca hayan sentido una soledad espiritual tan profunda y persistente como en el presente. Probablemente nunca se deprimieron tanto y cayeron tan completamente ante la insensible influencia de la soledad. Difícilmente podría ser de otro modo. La oscuridad nunca ha parecido tan negra como cuando existe una pequeña luz brillando justo adelante.

Los individualistas, que solo están organizados en un colectivo junto a otros individuos, tienen ahora la oportunidad de cambiar sus relaciones sexuales de manera que estén basadas en el principio creativo de la amistad y el estar juntos, en lugar de en algo ciegamente psicológico. La moralidad individualista de la propiedad en el presente comienza a verse de manera obvia como paralizadora y opresiva. Al criticar la calidad de las relaciones sexuales, el hombre moderno hace mucho más que rechazar las anticuadas formas de comportamiento del actual código moral. Su alma solitaria busca la regeneración de la esencia misma de esas relaciones. Gime y anhela al «gran amor», anhela un momento de calor y creatividad, que por sí misma tiene el poder de dispersar el espíritu frío de la soledad de la cual sufren hoy los «individualistas».

Si la crisis sexual es en tres cuartas partes resultado de las relaciones socio-económicas externas, el otro cuarto está acoplado a nuestra «refinada psiquis individualista», fomentada por la ideología burguesa imperante.

El «potencial de amar» de la gente de hoy se encuentra, como describe el escritor alemán Meisel-Hess, en una marea baja. Hombres y mujeres se buscan unos a otros con la esperanza de encontrarse a sí mismos a través de otra persona, un medio para alcanzar mayor placer espiritual y físico.

No hace ninguna diferencia si están o no casados con su pareja, ellos dan poca importancia a lo que le sucede a la otra persona, a lo que está ocurriendo a sus propias emociones y procesos psicológicos.
El «crudo individualismo» que adorna nuestra era es quizás más descarado en la organización de las relaciones sexuales que en ninguna otra parte. Una persona quiere escapar de su soledad e ingenuamente imagina que estar «enamorado» le da el derecho al alma de la otra persona –el derecho a calentarse a sí mismo en los rayos de esa rara bendición de cercanía y entendimiento emocional–. Nosotros, individualistas, hemos visto nuestras emociones estropeadas en el persistente culto del «ego».

Imaginamos que podemos alcanzar la felicidad de estar en estado de «gran amor» con aquellos cercanos a nosotros, sin tener que «entregar» a la vez nada de nosotros.

Los reclamos que hacemos a nuestra «pareja formal» son absolutos e indivisibles. Estamos incapacitados para seguir simples reglas de amor –que otra persona deba ser tratada con gran consideración–. Nuevos conceptos de las relaciones entre los sexos están siendo delineados actualmente.

Con ellos aprenderemos a establecer relaciones basadas en ideas poco familiares como la completa libertad, la igualdad y la genuina amistad. Pero mientras tanto la humanidad tiene que sentarse al frío con su soledad espiritual y solo soñar con una «mejor época» en la que todas las relaciones entre las personas se calentarán por los rayos del «dios Sol», experimentarán el sentido de juntarse y se educarán en nuevas condiciones de vida. La crisis sexual no será resuelta a menos que se produzca una reforma radical de la psiquis humana, y a menos que se incremente el potencial de amar del hombre. Y es esencial una transformación básica de las relaciones socio-económicas en las filas comunistas si se va a reformar la mentalidad. Esta es una «vieja verdad» pero no hay otra salida. La crisis sexual no será de otra forma reducida, cualquiera sea el tipo de matrimonio o relaciones personales que las personas se preocupen por probar.

La historia nunca ha visto tal variedad de relaciones personales –matrimonio indisoluble con su «familia estable»; «unión libre»; adulterio secreto; una muchacha viviendo muy abiertamente con su amante en un llamado «matrimonio silvestre»; matrimonio de pareja; matrimonio de tres e incluso el complicado matrimonio de cuatro personas–, sin hablar de las varias formas de prostitución comercial. Usted recibe los mismos dos códigos morales existentes en todo el campesinado –a saber una mezcla de la vieja forma de vida tribal y de la familia burguesa en desarrollo–. Así, usted tiene la actitud permisiva de la casa de la muchacha,1 justo al lado de la actitud de que la fornicación, o el hecho de que existan hombres durmiendo con sus nueras, es una desgracia. Es sorprendente que, en vistas de las formas contradictorias y enmarañadas de las relaciones personales del presente, las personas sean capaces de preservar una fe en la autoridad moral y sean capaces de encontrar el sentido de esas contradicciones y ensartar su forma a través de esos códigos morales mutuamente destructivos e incompatibles. Incluso la justificación habitual. «Yo vivo bajo la nueva moral» no ayuda a nadie, puesto que la nueva moral está aún en el proceso de formarse. Nuestra tarea es sacar del caos de las contradictorias normas sexuales del presente la forma y hacer claros los principios de una moralidad que responda al espíritu de la clase progresista y revolucionaria.

Además de las ya mencionadas inadecuaciones de la psiquis contemporánea –extrema individualidad, egoísmo que se ha convertido en culto– la crisis sexual se agrava por dos características de la psicología del hombre moderno: 1) La idea de «posesión» de la pareja matrimoniada; 2) La creencia de que los dos sexos son desiguales, que tienen valor desigual en todas las cosas, en todas las esferas, incluida la esfera sexual.
La moral burguesa, con su familia introvertida individualista basada enteramente en la propiedad privada, ha cultivado con cuidado la idea de que una pareja debe «poseer» a la otra. Ha sido muy exitosa. La idea de la posesión es más dominante ahora que bajo el sistema patrimonial de relaciones de matrimonio. Durante el largo período histórico que se desarrolló bajo la égida de la «tribu», la idea del hombre poseyendo a su esposa (no ha existido ningún pensamiento en que la esposa haya tenido una posesión indiscutida del esposo) no fue más que pura posesión física. La esposa era obligada a ser leal físicamente –su alma le pertenecía–.

Incluso los caballeros reconocían el derecho de sus esposas a tener chichsbi (amigos platónicos y admiradores) y a recibir la «devoción» de otros caballeros y mensajeros. Es la burguesía la que cuidadosamente protege y fomenta el ideal de absoluta posesión de la «pareja formal», emocional y físicamente, de manera que ha extendido el concepto de derechos de propiedad para incluir el derecho al mundo espiritual y emocional de la otra persona. Así, la estructura familiar fue fortalecida y la estabilidad garantizada en el período en que la burguesía luchaba por la dominación. Este es el ideal que hemos aceptado como nuestra herencia y que ha estado preparado para verse como una absoluta e inmodificable moral. La idea de la propiedad va mucho más allá de las fronteras del «matrimonio legal». Se hace sentir a sí mismo como un ingrediente inevitable de la más «libre» unión de amor. Los amantes contemporáneos, con todo su respeto por la libertad, no están satisfechos por el conocimiento de la lealtad física de la persona que aman.

Para deshacernos de la siempre presente amenaza de la soledad, «lanzamos un ataque» a las emociones de la persona que amamos con una crueldad y falta de delicadeza que no será entendida por las futuras generaciones. Demandamos el derecho a conocer cada secreto de esa persona. El amante moderno perdonará la deslealtad física más pronto que la deslealtad espiritual. Ve cualquier emoción experimentada fuera de la relación «libre» como la pérdida de su propio tesoro personal. Las personas «enamoradas» son increíblemente insensibles, en sus relaciones, hacia una tercera persona. Todos sin dudas hemos observado esa extraña situación en la que dos personas que se aman están apuradas, antes de conocerse bien uno al otro, por ejercer sus derechos sobre todas las relaciones que la otra persona ha formado hasta ese momento, por registrar en las esquinas más íntimas de la vida de su pareja. Dos personas que hasta ayer eran desconocidas, y que se juntan en un momento único de sentimiento erótico mutuo, se apresuran a llegar al corazón del ser de la otra persona. Quieren sentir que esa extraña e incomprensible psiquis, con su experiencia pasada que no puede ser suprimida, es una extensión de su propio ser. La idea de que la pareja casada es propiedad del otro es tan aceptada que cuando una pareja joven, que hasta ayer estuvo viviendo sus vidas separadas, hoy abre su respectiva correspondencia sin sonrojarse, y haciendo propiedad común de las palabras de una tercera persona que solo es amiga de uno de los dos, esto difícilmente nos choque como algo poco natural. Pero este tipo de «intimidad» solo es posible cuando las personas han compartido sus vidas juntas por un largo período de tiempo. Habitualmente, una forma deshonesta de cercanía es sustituida por este genuino sentimiento, la decepción fomentada por la idea equivocada de que una relación física entre dos personas es base suficiente para extender los derechos de posesión del ser emocional del otro.

La «desigualdad» de los sexos –la desigualdad de sus derechos, el valor desigual de su experiencia física y emocional– es la otra circunstancia significativa que distorsiona la psiquis del hombre contemporáneo, y es una razón para la profundización de la crisis sexual. La doble moral inherente a la sociedad patrimonial y también la burguesa, ha envenenado durante el curso de los siglos la psiquis de los hombres y las mujeres. Esas actitudes son tan parte de nosotros que se hace más difícil deshacerse de ellas que de la idea de poseer personas, que heredamos de la ideología burguesa. La idea de que los sexos son desiguales, incluso en la esfera de la experiencia física y emocional, significa que la misma acción será observada de manera diferente de acuerdo a si se trata de la acción de un hombre o una mujer. Incluso los más «progresistas» miembros de la burguesía, que hace mucho tiempo rechazaron todo el código de la moralidad actual, fácilmente se pueden sorprender a sí mismos en este punto cuando, también a la hora de juzgar a un hombre y una mujer por el mismo comportamiento, utilicen oraciones diferentes.

Un ejemplo sencillo es suficiente. Imagina que un miembro de la intelligentzia de la clase media que ha estudiado, ha estado envuelto en política y asuntos sociales, es una «personalidad», incluso una figura pública, comienza a acostarse con su cocinera (algo que no es raro que ocurra) e incluso se casa legalmente con ella. ¿Cambia la sociedad burguesa su actitud hacia este hombre?, ¿este evento lanza incluso la más pequeña sombra de duda sobre su moral? Por supuesto que no. Ahora imaginen otra situación. Una mujer respetada de la sociedad burguesa –una figura social, una estudiante investigadora, una doctora o escritora, es todo lo mismo– se hace amiga del hombre de a pie y, para completar el escándalo, se casa con él. ¿Cómo reacciona la sociedad burguesa ante el comportamiento de la respetada dama? La cubren con «desprecio », por supuesto. Y recuerden, es mucho peor para ella si su esposo, el hombre de a pie, es apuesto o tiene otras «cualidades físicas». ¡Es obvio lo que ella está buscando! y será la burla de la burguesía hipócrita.

Si la decisión de la mujer tiene algo de «carácter individual» no será perdonada por la sociedad burguesa. Esta actitud es un tipo de regreso a las tradiciones de los tiempos tribales. La sociedad todavía quiere que la mujer tenga en cuenta cuando toma su decisión el rango, el estatus y las instrucciones de su familia. La sociedad burguesa no puede ver a una mujer como una persona independiente separada de su unidad familiar, fuera del aislado círculo de sus obligaciones domésticas y virtudes.

La sociedad contemporánea va incluso más allá que la antigua sociedad tribal al actuar como fideicomisaria de la mujer, e instruirla no solo a casarse sino a enamorarse de aquellas personas que la «merecen».
Continuamente conocemos hombres de cualidades espirituales e intelectuales considerables que han escogido como su compañera a mujeres inútiles y vacías, que en ninguna medida equiparan el valor espiritual de su esposo. Aceptamos esto como algo normal y no pensamos dos veces en ello. Cuanto más los amigos sentirán pena por Iván Ivanovich por haber terminado con una esposa tan insoportable. Pero si ocurre lo contrario, batimos nuestras manos y exclamamos preocupados: «¿Cómo una mujer tan sobresaliente como María Petrovna se ha enamorado de esta nulidad de hombre?». Uno comienza a dudar del valor de María Petrovna. ¿De dónde sacamos este doble criterio? La razón es indudablemente que la idea de que los sexos tienen un «valor diferente» se ha convertido, durante los siglos, en parte de la formación psicológica del hombre. Estamos acostumbrados a evaluar a una mujer no como una personalidad con cualidades individuales y fracasos separados de su experiencia física y emocional, sino solo como apéndice del hombre.
Este hombre, el esposo o el amante lanza la luz de su personalidad sobre la mujer, y es este reflejo y no el de la propia mujer lo que consideramos la verdadera definición de su formación moral. A los ojos de la sociedad, la personalidad del hombre puede ser con mayor facilidad separada de sus acciones en la esfera sexual. La personalidad de una mujer se juzga casi exclusivamente en términos de su vida sexual. Este tipo de actitud emana del rol que las mujeres han jugado en la sociedad a través de los siglos y es solo ahora que una reevaluación de esas actitudes comienza a alcanzarse, por lo menos a delinearse. Solo un cambio del papel económico de la mujer y su vinculación independiente en la producción, puede y traerá el debilitamiento de estas ideas hipócritas y equivocadas.

Las tres circunstancias básicas que distorsionan la psiquis moderna –egoísmo extremo, la idea de que las parejas casadas se poseen uno al otro y la aceptación de la desigualdad de los sexos en términos de experiencia física y emocional– deben ser enfrentadas si se quiere resolver el problema sexual. Las personas encontrarán la «llave mágica» con la cual pueden salir de sus situaciones solo cuando sus mentes tengan una reserva suficiente de «sentimientos de consideración», cuando sea mayor su habilidad de amar, cuando la idea de la libertad en las relaciones personales se convierta en un hecho y cuando el principio de «camaradería » triunfe sobre la idea tradicional de desigualdad y sumisión. Los problemas sexuales no pueden resolverse sin una reeducación radical de nuestra mentalidad.

¿Pero no es esto pedir demasiado? ¿No es acaso la sugerencia utópica sin fundamento, la noción ingenua de un idealista soñador? ¿Cómo, honestamente, ustedes pueden elevar el potencial de amar de la humanidad? ¿No es cierto que hombres sabios de todas las naciones desde los tiempos inmemoriales, comenzando por Buda y Confucio y terminando por Cristo, se han ocupando de esto? ¿Y quién puede decir si el potencial de amar ha sido elevado? ¿No es este tipo de bien intencionado sueño sobre la solución de la crisis sexual simplemente una confesión de la debilidad y el rechazo a continuar la búsqueda de la llave mágica? ¿Es ese el caso? ¿Es la reeducación radical de nuestra mentalidad y nuestro acercamiento a las relaciones sexuales algo tan improbable, tan alejado de la realidad? ¿No podría decir alguien, por el contrario, que mientras grandes cambios económicos y sociales están en progreso, se crean las condiciones que demandan y elevan una nueva base para la experiencia psicológica que está en línea con lo que hemos estado hablando? Otra clase, un nuevo grupo social, toma la delantera para remplazar a la burguesía con su ideología burguesa y su individualista código de moralidad sexual. La clase progresista, a medida que se desarrolla con fuerza, no puede fallar en revelar nuevas ideas sobre las relaciones entre los sexos que se forman en conexión cercana con los problemas de sus clases sociales.

La complicada evolución de las relaciones socio-económicas que tiene lugar ante nuestros ojos, que modifica todas nuestras ideas sobre el rol de la mujer en la vida social y socava la moralidad sexual de la burguesía, tiene dos resultados contradictorios. Por una parte, vemos el esfuerzo incansable de la humanidad para adaptarse a las nuevas y cambiantes condiciones socio-económicas. Esto se demuestra lo mismo en un intento por preservar «las viejas formas» mientras ofrece un nuevo contenido (la observancia de la apariencia del indisoluble, estricto matrimonio monógamo con la aceptación, en la práctica, de la libertad de las parejas) o en la aceptación de nuevas formas que contienen, sin embargo, todos los elementos del código moral del matrimonio burgués (la unión libre donde la posesión compulsiva de la pareja es mayor que dentro del matrimonio legal). Por otra parte, vemos la lenta pero sostenida aparición de nuevas formas de relaciones entre los sexos que se diferencian de las viejas normas en su apariencia y espíritu.

La humanidad no camina a tientas hacia esas nuevas ideas con mucha confianza, pero tenemos que atender a sus intentos, no importa cuán vagos sean en este momento, porque se trata de intentos cercanamente ligados a las tareas del proletariado como la clase que debe capturar las sitiadas fortalezas del futuro. Si, en medio del complicado laberinto de las enredadas y contradictorias normas sexuales, quieren encontrar los comienzos de una relación más sana entre los sexos –relaciones que prometan guiar a la humanidad para salir de la crisis sexual– deberán dejarse los «cultos aposentos» de la burguesía, con su refinada mentalidad individualista, y echar un vistazo a los populares hogares de la clase obrera. Allí, en medio del horror y la inmundicia del capitalismo, en medio de las lágrimas y las maldiciones, las corrientes de vida están emergiendo.

Puede verse el doble proceso que acabamos de mencionar funcionar en las vidas del proletariado, que tiene que existir bajo la presión de duras condiciones económicas, cruelmente explotó por el capitalismo.
Puede verse tanto el proceso de «adaptación pasiva» como el de la activa oposición a la realidad existente. La influencia destructiva del capitalismo aniquila las bases de la familia trabajadora y la fuerza inconscientemente a «adaptarse» a las condiciones existentes. Esto permite la emergencia de toda una serie de situaciones respecto a las relaciones entre los sexos similares a aquellas en otras clases sociales. Bajo la presión de los bajos salarios, el trabajador inevitablemente tiende a contraer matrimonio a una edad más avanzada. Si hace veinte años un trabajador se casaba normalmente entre los veinte y los veinticinco años, ahora asume el cuidado de una familia solo hacia los treinta años. Mientras más altas sean las demandas culturales del trabajador, –mientras más valore la oportunidad de ponerse en contacto con la vida cultural, de visitar teatros y conferencias, de leer periódicos y revistas, de utilizar su tiempo libre para la lucha y la política o para alguna actividad favorita como el arte o la lectura, etcétera– más tiempo tardará en casarse.

Pero las necesidades físicas no tienen en cuenta la situación financiera: aquellas insisten en hacerse sentir. El trabajador soltero, al igual que el trabajador soltero de clase media, busca la prostitución como una salida.
Esto es un ejemplo del ajuste pasivo de la clase trabajadora a las condiciones desfavorables de su existencia. Tomen otro ejemplo: cuando el trabajador se casa, el bajo nivel de los salarios obliga a la familia del trabajador a «regular» la concepción justo como lo hacen las familias burguesas. Los casos frecuentes de infanticidio, el crecimiento de la prostitución, son todas expresiones del mismo proceso. Todos son ejemplos de la adaptación de la clase trabajadora a la realidad circundante. Pero este no es un proceso característico exclusivo del proletariado. Todas las demás clases y segmentos de la población atrapadas en el proceso mundial del desarrollo del capitalismo reaccionan de igual manera.

Vemos una diferencia solo cuando comenzamos a hablar sobre las fuerzas activas, creativas en funciones, que, más que adaptarse, se oponen a esta realidad represiva, y también cuando hablamos sobre los nuevos ideales e intentos de una nueva relación entre los sexos. Es solo al interior de la clase trabajadora que esta activa oposición toma forma.

Ello no quiere decir que otras clases y segmentos de la población (en particular la intelligentzia de la clase media que, por las circunstancias de su existencia social, se mantiene muy cercana a la clase obrera) no adopten las «nuevas» formas ensayadas por la clase trabajadora progresista.

La burguesía, motivada por el deseo instintivo de respirar nueva vida en sus formas débiles y muertas de matrimonio, agarra las nuevas ideas de la clase trabajadora. Pero los ideales y códigos de la moralidad sexual que desarrolla la clase trabajadora no satisfacen las necesidades de clase de la burguesía, pues reflejan las demandas de la clase obrera y por consiguiente sirven como una nueva arma en su lucha social; contribuyen a estremecer las bases de la dominación social de la burguesía.

Permítannos aclarar este punto con un ejemplo. El intento de la intelligentzia de la clase media de remplazar el matrimonio indisoluble por el más libre, más fácilmente rompible vínculo del matrimonio civil, destruye las bases esenciales de la estabilidad social de la burguesía.

Destruye la familia monógama orientada hacia la propiedad. Por otra parte, una mayor fluidez en las relaciones entre los sexos coincide y es, incluso, el resultado indirecto de una de las tareas básicas de la clase trabajadora. El rechazo al elemento de «sometimiento» en el matrimonio viene a destruir las últimas ataduras artificiales de la familia burguesa.

Este acto de sumisión por parte de un miembro de la clase obrera a otro, así como el sentido de posesión en las relaciones, tiene un efecto dañino en la psiquis del proletariado. No es del interés de esa clase revolucionaria elegir solo a ciertos miembros como sus representantes independientes cuyo deber es servir al interés de clase antes que al interés individual de la familia aislada. Los conflictos entre los intereses de la familia y los intereses de clase que afloran en los momentos de huelgas o durante la lucha activa y el patrón moral con el cual el proletariado observa ese acontecimiento, son una clara evidencia de las bases de la nueva ideología proletaria.

Supongamos que asuntos familiares requieren de un empresario que retire su capital de una firma en un momento en que la empresa confronta dificultades financieras. La moral burguesa es clara: dividen un estimado de sus ganancias, «los intereses de la familia van primero».

Podemos comparar con esta actitud la de los trabajadores hacia un rompehuelgas que desafía a sus colegas y va a trabajar durante la huelga para salvar a su familia de pasar hambre, «los intereses de la clase van primero». He aquí otro ejemplo. El amor y la lealtad del esposo de clase media hacia su familia son suficientes para desviar a su esposa de cualquier interés que no sea la casa, la crianza de los hijos y la cocina. «El esposo ideal puede sostener la familia ideal», es la forma en que la burguesía entiende el problema. Pero, ¿cómo observan los trabajadores cuando un miembro «consciente» de su clase cierra los ojos de su esposa o novia hacia la lucha social? Por garantizar la felicidad individual, por la seguridad de la familia, la moral de la clase trabajadora demandará que las mujeres formen parte de la vida que se desenvuelve más allá de la entrada de la casa. El «cautiverio» de las mujeres en la casa, la forma en que los intereses de la familia se sitúan por encima de todo lo demás, el extendido ejercicio de los derechos absolutos de propiedad del esposo sobre la mujer, todas estas cosas se rompen por el principio básico de la camaradería. Este principio de camaradería es fundamental para la ideología de la clase trabajadora. Dibuja y determina todo el desarrollo de la moralidad proletaria, una moral que contribuye a reeducar la personalidad del hombre, al permitirle ser capaz de sentir, de liberarse en lugar de estar atado al sentido de propiedad, capaz del compañerismo en lugar de la desigualdad y la sumisión.

Es una vieja verdad que cada nueva clase que desarrolla como resultado un avance en el crecimiento económico y la cultura material, ofrece a la humanidad una nueva ideología apropiada. El código del comportamiento sexual es parte de esta ideología. Sin embargo, vale decir algo sobre la «ética proletaria» o la «moralidad sexual proletaria» para criticar la bien utilizada idea de que la moral sexual del proletariado no es más que «superestructura y que no hay lugar para cambiar en esta esfera hasta que las bases de la sociedad hayan cambiado». ¡Como si la ideología de ciertas clases se formara solamente cuando se completa la ruptura en las relaciones económicas, que garantizan el dominio de esa clase! Toda la experiencia de la historia nos enseña que un grupo social trabaja su ideología y, consecuentemente, su moralidad sexual en el proceso de lucha contra las fuerzas sociales hostiles.

Solo con la ayuda de nuevos valores espirituales, creados como respuesta al interior de los intereses de la clase, podrá esa clase arreglárselas para fortalecer su posición social. Solo podrá ganar exitosamente el poder de esos grupos en la sociedad que le son hostiles si se sujeta a las nuevas normas e ideales. Buscar el criterio básico para una moral que pueda reflejar los intereses de la clase trabajadora y ver que las normas sexuales en desarrollo estén acordes con estos criterios, es la tarea a ser enfrentada por los ideólogos de la clase trabajadora. Hemos de comprender que solo haciéndonos conscientes del proceso creativo que transcurre al interior de la sociedad y de las nuevas demandas, los nuevos ideales y las nuevas normas que se están formando, solo al dejar claro el golpe de la moral sexual de la clase progresista, es que podremos encontrar el sentido en el caos y las contradicciones de las relaciones sexuales y encontrar el hilo que permitirá deshacer la bien enrollada maraña de los problemas sexuales.

Debemos recordar que solo un código de moralidad sexual en armonía con los problemas de la clase trabajadora puede servir como una importante arma para fortalecer las posiciones de lucha de la clase trabajadora.

La experiencia histórica nos enseña bien esto. ¿Qué puede detenernos para utilizar esta arma en beneficio del interés de la clase trabajadora, esta lucha por un sistema comunista y por nuevas relaciones entre los sexos que sean más profundas y más alegres?

* Tomado de Alexandra Kollontai: «Sexual Relations and the Class Struggle» (1921), Marxists. org, «The Alexandra Kollontai Archive». Publicado: enartemisa

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