dimecres, 23 de maig de 2012

¿Amor en crisis?, H.R.Herzen



Mi prima me ha invitado a su boda dentro de tres meses. Yo pienso que cuando las invitaciones de boda dicen algo tan dulce como “nos queremos todos los días por eso hemos elegido un día para celebrarlo” pero incluyen un número de cuenta de banco, algo no va bien o nada ha cambiado tras décadas de supuestos cambios en el mundo matrimonial. El amor es como la “crisis”: nadie la ha visto, todos hablan, pero nadie la sabe explicar; pensamos que sabemos lo que significa pero no la hemos vivido realmente, solo algunos de sus efectos colaterales y controlados, ¿existe? Lo mejor sería prenderle fuego y que las llamas definan su futuro; puede arder por un buen tiempo y dar maravillosos frutos o convertirse rápidamente en tristes cenizas. De nuestro empeño y empatía dependen la vivacidad de la fogata y el rumbo que tome; no podemos cambiar la fuerza ni la dirección del viento, pero sí la orientación de nuestras velas y siempre nos quedarán los remos.

Casarse es todo un reto, me parece de oro olímpico, aunque no es el tema ahora; la modernidad liberalizó el campo de batalla de las relaciones sexoafectivas que se mantienen estables entre dos personas y se proponen la convivencia y otros proyectos comunes. Sobre ellas hay una infinidad de tratados aunque la mayoría de sexólogos que abordan el amor y las relaciones nunca contemplan ni siquiera como excepción la posibilidad de otros modelos de relación sexoafectiva diferente a la monogamia heterosexual: qué bonito sería transformar la clandestinidad del adulterio por la delicia del sexo en libertad, aunque la primera también tiene sus encantos pero elevadas contraindicaciones.


Así, tras una amplia base experimental los expertos arguyen que creer en una relación ideal es frustrarse sin remedio porque todas las conclusiones pseudocientíficas dicen que no es posible mantener la pasión con el paso del tiempo y mucho menos que todo sea tan perfecto como parece en el momento del enamoramiento —la relación ideal—. Contradictoriamente, proponen remedios y recomiendan fórmulas mágicas para mantener la chispa adecuada, para construir la relación siempre perfecta; y el error es dejarse llevar por esas alucinaciones pues no se equivocan en la base del diagnóstico y los efectos del paso del tiempo. Vivir el amor con un manual es más complicado que no mojarse los pies caminando por la ciudad de los arroyos en plena tormenta tropical.

Toca asumir la realidad aunque a toda regla hay que buscar alguna excepción y el otro día me encontré con dos románticas rarezas durante 11 horas. Una mujer de más de 70 años me confesaba que no podía alejarse más de dos semanas de su marido con quien lleva 48 años casada porque se aburría y no se encontraba bien: mantenía la ilusión y la alegría por la convivencia con ese hombre a pesar que la distancia fuera para visitar a sus hermanos e hijos. A mi derecha se sentaba otra mujer de 53 años para quien tras un matrimonio “que duró 11 años pero a los 3 ya tenía que haberse acabado” en esta segunda relación cada día era una nueva luna de miel. Me alegraron un largo viaje con sus divertidas conversaciones y amenas confidencias.

Guste o no, el deseo desenfrenado, la pasión desbordada y el ímpetu sexual —que tanto atrapan y hacen florecer universos utópicos— aflojan con el tiempo y se desplazan hacia otros centros de atención; aunque no es automático. Al principio solo las obligaciones ineludibles y el agotamiento o impedimento físico logran calmar las más salvajes y suaves arremetidas contra el sofá, la mesa, el baño, la pared, la lavadora, el espejo y otra vez el sofá hasta la calma y la insaciabilidad en la cama, la ducha o el balcón. A veces la madurez de las implicadas logra que se alejen por horas, días, semanas e incluso meses para organizar cada cual su propia vida y fortalecer los vínculos en vez de desgastarlos. Luego ese ansia por habitar la piel de la persona amada se suele balancear hacia el placer por cuidar, compartir, aprender, crecer. Si eso no sucede, yo prefiero que corra el aire: el sexo es alucinante, me encanta, pero con amor se mantiene explosivo, volcánico, huracanado, sublime, delicioso.

¿Existen estrategias para mantener esa pasión a largo plazo? ¿Es necesario? Los antiguos alquimistas murieron buscando la piedra filosofal, otros seres murieron persiguiendo la inmortalidad, mi padre juega cada semana la quiniela o la lotería y tres o cuatro veces al año gana un reintegro. Si el amor es fuerte, sincero y mutuo no hay de qué preocuparse por la priorización de otras facetas del amor y las relaciones, todo fluirá aunque haya desajustes de tiempos, momentos y necesidades. Si hubiera alguna receta para sobrellevar esa aparente pérdida, la base podría ser la paciencia y la comprensión de los fenómenos que nos rodean. Somos una fábrica de drogas naturales cuando nos enamoramos. La lógica —la teoría— nos dice que ver los defectos de la persona de quien estás enamorada es difícil químicamente hablando: las hormonas bajan el cociente intelectual y la capacidad de observación; la dopamina aumenta la euforia y la dependencia, que son síntomas de adicción. El colocón lo cocina el cerebro: el alto nivel de norepinefrina produce euforia y pérdida del apetito; el bajo nivel de serotonina tiene que ver con la obsesión de estar con la persona amada.

Si ya es complicado luchar contra adicciones como el alcohol, el chocolate o la televisión, imagina enfrentarte contra tremendo cóctel hormonal en un medio propicio para ver la vie en rose: películas de amor eterno; canciones y más canciones que te piden a gritos buscar a alguien a quien hacer tuyo; o la familia que te recomienda sentar cabeza con un trabajo, una pareja y una hipoteca. Sin lugar a dudas, la falsa competencia para que “no se te pase el arroz” atrofia los sentidos y hace buena la teoría del menos malo. Ese drama es el que jode toda la estructura social: aceptamos cualquier sometimiento por un bien extraño que opaca toda alternativa vital. Mientras a eso le llamemos “amor”, aceptaremos que a la bajada de salarios los empresarios le llamen “devaluación competitiva de los salarios”.

La resistencia al modelo es necesaria, ceder un paso sin pelear es resignarse a perder. No me gusta dejarme engañar por la corriente, no veo telediarios, no me creo a ningún gurú. Lo mejor es mantener un optimismo bien informado, un realismo mágico, un escepticismo positivo, una locura racional que integre la cordura más ebria de amor. Las respuestas se construyen con el caminar del calendario. Si no puedo cruzar un río sin mojarme los pies, buscaré una mano amiga en quien apoyarme o me quitaré los zapatos. El presente es más importante que cualquier futuro soñado porque precisamente es la base de ese mismo futuro.

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