dilluns, 30 de gener de 2012

Amor y capital. Hacia una reinterpretación de la economía en amores, Orlando Tengri


Las relaciones monógamas y monoamorosas hayan su justificación plena dentro del sistema capitalista en cuanto a que es la propiedad privada lo que prevalece. Más allá de las mercancías también se tiende a pensar en las personas como propiedades, se les mercantiliza y se les corporativiza en instituciones como la pareja exclusiva, el matrimonio y la familia. El individuo uniamoroso tiende a apropiarse de otro individuo uniamoroso, y para marcar como suya la propiedad privada cuenta con los celos que delimitan colindancias con la parcela del vecino.

Quienes participan de estos amores fluctúan las más de las veces entre el nomadismo amoroso y la monogamia serial, ya que en el mejor de los casos y de acuerdo a esta lógica, cada vez que se comprometen las personas pueden pensar que esta vez sí será para toda la vida. Pero la vida es mucho más compleja que las necesidades y los deseos apasionados que caracterizan la etapa de enamoramiento; de esta manera el príncipe azul y la princesa encantada más pronto que tarde comienzan a perder lustre desde el punto de vista de la pareja, quien juzga tal deterioro como anormal y fuera de rango, porque bajada de su pedestal el objeto amoroso ya no se ve tan imponente como antes. Degradado el brillo, es necesario y preferible cambiar de pareja a la rancia opacidad de la propiedad que ha expirado en su fecha de caducidad. El ciclo de los amores se acompleta, intercalado por periodos de soledad, pero ésta espanta, entonces lo mejor es tomar y poseer otra pareja lo antes posible, así el nómada puede moverse sin sentir pena por lo que deja atrás, el compromiso dura mientras dura la relación, que el nuevo propietario se encargue del reciclaje y de arreglar los daños del pasado.

Las relaciones entre personas comienzan a comportarse y por tanto ser consideradas como artículos de supermercado, consumibles lo más rápido posible y desechables antes de un abrir y cerrar de ojos, no es de extrañar que la tasa de divorcios siga aumentando, y no es que esté a favor de que se mantengan unidos destrozándose al interior de un matrimonio que estaba condenado al fracaso desde antes de iniciar sino que urge la desconstrucción de la cultura del amor prevaleciente y sus paradigmas, una revisión de los afectos, los celos, honestidad, fidelidad, lealtad, congruencia, compromiso, complicidad y tantos otros temas que tocan a la ética y a otros aspectos de la filosofía de vida.

Para controlarnos, el mercado-sistema nos mantiene en una constante sensación de abstinencia. Adictos a las relaciones aunque nos destrocen, necesitamos de ellas para equilibrarnos, la soledad es lo peor porque no se consume y es entonces el mercado quien pierde, por tanto la soledad verdadera es la que prevalece, aún teniendo pareja. Dentro de la lógica del capital, la oferta y la demanda de bienes afectivos indican que en amor debe haber mayor demanda que oferta, así todos y todas están que se las pelan por un amor, el que sea pero que sea su amor, tal como lo ven ellas y ellos, el amor absoluto, pero hay demasiada demanda ya que todos o casi todos quieren uno para sí, pero no lo encuentran porque pocos cubren la larga lista de atributos que la realeza amorosa impone, entonces los intercambios afectivos escasean, pocos liberan su amor hacia los demás con temor justificado o no de que se lo roben, de que se lo lleven y no se lo retribuyan como la economía amorosa exige, porque son intercambios de lo que se trata, "tú me das un poco de afecto, yo te doy otro tanto", debe ser regulado, son locos quienes proponen que el amor erótico-afectivo es expansivo, que se puede dar y en cantidades ilimitadas al otro, a los otros, son bizarros y "losers" estos que proponen que en la cantera del amor hay cantidades ilimitadas de bienes afectivos y que su generación y distribución no requiere más que de la voluntad de la persona, el querer ofrecerlo sin esperar que se lo regresen de manera plusválica, como si de un intercambio mercantil se tratase, pocos están dispuestos a ser tan generosos como para dar el paso, porque implica una revisión de paradigmas que la sociedad a través de la violencia simbólica ha implantado como microchips en los corazones de las personas para regularlas y así poder explotarlas a su gusto al esclavizarlas al otro.

En el amor monoamoroso prevalece la explotación que se hace de la pareja y de la familia producto de esta relación. Una utilización retroalimentativa para el sistema, porque éste se nutre de la esclavización que hacen unos individuos sobre otros, y si la explotación es mutua pues mejor, así los esclavos son amos a la vez. Esta explotación se realiza por medio del padrotazgo y madrotazgo, de la prostitución en que las personas que se prostituyen son las mismas que se padrotean y madrotean, porque a quién explotar sino a la pareja sobre la cual tenemos poder, así una persona se prostituye en el hogar (cocina, recámara, sala) y la otra en el trabajo para poder pagarse un rato de relación y para que ambos reciban el pago por los servicios mutuos, las personas se explotan hasta más no poder, y viven en una tranquila infelicidad, aunque en su fuero interno sepan que es incorrecto.

Reprimir el impulso del deseo es primordial, que la civilización y cultura se basen en el control y autocontrol de sí mismos, por ello las personas libres son profundamente hedonistas pero sin la carga individualista sino por el contrario son personas que se entregan a la sociedad, como en los amores plurales precisamente. Hay quienes proponen la dupla amigovios y amigovias, amigos y novios a la vez, que los compañeros amorosos sean también amigos para que al fin deje de hacerse la pregunta imbécil: ¿es tu amigo o tu novio? como si fuesen eternos antagonistas.

Publicado en libertariayfeminista

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