dijous, 19 de gener de 2012

Dime cómo amas y te diré quién eres, H.R.Herzen


El amor, esa historia, la más bella, es la que pretende relatar Dominique Simmonet a través de diferentes entrevistas en La más bella historia del amor. Explica que la historia del amor es la historia de la liberación de los yugos sociales y religiosos para reivindicar el derecho al amor y que las revoluciones han sido enemigas del amor porque el amor es la revolución dentro de la revolución, la conquista de la libertad total y el derrumbe de la jerarquía: el amor es demasiado revolucionario para la Revolución con mayúsculas.

Aparentes contradicciones y paradojas persiguen lo que debería ser lo más bello y acaba siendo lo más trágico y dramático. Cómo conseguir un triángulo ideal entre amor, sentimiento y placer es la pregunta constante. Mientras todos los poderes públicos han pretendido controlar el amor y regular el matrimonio parece que hoy en día deseamos al mismo tiempo amor loco y seguridad, monogamia y sexo con otras personas, lo queremos todo y ¡ahora!. A su vez, soñamos con un amor sencillo y libre, pero le tememos y huimos: vuelta a empezar...
En esta época paradójica en la que deseamos un amor duradero que cultive el placer el divorcio es la garantía del matrimonio feliz ya que el miedo a perder la relación obliga a cuidarla. Según Rousseau, el consentimiento mutuo es la base de todo compromiso amoroso pero sin embargo el adulterio sigue siendo el refugio de gran parte del placer.

Paradojas de la vida, parece que dar autonomía a las personas produce un efecto perverso: hace que les cueste mucho más aceptar su angustia de vivir o su malestar. No acabamos de entender por qué la diversidad (libertad) de opciones en vez de abrirnos puertas nos mete en laberintos infinitos donde cada disyuntiva multiplica los deseos y las incertidumbres.

Cada vez más difícil: tenemos miedo de ser convencionales pero rechazar por principio una convención también es una convención. Tantos siglos de represión a la sexualidad que cuando hoy parece que rompe tabúes se lleva por delante el amor, el afecto por el otro, el deseo de ayudar, la solidaridad.

Los caprichos de la pasión nos sitúan en un bucle hipócrita donde reprimimos algo por lo que sentimos una terrible obsesión. Anhelamos y castigamos la desnudez que además se usa para vender productos mientras el placer sigue tan silenciado como deseado.

El sexo siempre ha sido un coqueteo con el diablo y le exigimos placer y deseo sin frenos. Buscamos buenos amantes y somos demasiado exigentes, caprichosas e impacientes pues la ausencia de sexo feliz nos genera inquietud y es fuente de traumas. Vinculamos la felicidad al amor y eso no siempre aporta felicidad; siempre existen otras actividades o sentimientos que quizá nos aporten más felicidad. La felicidad es la religión, el nuevo paradigma, y nos olvidamos que en el amor hay tempestades a las que hay que buscar la manera de afrontarlas si anhelamos el concepto global. Seguimos con las paradojas: elegir también es renunciar.

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