dissabte, 21 de gener de 2012

¿Qué tal empezar a cumplir tus fantasías antes de tiempo?, H.R.Herzen


Siempre he confiado en las personas a quienes les gusta jugar a ajedrez y casi lo hago ciegamente en quienes hacen de la bicicleta su vehículo cotidiano. Confío en la sencillez y en la calma, en el silencio y la facilidad de elección y tengo la seguridad de que la mayoría de personas tienen esas cualidades pero no las muestran o no las conocen todavía. Me aburren quienes se llenan de excusas y para cada solución buscan un problema.

Me enamoran quienes corren hasta el final de sus fuerzas por conseguir un pan caliente relleno de chocolate; me encantan las personas que se atreven a caminar descalzas por la selva sorteando hormigas devoradoras; suspiro por valientes que duermen entre fieras aunque tengan que taparse la cara con sábanas de princesa; me despiertan los deseos más bellos quienes tienen la capacidad de bañarse desnudas aun con el riesgo de ser revolcadas por olas gigantes.

Lo del ajedrez no es banal. Jugar con otras personas sirve para conocerlas mejor y saber cómo actúan y resuelven sus encrucijadas. El ajedrez no es más que el mapa de la vida donde tácticas y estrategias se revuelcan en un tablero limitado a 64 cuadros con alto contraste que condensan infinitas posibilidades que se abren y cierran como acordeón.
La paradoja de la elección se muestra ahí más claramente. Todo el mundo estaría de acuerdo en que tener elección es mejor que no tenerla y cuántas más tengamos será mucho mejor. ¿Pero por qué sucede que llega un punto en el que cuantas más posibilidades de elección, más difícil es elegir e incluso peor se sienten las personas? Cuantos más bolsillos tienes, hay más probabilidades de pensar que has perdido una linterna.

Es por eso que a la reina de mi ajedrez no le gusta quedarse pegada a un torpe rey que apenas se mueve y le supone una pesada carga. Salta por donde quiere con los caballos y organiza juergas con los alfiles, es amiga de las torres y baila con todos los peones. Pero no soporta al rey aburrido que nada le aporta y aunque toque cambiar todas las normas pronto lo sacará del tablero para jugar sin él. Lo triste es que pocos contrincantes querrán jugar diferente y clamarán santiguándose «¡Siempre ha sido así!» y quizá tocará disfrazarse de hoja en otoño o de oso polar hivernando.

Es como marcarse retos en la vida. Beber agua de coco en el Caribe es de lo más sencillo —igual que cortarse el pelo una misma—  pero volar libre con el viento requiere otras habilidades ya que además hay que saber tomar tierra de vez en cuando para poder volar más y más alto. Si alguna vez despiertas con ganas de huir, sólo vuelve la vista atrás para recordar cosas bonitas y correr con más fuerzas.

Por el camino habrá más primaveras así como otros destierros y oportunidades para evidenciar lo difícil que es sonreir en este valle de desilusión. En cualquier otro cruce volveremos a tropezar con la misma piedra aunque nuestros cuerpos estarán más arrugados y nuestra experiencia ayudará a fluir el amor de otra manera. Sí, porque ese sentimiento es como agua; puede ser un río, lluvia, hielo, vapor, mar o un gigante océano pero es uno de los mejores transmisores y quita la sed que, sin duda, es la antesala del infierno.

La libertad es nadar desnuda y mirar todas las estrellas. La libertad es el camino y apenas tiene paradas, no nos podemos quedar quietas pues corremos el riesgo de convertirnos en estatuas de sal. Por esos lados el sexo no puede ser el límite ya que además de ser una fuente de placer lo es de toda clase de hormonas que nos regulan emocional y neurológicamente. La fidelidad es un concepto creado para generar en los antiguos esclavos el compromiso de servir a un señor (fidelitas en latín significa servir a un dios, a uno solo). Fidelidad era una promesa por la que el esclavo se disponía a “pertenecer y servir” a cierto señor y a ningún otro a cambio de cierta “protección”, comportamiento puramente mafioso de quienes sentaron las bases de la civilización occidental. Un asco porque luego mira la descendencia que nos dejan.

Saber silbar mientras caminas es tan difícil y necesario como saber eructar tras unos litros de gaseosas. Es tan importante como avisar antes de que llegue el naufragio para esquivar la urgencia que todo lo daña y tumba los puentes construidos. No es sencillo llenar ciertos vacíos, dejarán de soñar las estrellas y habrá que volver a sobrevivir. Quizá haya que ponerle pruebas al destino y hacerle apuestas que no sepa ganar: ¿qué tal empezar a cumplir tus fantasías antes de tiempo?

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