dimarts, 11 de setembre de 2012

La isla (fragmento), Juan Goytisolo


—Celia tiene un amante.
—¿Sí? —dije—. ¿Cómo lo sabes?
—No te tomes la molestia de fingir. Estoy al corriente de todo. Ella y el jovenzuelo se largaron ayer de Churriana y me dejaron plantado. La infeliz no tiene la menor experiencia de la vida y el individuo ese la ha camelado y quiere arrastrar su buen nombre por el arroyo. Pero te juro que no lo conseguirá.
Gregorio iba elevando la voz y los niños se acercaron a curiosear. Con un ademán les indiqué que se alejasen.
—No, no lo conseguirá. Seré imbécil y todo lo que tú quieras, pero lo ocurrido ayer me ha abierto los ojos. A mí nadie me pone el gorro delante de las narices. Y, menos, un tipo de su calaña.
—No te entiendo —dije.

El individuo en cuestión ha estado en la cárcel por rojo. Esa gentuza no tiene principios, ni moral, ni nada. Como no reconocen la propiedad consideran que todo es suyo. Los rusos los envían aquí para desmoralizar el país y abusan de la ignorancia y buena fe de la gente. Pero hasta aquí podíamos llegar. Si la Autoridad no toma inmediatamente sus medidas zanjaré el asunto por mi cuenta...
—¿Cómo?
—Voy a desafiarle. Ya sé que te parecerá ridículo lo que digo, pero lo hago pensando en los demás. Esa canalla constituye un peligro para todos. Ya viste lo que hicieron en el treinta y seis. Robos, incendios, asesinatos... Si no nos defendemos ahora, nos apuñalarán un día por la espalda.
Hablaba atropelladamente y alzó los ojos implorando mi ayuda. El sudor rezumaba de nuevo por su rostro. Aguardé unos segundos en silencio y encendí un cigarrillo.
—Gregorio, tú me decepcionas —dije—. Sí, me decepcionas de verdad. Me había forjado una idea distinta de ti. La idea de un hombre libre, evolucionado, sin falsos escrúpulos, en una palabra, moderno, y veo que me he equivocado. —Gregorio permanecía pendiente de mi discurso y continué—. Eso os pasa por tontos. Queréis imitar a los americanos y los imitáis mal. Para vivir como ellos, uno ha de estar muy baqueteado, ha de saber llevar los cuernos con gracia. Mira a Gerald. Él sí es moderno. Los españoles os buscáis una amiguita, bebéis un poco de uisqui e imagináis que sois como ellos, y no señor. Os equivocáis, metéis la pata. En cuanto sentís un pitón en la frente parece que el cielo se os caiga encima. En seguida habláis de honor, de venganza, de desafiar a otro, y no es eso. Cuando uno se pica de moderno debe ser moderno hasta el final. No se puede ser hoy una cosa, y mañana otra, y pasado una tercera, porque entonces nadie te tomará en serio. Y que la gente no tome a uno en serio es lo peor que puede ocurrir a un hombre.
Gregorio escuchaba cabizbajo y encendió un cigarrillo con dedos temblorosos.
—¿Qué harías tú en mi lugar?
—Hacer, lo que se dice hacer, no haría nada. Deja que se arreglen los dos. Ni Celia te quiere ni tú la quieres a ella. De ahora en adelante podrás ir tranquilo con tu amiguita. El muchacho, sin proponérselo, te ha hecho un favor. En realidad, debieras darle las gracias.
—¿Tú crees?
—Desde luego. Invítale a tu casa con Miss Bentley y, luego, alternáis los cuatro. Los matrimonios modernos hacen eso. Uno por un lado, otro por otro, y en paces. Como en el cine.
Media hora más tarde, Gregorio se despidió transformado. La idea de liarse a tiros con Jorge le aterraba y comprendí que le había quitado un peso de encima. Al llegar a la verja encendió un puro y salió a la calle con porte de triunfador.

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