dissabte, 29 de setembre de 2012

La tentación de la inocencia (Frag.), Pascal Bruckner


Amar significa conceder al otro, con nuestro total consentimiento, plenos poderes sobre nosotros, significa volverse dependiente de sus caprichos, ponerse bajo la férula de un déspota tan antojadizo como encantador. Con una palabra, con un mero súbito cambio, el amado puede hacerme tocar el cielo o morder el polvo. Encadenarse a aquel o aquella del cual ya nada se saber a fuerza de adoración significa colocarse en estado de vulnerabilidad, descubrirse desnudo, cautivo, sin defensa. El ser amado no sólo se transforma en un extraño a medida que nuestras relaciones ganan en intimidad; representa sobre todo la posibilidad del éxtasis pero también del hundimiento. Escucharlo, venerarlo, esperarlo significa someterse a un veredicto absoluto: soy admitido o rechazado. De la persona que nos es más querida podemos por lo tanto temer lo peor: su pérdida o su huida significarían mutilación de una parte esencial de uno mismo. El amor nos redime del pecado de existir: cuando fracasa nos aplasta con la gratuidad de esa vida. Lo atroz del sufrimiento amoroso estriba en ser castigado por haber querido colmar al otro con todo el bien posible amándolo; se trata de un castigo no por una falta, sino por una ofrenda rechazada. Y el no que reciben quienes suspenden en el amor no admite apelación; no pueden acusar a nadie más, son devueltos a su propio desamparo.


Existe por supuesto una felicidad de amar, una felicidad del codo a codo, de la complicidad, de las adversidades compartidas, una felicidad de poder desprenderse de la propia imagen y de entregarse con toda confianza al otro, pero en una felicidad que contiene los gérmenes de su propia destrucción si degenera en calma dominical. Es indudable que siempre se puede desalojar al otro de su posición eminente y a fuerza de vida compartida hacer que se vuelva previsible, tan familiar como un mueble o una planta. Pero se trata de un triste progreso y en nuestras relaciones oscilamos entre el miedo de no comprender al otro y la desesperación de conocerlo demasiado bien. El ser amado nos inflige una primera herida cuando nos parece pletórico de una energía intensa y fascinante que nos agotamos tratando de de seguir o de prever. Hay una segunda herida que es fruto de la excesiva transparencia de un otro demasiado humano, demasiado previsible que, al perder su soberbia, su fiereza, también ha perdido todo su sabor. En este ámbito la victoria no se distingue de la derrota y se oscila constantemente entre la violencia de lo desconocido y el aplacamiento de lo demasiado bien conocido. En un caso el otro se me escapa y trato desesperadamente de darle alcance, en el otro, me escapo yo en la medida en que se ha vuelto accesible, se ha integrado en el curso normal de mi existencia. Estaba arrebatado, no me pertenecía, estaba dividido; ahora me vuelvo a encontrar, me recupero. Pero, cambiando la debilidad por la seguridad, también he perdido un tumulto necesario, pues el peor de los horrores es sobrevivir en pareja inmerso en un automatismo apacible. Una vez resuelto el persistente enigma que representa, el otro se banaliza: lo he amaestrado tan bien para no sufrir más por su alejamiento excesivo que ahora padezco el estorbo de su proximidad. Todavía ayer me parecía ausente, incluso en el momento de la más estrecha conjunción carnal, y vivía con el terror de que me abandonara; ya ahora se ha vuelto previsible, reducido a la mecánica de un «cariño» que ha absorbido toda capacidad de sorprenderme.

Todos nuestros amores no son desdichados, por supuesto, pero todos son atormentados por el espectro de su extinción. No hay pues solución para el sufrimiento amoroso: como insomnes, nos limitamos a cambiar de costado, a oscilar entre la tristeza del desgarro y la de la monotonía, entre la felicidad como tensión y la felicidad como apaciguamiento. No hay arrebato pasional que no esté alimentado por la inquietud y el amor no es más que un estado de dolor eufórico, tan intolerable como divino. Ésa es su paradoja: es una angustia generadora de goce, una servidumbre maravillosa, un mal delicioso cuya desaparición nos aniquila. Quien no asuma el riesgo de sufrir es incapaz de amar. Ningún sexo posee el privilegio del deslumbramiento y de la desesperación; la especialización aguda de la sensibilidad sobre un ser se acompaña de tantas dudas como de deleites. Amar significa vivir la alianza indisoluble del terror y del milagro.

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