diumenge, 27 de gener de 2013

Hamam, Alia Mamduh


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Éste es el día de la tía Farida. En la cesta de palma trenzada ponía un botella de agua, peras, una sandía pequeña, una piedra pómez, el guante negro para las fricciones y su frasco de perfume de color azul, las ropas limpias y la pastilla de jabón de cardamomo. Íbamos al hamam.
En la primera sala no hacía mucho calor. Niñas y mujeres secándose el pelo y las extremidades. La algarabía del gritar iraquí y los aullidos de las más ancianas. Mujeres que se dan masajes unas a otras. Cuando entras a la segunda sala, aumenta el chapoteo del vapor. Allí verás el susurro de los cuerpos barnizados de calor, agua y sudor. Jadeos entrecortados y chillidos que rasgan los tanques de agua. Las fronteras están abiertas en los baños iraquíes, y la única lengua que sirve para comunicarse es el tacto.
Todo se desliza ante tus ojos. Las manos te asen, te enredan entre sus muslos, te desanudan las trenzas, te empapan de agua, te enjabonan y vierten sobre ti cazos de agua caliente, aúllas. Me cepillan el pelo. Muero entre las manos de esas mujeres, la espuma de jabón ciega mis ojos. La tía Farida suspira y se inclina sobre sus rodillas. Sus pechos me introducen en un estado de sopor, sus pechos, el jabón, el vapor y todo ese estrépito. Me enrosca entre sus muslos y me extiende las piernas. Tiene el pelo mojado, largo, suelto, ligero y suave. Te rindes, te duermes, tu piel ya está vacía, vacía de sus secretos, la suciedad también es un secreto.

Alia Mamduh, escritora iraquí.

republicado del audioblog pogue mahone

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