divendres, 27 de juliol de 2012

Teoría King Kong (frag.II), Virginie Despentes



Nací en 1969. Fui a un colegio mixto. Supe desde los primeros cursos que la inteligencia escolar de los niños era la misma que la de las niñas. Llevé minifalda sin que nadie de mi familia se preocupara por mi reputación frente a los vecinos. Empecé a tomar la píldora a los 14 años sin más complicación. Follé desde que tuve la primera ocasión, me gustaba muchísimo en esa época y, veinte años después, el único comentario que se me ocurre al respecto es: «mejor para mí». Me fui de casa a los diecisiete años y tuve derecho a vivir sola sin que nadie pudiera decirme nada. Siempre he sabido que trabajaría, que no estaba obligada a soportar la compañía de un hombre para que me pagara el alquiler. Abrí una cuenta corriente a mi nombre sin ser consciente de que pertenecía a la primera generación de mujeres que podían hacerlo sin depender de su padre o de su marido. Empecé a masturbarme bastante tarde, pero ya conocía la expresión después de haber leído libros muy claros sobre la cuestión: no era un monstruo social porque me masturbaba, en todo caso, lo que hacía con mi coño era asunto mío.
Me he acostado con cientos de tíos y nunca me he quedado embarazada y, de todos modos, sabía donde abortar, sin necesidad de autorización, sin poner mi vida en peligro. He sido puta, me he paseado por la ciudad con tacones altos y escotes largos sin rendir cuentas a nadie, cobraba y me gastaba cada céntimo que ganaba. He hecho auto-stop, me violaron, y después volví a hacer auto-stop. Escribí un libro que firmé con  mi nombre de mujer, sin imaginarme por un segundo que cuando fuera publicado vendrían a recitarme la cartilla de todas las fronteras que no debo cruzar. Las mujeres de mi edad son las primeras que pueden vivir una vida sin sexo, sin tener que entrar en un convento. El matrimonio forzado se ha vuelto insólito. El deber conyugal ha dejado de ser una evidencia. Durante años, estuve a millones de kilómetros del feminismo, no por falta de solidaridad o de conciencia, sino porque, durante mucho tiempo, ser del sexo femenino no me impedía hacer gran cosa. Como tenía ganas de vivir una vida de hombre, he vivido una vida de hombre. Y es que la revolución femenina ha ocurrido. Basta de contarnos que antes estábamos más satisfechas. Los horizontes se han ampliado, nuevos territorios se han abierto radicalmente, hasta tal punto que hoy nos parece que siempre ha sido así.

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Las mujeres ganaríamos pensando mejor en las ventajas del acceso de los hombres a una paternidad activa, más que aprovecharse del poder que les confiere políticamente la exaltación del instinto maternal. La mirada del padre sobre el niño constituye una revolución en potencia. Los padres pueden hacer saber a sus hijas que ellas tienen una existencia propia, fuera del mercado de la seducción, que poseen fuerza física, espíritu emprendedor e independiente, y pueden valorarlas por esta fuerza sin miedo a un castigo inmanente. Pueden hacer saber a sus hijos que la tradición machista es una trampa, una restricción severa de las emociones al servicio del ejército y el Estado.

Porque la virilidad tradicional es una maquinaria tan mutiladora como lo es la asignación a la feminidad. ¿Qué es lo que exige ser un hombre, un hombre de verdad? Reprimir sus emociones. Acallar su sensibilidad. Avergonzarse de su delicadeza, de su vulnerabilidad. Abandonar la infancia brutal y definitivamente. Estar angustiado por el tamaño de la polla. Saber hacer gozar sexualmente a una mujer sin que ella sepa o quiera indicarle cómo. No mostrar debilidad. Amordazar la sensualidad. Vestirse con colores discretos, llevar siempre los mismos zapatos de patán, no jugar con el pelo, no llevar muchas joyas y nada de maquillaje. Tener que dar el primer paso, siempre. No tener ninguna cultura sexual para mejorar sus orgasmos. No saber pedir ayuda. Tener que ser valiente, incluso si no se tienen ganas. Valorar la fuerza sea cual sea tu carácter. Mostrar la agresividad. Tener un acceso restringido a la paternidad. Tener éxito socialmente para poder pagarse las mejores mujeres. (...) Privarse de su feminidad, del mismo modo que las mujeres se privan de su virilidad, no en función de las necesidades de una situación sino en función de lo que exige el cuerpo colectivo.

De tal modo que las mujeres ofrezcan siempre los niños a la guerra y los hombres acepten ir a dejarse matar para salvaguardar los intereses de tres o cuatro cretinos de miras cortas.

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