Quedar
a tomar café con una amiga casada resulta, cuanto menos, excitante.
El ritual es siempre el mismo. Nos citamos a hurtadillas del marido
en alguna cafetería clandestina, y en el rato que pasamos juntas
nos contamos atropelladamente lo que hemos vivido en ausencia de la
otra. Es como quedar con un preso que ha recibido un breve permiso
penitenciario.
Un
marido o una esposa es un cautivo en nombre de la conservación de
la especie, pero también un reducto tibio de protección, refugio y
paz. Y yo pertenezco a ese grupo de mujeres que mira con envidia a
sus amigas casadas. Con un hombre en casa te evitas las errantes
salidas nocturnas, el me quiere/no me quiere, las rupturas
imprevistas, las noches oscuras sin luna por dentro de la ventana...
