Tradicionalmente la sexualidad se ha
concebido como un ámbito de la experiencia humana situado al margen
del discurso, y concretamente, al margen del discurso político, al
ser entendida como una pulsión o instinto natural1. Sin embargo,
lejos de estar inscrita en la naturaleza, la sexualidad se construye
discursivamente2 y desempeña un papel esencial en la conformación
de un determinado orden social. De esta forma es regulada de
distintos modos en los distintos sistemas sociales, que propician,
favorecen e institucionalizan determinadas formas de expresión
sexual al tiempo que actúan de forma coercitiva o directamente
prohibitiva con respecto a otras que se consideran potencialmente
peligrosas y desestabilizadoras del orden social.
Sexualidad y reproducción son
reguladas socialmente, al tiempo que las modificaciones y
transformaciones en los discursos y las prácticas sexuales
constituyen un aspecto trascendental, y no marginal, en los procesos
históricos. Es por ello que la sexualidad debe ser historizada, es
decir, analizada y contemplada desde una perspectiva histórica y
sociocultural.








