Todo
el mundo está de acuerdo en
considerar al amor como un aspecto importante en la vida de las
personas. Hay quien considera que el ochenta por ciento
de la producción artística y cultural universal ha girado y gira en
torno a
este asunto tan vital y tan personal. Si partimos de la definición que
José
Antonio Marina enuncia de la evolución
humana “La Humanidad lleva doscientos
mil años saliendo de la selva de la Naturaleza e inventándose a sí
misma” ,
consideraremos que el amor es una construcción simbólica inventada por
la
inteligencia creadora a partir de una necesidad biológica, el parto
prematuro
de la cría humana. En efecto, las
especiales transformaciones anatómicas y fisiológicas ocurridas en el
cuerpo de la hembra humana a causa del Bipedismo, en los
orígenes de la especie, relacionadas con su aparato sexo-reproductor,
convierte
el parto en prematuro y la cría humana viene al mundo a medias de hacer,
sin
terminar, algo que no le ocurre a la mayor parte de las crías animales.
Esta invalidez vital de la cría humana plantea la necesidad evolutiva
de asegurar la
protección y el cuidado de una persona adulta que garantice su
supervivencia, lo que se logra mediante la
potenciación de una capacidad afectiva genéticamente heredada pero poco
desarrollada. El primer afecto
ontogenéticamente potenciado como recurso para la supervivencia de la
cría
humana es el apego y, a partir de él, el cerebro afectivo humano se
desarrollará considerablemente, hasta el punto de que las últimas
investigaciones llegan a la conclusión de que en la vida de las personas
es
mucho más importante el desarrollo y educación de la inteligencia
emocional que de la inteligencia
instrumental. En palabras de Félix López, catedrático de Psicología
de la Sexualidad,
de la Universidad Pública de Salamanca, al ser humano se le puede
definir
como “Un ser para amar y ser amado”.
