Un viaje a la felicidad en la película Nuit et jour de Chantal Akerman.
La normalidad es una serie de consignas culturales que metabolizamos en la vida en sociedad y que repetimos de manera inducida. Los triángulos amorosos se presentan en el cine mainstream o bien como aventuras sexuales de carácter especulativo o bien como triángulos escalenos con sus lados desiguales, una geometría desequilibrada que concluye en ruptura y en la que el placer es sucedido por la infelicidad.
En esas pautas del comportamiento amoroso de los seres humanos, cuando el amor es en gran medida una proyección de los deseos de los individuos, el cine juega un papel fundamental marcando modelos de conducta y ofreciendo códigos que el público comparte en esa metástasis colectiva que es la ideología del cine, a veces benigna y a veces perjudicial. Según esos modelos, la felicidad, el amor, se dan sólo entre dos. Hemos avanzado un poquito respecto a que necesariamente no deba ser entre un hombre y una mujer. Pero los tabúes acerca de la felicidad que proporciona lo colectivo, donde significaríamos positivamente el viejo aserto de que “dos son pareja y tres son multitud”, siguen vigentes en el cine, ya sea comercial o de nuevas sensibilidades.
