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| Foto: Ryan McGinley |
La tensión flotaba en el ambiente como lo hace el rocío cada mañana húmeda. Hacía poco más de dos semanas que habíamos planeado esta noche a la que habíamos llamado “Afrodita call” en honor a la diosa griega que se ocupaba de la belleza, la lujuria, la sexualidad y la reproducción. Aunque la idea había sido alumbrada entre cervezas y humo de cigarros aliñados por piedras narcóticas venidas de Marruecos, cuando Lucas volvió a sacar el tema estando sobrios todos confirmamos la apetencia de implicarnos en un “ménage à trois” ampliado a cuatro. Ninguno teníamos mayor experiencia que la adquirida tras usuales relaciones heterosexuales y superficiales encuentros homosexuales resultado de altas dosis de alcohol. Los únicos lazos que nos ataban eran los de una amistad que creíamos que no se resentiría compartiendo algo más que abrazos. Y ahí estábamos con la sangre en las mejillas y toda nuestra ropa acumulada bajo un árbol, esperando a ver quién cogía la batuta y dirigía este cuarteto al que el instinto poligámico había convocado en un paisaje otoñal.
