PREFACIO (Fragmento): La feliz voluptuosidad de las líbidos
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Hasta que cumplí los diez años tengo el recuerdo de haber errado sin dolor, como espectador de mí mismo, a la búsqueda inconsciente de una cartografía útil a mi desplazamiento en el universo sexuado. El tiempo que separa la inconsciencia espesa de los primeros vislumbres de lucidez se compone de historias banales, pero identitarias: primeros besos robados y virtuales -porque dados a través de un cristal de la escuela primaria-, primeros escarceos del cuerpo y del alma en los campos de trigo bajo el sol aplastante de agosto, primeros descubrimientos expectantes de la diferencia sexual bajo los auspicios de la morfología, primeros sobresaltos directamente registrados bajo el principio de la fisiología experimentada, primeros celos, primeras seducciones, primeras sacudidas infligidas a la carne por la brutalidad de una despiadada e incompresible energía.
En los momentos más andróginos o hermafroditas de estos tiempos, el cuerpo se prueba en las posibilidades del espectro que algunos han instalado bajo la rúbrica de las perversiones. Desde las masturbaciones destinadas a vaciar el alma de las angustias solitarias a las voluptuosidades del disfraz femenino en el que se gustan la seda y el nailon, el plumón y el cuero, la piel y el perfume, el paño de los vestidos y lo sedoso de las materias, pasando por las homosexualidades de ocasión y de iniciación donde se economiza el riesgo de lo femenino, o por las relaciones sexuales triangulares a las que se prestaban con verdadero placer un compañero de escuela y la hija del panadero -que no tenía diez años como nosotros-, el deseo que ignora los códigos sociales encuentra las fórmulas de su expansión donde quiere, donde puede, lejos de toda moral moralizadora y en el puro gozo de un ejercicio imposible de diferir.
