Hoy voy a hacer una confesión de la cual me enorgullezco: ¿tú
sabes que yo me masturbo, me hago pajas, me toco, me froto y suelo
usar bastante saliva? Me lamería más, si me llegara mejor. Y si
puedo hacerlo en compañía, a veces me gusta más, aunque la
agradable soledad de ese momento ya me excita indescriptiblemente.
Uso mis dedos y mis manos, principalmente, pero también aparatos que
vibran, objetos que adapto a mis necesidades del momento y almohadas,
botellas, pepinos o zanahorias. Confieso que me he masturbado
frotándome contra otras personas que dormían pero que consentían
mi irrefrenable deseo.
Y es que las verdaderas amigas se echan una mano.
Ya puestas, confieso que no aspiro a mucho en lo personal:
simplemente comer cuando tenga hambre, dormir cuando tenga sueño y
tener sexo cuando me entren las ganas. A ver, también sueño con
ganar un premio literario, pero no me presento a ninguno. Igual que
me encantaría ganar la lotería, pero no compro ni en navidad. Sueño
con que alguna de mis amantes quiera compartir la siesta conmigo y
suspiro por dormir al lado de quien amo; si antes o después
disfrutamos con nuestros cuerpos firmo la jubilación anticipada en
esas condiciones. Quiero que mi amor se regenere como un tritón que
pierde una pata o una estrella de mar que se rompe en pedazos; es
decir, que sea infinito hasta la inmortalidad. También creo que
pasar todo el día en la cama puede ser una solución a la crisis: no
trabajo, no gasto, no como. Y como mi deseo es infinito, deseo
reventar el orden heteropatriarcal monogámico: ¡vamos a hacer el
amor bajo los puentes y cosquillas hasta morir!, ¡pero todas, en
manada, sin prejuicios, sin prisas!