Existe un buen número de anarquistas que consideran enfáticamente a Kropotkin como a su correligionario y que, en lo que concierne a la esclavitud sexual y amorosa de la mujer, aún están en la luna. Creen, los infelices, que la mujer no es ni debe ser soberana de su cuerpo, sino que su rol estriba en someterse a los caprichos del hombre, concretamente, pertenecer sola y exclusivamente a un solo hombre. No se dan cuenta que opinando y accionando así, su manera de proceder es la misma absolutamente que la de los partidarios del matrimonio legal, religioso o civil, siendo que la unión monógama y la familia “indestructible” son la base y el sostén de la Religión, del Estado y de la Propiedad Privada.
Me ha sido dado el escuchar a algunos, como Draper y Cantu, cuando hacían el elogio del matrimonio -entendiendo que se trataba del casamiento libre- y atacar el “celibato libertino y la facilidad de las afecciones venales”, censurando a los que prefieren la variedad amorosa a “¡las alegrías inocentes del hogar!”. Edificante lenguaje en la boca de un “ácrata”, ¿no es verdad? Y sin embargo, los que así se expresan forman legiones. A ellos puede aplicarse esta frase lapidaria: “son libertarios que tienen las ideas de mi abuela”.
Examinemos todo esto en detalle. ¿Qué es el casamiento libre? ¿Es que acaso ese sistema de unión no posee todos los inconvenientes y defectos del matrimonio legal, con la excepción del ceremonial? ¿O es que no constituye un monopolio amoroso y una cárcel para la mujer?
