Desde la Sexología, se está llegando al consenso de definir Sexualidad no como algo que tenemos, como un añadido, y, mucho menos, que tenemos sólo durante una etapa, más o menos larga, de nuestra vida, sino como una dimensión que impregna la existencia de toda persona constituyéndonos en seres sexuad@s. Es decir, no es algo que se tiene sino algo que se es. O, para ser más exactos, que se va siendo. Nos vamos haciendo sexuad@s al mismo tiempo que nos vamos haciendo personas.
Se trata de un proceso en el que se integran múltiples elementos procedentes de niveles tan distintos como el biológico, el psicológico (intelectual, emocional, etc.) y el social, cada uno de los cuales aporta una riqueza tal de variables, de matices, de posibilidades, que su combinación va a ser única en cada persona. Es decir, nuestra forma de ser, de vivirnos o de expresarnos como seres sexuad@s que somos, va a ser personal, singular, única y va a ir evolucionando y enriqueciéndose a lo largo de nuestra vida.
Evolutivamente, nuestro cuerpo está preparado para el placer, el contacto, la intimidad y la vinculación. Nuestra postura bípeda nos ha proporcionado la posibilidad de liberar las manos, ya no necesarias para trasladarnos, manos libres, con dedos que acaban en yemas sensibles y no en garras o pezuñas, manos preparadas para tocar, acariciar, abrazar… para la comunicación y el placer. La posición de los senos y de los genitales, más frontales que en otros animales, propician el encuentro de frente, vis a vis. Por otra parte, el hecho de que en la mujer no se dé el celo, sino que la ovulación sea silenciosa va a permitir una interacción más abierta, voluntaria y social y no sólo con fines reproductivos.
