“Hay que darle la vuelta al cuento que no cesan de contar: no son príncipes azules los que nos pueden salvar, sino el dragón de la cueva que vive en cautividad”.
La educación sentimental de lxs señoritxs, remitida a sus variantes más lúdicas y colorinches (esto es, la literatura infantil clásica), se aparece plagada de dictámenes morales y sentencias que configuran entendimientos amorosos y de mundo que en su mayoría perpetúan y reproducen el modelo de familia nuclear monógama y las relaciones de propiedad entre amantes. No sólo a Caperucita se le prohíbe conocer el bosque (donde merodea el Lobo Feroz, en lo oscurito) y se le traza un camino de virtud ineludible, sino que el apartarse de la “buena senda” representa, en este imaginario sentimental, el extravío en un sinnúmero de calamidades e infortunios que pudieran apartar a Caperucita de la que pareciera ser la meta de las chicas de cuentos: el contraer matrimonio con algún príncipe alucinado.
