*Artículo sin firma de autor publicado en La Questione Sociale N° 2, Buenos Aires, entre 1895-98.

Los anarquistas rechazan la organización del matrimonio. Ellos aseveran que dos seres que se aman no necesitan permiso de un tercero para acostarse juntos; desde el momento en que su voluntad los conduce al lecho, la sociedad no tiene nada que ver en ello, careciendo del derecho de intervenir.
Los anarquistas dicen aun más. Por el acto de que se han consagrado el uno al otro, la unión del hombre y de la mujer no es indisoluble: ellos no están condenados a finalizar sus días viviendo unidos, si se vuelven antipáticos el uno al otro. Lo que la libre voluntad ha formado, la libre voluntad puede deshacerlo.
Bajo el imperio de la pasión, bajo la presión del deseo, dos seres no han visto más que buenas cualidades, han cerrado los ojos a los defectos, se han unido. He ahí que la vida común enturbia las cualidades, hace resaltar los defectos, exhibe ángulos que no saben redondear. ¿Será necesario que esos dos seres, porque se ilusionaron en un instante de efervescencia, paguen con toda una vida de sufrimientos el error de un momento, que les ha hecho juzgar como una pasión profunda y eterna lo que no era más que el resultado de una sobreexcitación nerviosa?