Texto publicado en la antología El amor libre: la revolución sexual de los anarquistas, Rodolfo Alonso Editor, Buenos Aires, 1973.
Dos seres, un hombre y una mujer, se aman. ¿Acaso pensamos que serán lo suficiente discretos para no pregonar de casa en casa el día y la hora en que...? Pensamos mal. Esta gente no parará hasta que hayan participado a todo el mundo sus propósitos: parientes, amigos, proveedores y vecinos recibirán la confidencia. Hasta entonces no creerán permitida la “cosa”. Y no hablo de los matrimonios de interés, en los que la inmoralidad es flagrante desde un principio; me ocupo del amor, y veo que, lejos de purificarlo y darle una sanción que no ha menester, el matrimonio lo rebaja y lo envilece.
El futuro esposo se dirige al padre y a la madre y les pide permiso para acostarse con su hija. Esto es ya de un gusto dudoso. ¿Qué responden los padres? Deseosos de asimilar su hija a esas damas tan necias, ridículas y distinguidas como ricas, quieren conocer el contenido de su portamonedas, su situación en el mundo, su porvenir; en una palabra, saber si es un tonto serio. No hay otra expresión mejor para calificar a este tratante.
Veamos a nuestro joven aceptado. No pensemos que la serie de inmoralidades está cerrada: no hace más que comenzar. Desde luego, cada uno va en busca de su notario, y tienen principio, entre las dos partes, largas y agrias discusiones de comerciante en las que cada uno quiere recibir mucho más de lo que da; dicho de otro modo: en las que cada uno trata de hacer su negocio. La poca inclinación que los dos jóvenes pueden sentir el uno por el otro, los padres parecen empeñarse en desvanecerla, emporcándola y ahogándola bajo sórdidas preocupaciones de lucro. Después vienen las amonestaciones en las que se hace saber, a son de trompetas, que en tal fecha el señor “X” fornicará, por primera vez, con la señorita “Y”.
