
Nota: Escribo una columna mensual en la revista vasca Argia, en euskera. No suelo traducir mis artículos a castellano, pero sí que me apetece hacer una excepción con este. Si entiendes euskera, te recomiendo que leas el original. Los corchetes son añadidos que me han salido al traducir. La ilustración la hizo mi amiga Inge Rodríguez Madariaga hace unos años, inspirada por un post que escribí sobre los dramas del amor romántico. Luego me la regaló enmarcada y la tengo en mi casa de Bilbao. Cuando me angustio por amor, me gusta mirarla para no perder el norte.
Terremoto
Hoy, 10 de abril, he vivido por primera vez un terremoto en Managua. Mientras escribo estas líneas, sigo sintiendo las réplicas. Son las once de la noche y el terremoto empezó a las cinco de la tarde. Mi hermano pequeño y su madre llegaron ayer a visitarme. Cada temblor abrupto me da un vuelco al corazón y me contrae el cuello, pero sobre todo me angustia que mi hermano se despierte asustado.
En estos momento extraño a mi última amante. Si esto hubiera ocurrido hace unos meses, ahora me relajaría entre sus brazos. Si no pudiera venir a mi barrio, al menos me reconfortaría hablar por teléfono con ella.
Cuando ocurre una catástrofe, echamos de menos a nuestro pilar afectivo, a la persona que mejor nos transmite seguridad y paz. Para mucha gente, esa persona será su madre, su padre, su abuela o su abuelo. Para otras tal vez su mejor amiga o amigo. La madre de mi hermano (expareja de mi padre) acaba de hablar por teléfono con su hermana, y al colgar ha dicho lo siguiente: " Ahora ya estoy tranquila. Cuando hablo con ella siempre siento que todo va a ir bien". En mi caso, suelen ser las personas con las que tengo una relación sexoafectiva las que me proporcionan mayor sosiego. Esto me preocupa, porque me hace dependiente, siempre siento la necesidad de tener pareja.