“Holy the groaning saxophone! Holy the bop apocalypse!
Holy the jazzbands marijuana hipsters peace & junk &
drums!”
Allen Ginsberg
Ser amante de una banda de jazz no era nada extraño en aquellos días. Pero ser la amante de una banda de jazz, con todos sus integrantes y todos sus instrumentos, era casi un acto de adoración pagana a una especie de dios en vías de extinción. Como músicos, diría más, como hombres, uno a uno, en solitario, todos eran amantes sensuales, creativos, autosuficientes. Como grupo, tanto al actuar como en el sexo, todos se fusionaban sin perder la identidad: eran grandes hedonistas, dispuestos a compartir (a base de notas o de clímax jazzístico) su placer por vivir.
