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diumenge, 10 de juny del 2012

Sobre tus olores, Valmore Muñoz Arteaga

 
Mi obsesión por hacerte el amor es un asunto de olores. En los distintos momentos de la intimidad, tu cuerpo va desprendiendo una serie de aromas que entran por mi nariz y corren a través de sus conductos para instalarse muy cómodamente en mi cerebro. Allí comienzan a desorganizarme las ideas y pensamientos y a reorganizarlo todo a puro capricho de cada uno de los aromas. Llega uno a instalarse, desacomoda para acomodar de otra forma y esperar así la llegada de otro aroma para darle cumplimiento al pacto que ellos firmaron antes de salir de tu cuerpo. Un pacto que me recuerda que los recuerdos de quienes parten están muy atados a los olores. Como cuando alguien ya no está y uno empieza a oler entre sus cosas esperando así, de alguna manera, que algo de aquella alegría vuelva, al menos, por tan solo un instante, no importa lo breve. Quizás también esperando, claro, con menos esperanzas, que quien partió haga lo mismo con los objetos nuestros que quedaron en sus manos. Sí, tonterías de provincia. Sin embargo, tenga que ver o no mi condición de provinciano invisible, tus olores se extienden y se contraen en mi recuerdo  alborotando las sombras más oscuras de mi cuerpo. Sí, eso también lo sé, son sólo palabras estas palabras, pero, al mismo tiempo, son también una idea firme, reiterativa. Monzant me dijo una vez, creo que cuando escribí Sylvia, que yo pensaba con el sexo erguido. No supe si tomarlo como insulto o cumplido, pero mi recién descubierto Alberto Ruy Sánchez comenta en algún cuento por ahí que pensar con el sexo es un privilegio, ya que nada nos resulta más vital e inquietante que, precisamente, una idea firme que se acerca lentamente hecha cuerpo, nos envuelve y nos hace renacer. Ahora, cómo negarme a pensar con el sexo si él, qué envidia le tengo ahora, entró en ti hasta el fondo mismo de tus resplandores, hasta que la saliva se te hizo un licor oscuro, hasta que estallaste, como diría Rojas Guardia, como plumaje en oro caliente y derramado. Sí, también lo sé, quizás eso sólo lo imaginé.

dimarts, 29 de maig del 2012

Lentitud, Valmore Muñoz Arteaga



Hace muy poco tiempo supe de un movimiento ¿filosófico? llamado Slow y que uno de sus promotores es Carl Honoré de quien sé muy poco. Sólo me llamó la atención la cierta sintonía entre lo que ellos proponen y las cosas que vengo pensando desde que me he descubierto hombre en los linderos de tu cuerpo. Honoré plantea que la actualidad de alguna manera nos obliga a reconectarnos con la tortuga interior que yace entre las múltiples cosas que, por lo visto, hay dentro de cada quien. Vivir con sosiego en un mundo tejido con hilos de tiempo que parece no alcanzar para nada suena, de entrada, un poco utópico, pero, si lo vemos bien, no lo es tanto. Es un asunto de paladear. En un texto que escribí hace tiempo sobre Nietzsche decía que no puede existir aprecio por la vida cuando se vive de prisa, cuando todo pasa sin que pase nada puesto que no le hemos dado tiempo al tiempo que somos y que hacemos. No hemos aprendido –en este mundo no creo que se pueda– a disfrutar, a paladear, a degustar, a saborear, a relamernos con los ojos en blanco la construcción de ese ser siendo. El ser se construye a sí mismo o, como apuntara Sartre: es lo que hacen de él. ¿Cómo me hacen a mí lo que soy? ¿Soy lo que han hecho de mí? ¿Soy lo que soy porque así soy? O ¿soy la sombra de lo que pudiera ser? Sobre estas preguntas, Nietzsche arroja sobre la conciencia la idea de la lentitud. La lentitud para contrarrestar la minusvalía a la que nos ha sometido la esclavitud de no tener tiempo más que para perder el tiempo y no pensar y relajarnos en nosotros mismos. Pensar sólo en la superficie para desechar la posibilidad de ser pozo profundo. Pozo, espacio para que las palabras cobren la fuerza de otra fuerza. Ser pozo profundo es no ser para todos o para ninguno, es ser para nosotros en función del otro que es para sí mismo. Vivificarnos a través del desenvolvimiento muy lento del tiempo, que está en el mundo –dirá Hermes– como en su receptáculo, y el mundo está dentro de la eternidad.