Mi obsesión por hacerte el amor
es un asunto de olores. En los distintos momentos de la intimidad, tu cuerpo va
desprendiendo una serie de aromas que entran por mi nariz y corren a través de sus
conductos para instalarse muy cómodamente en mi cerebro. Allí comienzan a
desorganizarme las ideas y pensamientos y a reorganizarlo todo a puro capricho
de cada uno de los aromas. Llega uno a instalarse, desacomoda para acomodar de
otra forma y esperar así la llegada de otro aroma para darle cumplimiento al
pacto que ellos firmaron antes de salir de tu cuerpo. Un pacto que me recuerda
que los recuerdos de quienes parten están muy atados a los olores. Como cuando
alguien ya no está y uno empieza a oler entre sus cosas esperando así, de
alguna manera, que algo de aquella alegría vuelva, al menos, por tan solo un
instante, no importa lo breve. Quizás también esperando, claro, con menos
esperanzas, que quien partió haga lo mismo con los objetos nuestros que
quedaron en sus manos. Sí, tonterías de provincia. Sin embargo, tenga que ver o
no mi condición de provinciano invisible, tus olores se extienden y se contraen
en mi recuerdo alborotando las sombras
más oscuras de mi cuerpo. Sí, eso también lo sé, son sólo palabras estas palabras,
pero, al mismo tiempo, son también una idea firme, reiterativa. Monzant me dijo
una vez, creo que cuando escribí Sylvia, que yo pensaba con el sexo erguido. No
supe si tomarlo como insulto o cumplido, pero mi recién descubierto Alberto Ruy
Sánchez comenta en algún cuento por ahí que pensar con el sexo es un
privilegio, ya que nada nos resulta más vital e inquietante que, precisamente,
una idea firme que se acerca lentamente hecha cuerpo, nos envuelve y nos hace
renacer. Ahora, cómo negarme a pensar con el sexo si él, qué envidia le tengo
ahora, entró en ti hasta el fondo mismo de tus resplandores, hasta que la
saliva se te hizo un licor oscuro, hasta que estallaste, como diría Rojas
Guardia, como plumaje en oro caliente y derramado. Sí, también lo sé, quizás
eso sólo lo imaginé.
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diumenge, 10 de juny del 2012
dimarts, 29 de maig del 2012
Lentitud, Valmore Muñoz Arteaga
Hace
muy poco tiempo supe de un movimiento ¿filosófico? llamado Slow
y que uno de sus promotores es Carl Honoré de quien sé muy poco.
Sólo me llamó la atención la cierta sintonía entre lo que ellos
proponen y las cosas que vengo pensando desde que me he descubierto
hombre en los linderos de tu cuerpo. Honoré plantea que la
actualidad de alguna manera nos obliga a reconectarnos con la tortuga
interior que yace entre las múltiples cosas que, por lo visto, hay
dentro de cada quien. Vivir con sosiego en un mundo tejido con hilos
de tiempo que parece no alcanzar para nada suena, de entrada, un poco
utópico, pero, si lo vemos bien, no lo es tanto. Es un asunto de
paladear. En un texto que escribí hace tiempo sobre Nietzsche decía
que no puede existir aprecio por la vida cuando se vive de prisa,
cuando todo pasa sin que pase nada puesto que no le hemos dado tiempo
al tiempo que somos y que hacemos. No hemos aprendido –en este
mundo no creo que se pueda– a disfrutar, a paladear, a degustar, a
saborear, a relamernos con los ojos en blanco la construcción de ese
ser siendo.
El ser se construye a sí mismo o, como apuntara Sartre: es lo que
hacen de él. ¿Cómo me hacen a mí lo que soy? ¿Soy lo que han
hecho de mí? ¿Soy lo que soy porque así soy? O ¿soy la sombra de
lo que pudiera ser? Sobre estas preguntas, Nietzsche arroja sobre la
conciencia la idea de la lentitud. La lentitud para contrarrestar la
minusvalía a la que nos ha sometido la esclavitud de no tener tiempo
más que para perder el tiempo y no pensar y relajarnos en nosotros
mismos. Pensar sólo en la superficie para desechar la posibilidad de
ser pozo profundo. Pozo, espacio para que las palabras cobren la
fuerza de otra fuerza. Ser pozo profundo es no ser para todos o para
ninguno, es ser para nosotros en función del otro que es para sí
mismo. Vivificarnos a través del desenvolvimiento muy
lento
del tiempo, que está en el mundo –dirá Hermes– como en su
receptáculo, y el mundo está dentro de la eternidad.
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